Nuestras flores nacen y crecen en el lodazal

En la deliberación, en el debate, en las asambleas, en la síntesis, en el aguante, en las movilizaciones y en las tomas se forja una generación portadora del antídoto contra el dominio de las corporaciones y la restauración de nuestra idea de democracia.

Aun atravesados por la derrota política e ideológica que nos sumergió en esta tragedia, disfruto con el alma y hasta con algún que otro lagrimón el poder imaginar a las decenas y decenas (¿centenares?) de militantes, cuadros y dirigentes que emergerán del conflicto universitario convertidos en un nuevo bloque generacional. Militantes de cabeza fría y corazón caliente en el camino de hacerse cargo. Es La Historia. Son las flores que nacen y crecen en el lodazal. Son nuestras flores, esas hermosas flores.

Afirmarme en la certeza de su existencia, sentir el caldo en que se van cocinando, verlos arremeter, oírlos exigir y no pedir, verlos ocupar el espacio por derecho propio y tan dueños de la calle, verdaderamente me atempera la angustia que cargo desde tiempo atrás. Son un ‘clona’ infalible para esta realidad política.

En la deliberación, en el debate, en las asambleas, en la síntesis, en el aguante, en las movilizaciones y en las tomas se forja una generación portadora del antídoto contra el dominio de las corporaciones y la restauración de nuestra idea de democracia.

Son militantes estudiantiles y, por tanto, los hay maximalistas y gradualistas; confrontativos y acuerdistas; asambleístas y rosqueros; más estratégicos o más tácticos; más diletantes o más comprometidos; emocionales y racionales. Son todo eso revuelto porque son cuadros en formación, y más interesante aun es que son cuadros en formación en el marco de un conflicto enorme, casi fundacional, que los tiene plantados en la primera línea de trincheras.

Adoro imaginar en esas multitudes tumultuosas a presidenciables de 2045, a integrantes de su gabinete, a líderes comunitarios, a primeras y segundas líneas de un Movimiento Popular restaurado con representación potente de los sindicatos y las organizaciones sociales y estudiantiles.

La piba que agita con los bracitos sobre la cabeza, el pibe que forcejea con la bandera que le tumba el viento, el sacado que cascotea a la cana, la pareja que se aferra y canta y grita como flotando juntos. Los que van adivinando ratis infiltrados, los de seguridad que van tensos; las y los del medio que van analizando el marco político con certezas o delirios. Las y los que dentro de la columna se miran con ganas.

Ahí, en ese cuerpo de cuerpos anidan muchos y muchas de los que vendrán, que todavía no llegaron aunque ya están aquí. Cómo no van a querer destruirlos si allí se está templando una parte de la generación que va a derrotarlos.

Son la continuidad, nuestra continuidad, son el crujir de la Historia en movimiento. Son, aunque parezca un lugar común, «el jardín de nuestra alegría«.

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