El álbum del mítico cantante y guitarrista convirtió la comunión escénica en éxito global. Estadios, radio y tecnología confluyeron en una forma nueva de éxito.

Cuando el disco apareció, Frampton tenía 25 años, un pasado respetable como guitarrista precoz y cuatro álbumes solistas que no habían logrado despegar del todo. Sin embargo, sobre los escenarios la historia era otra. Las canciones crecían, se estiraban, ganaban cuerpo y una complicidad con el público que el estudio no había logrado capturar. Las grabaciones realizadas durante la gira estadounidense de 1975 condensaron esa energía y convencieron a Jerry Moss, cofundador de A&M Records, de apostar fuerte: el material no debía ser recortado, sino amplificado. Así nació un doble LP que nadie imaginaba como un fenómeno masivo.
El impacto fue inmediato y desmesurado. En apenas 16 días, Frampton Comes Alive! alcanzó el estatus de disco de oro en Estados Unidos y trepó al número uno del ranking de ventas. Canciones como “Show Me the Way”, “Baby, I Love Your Way” y “Do You Feel Like We Do” se transformaron en clásicos radiales, impulsadas por un sonido que sintetizaba virtuosismo accesible, melodía pop y una tecnología que se volvió icónica: el talk box, convertido en marca registrada del álbum.
Durante un breve período, antes de que irrumpieran fenómenos como Saturday Night Fever, Back in Black o Thriller, el disco llegó a ser el más vendido de la historia. Más que una hazaña individual, fue la confirmación de una era en la que el rock de estadios encontraba su forma definitiva y el álbum en vivo dejaba de ser un producto secundario para convertirse en el centro del mercado. El crítico David Quantick lo definió alguna vez como “el bacon double-live cheeseburger que se comió al mundo”, una imagen exagerada pero eficaz para describir su omnipresencia cultural.
El éxito, como tantas veces en la historia del rock, tuvo su contracara. La fama súbita arrastró a Frampton a una maquinaria de giras interminables, compromisos excesivos y decisiones financieras poco felices. Encuentros con Elvis Presley, una invitación a la Casa Blanca y una estrella en el Paseo de la Fama convivieron con pérdidas millonarias y una sensación persistente de descontrol. La presión por repetir el golpe derivó en I’m in You (1977), un álbum exitoso en términos iniciales pero incapaz de sostener el mito, seguido por un grave accidente automovilístico que marcó un punto de inflexión.
Con el paso del tiempo, Frampton Comes Alive! fue dejando atrás su fama de “disco de moda” para instalarse como documento clave de los años setenta. No solo capturó la electricidad de un músico en estado de gracia, sino también el momento exacto en que el rock entendió que el escenario podía ser su mejor estudio. Cincuenta años después, ese registro sigue sonando como lo que fue: la fotografía nítida de una época en la que una noche tras otra bastaban para cambiarlo todo.
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