Es conductora, creadora de contenidos y tiene un canal de YouTube. Cuando apaga el micrófono, cocina, mira series y se relaja con videojuegos.

—¿Qué juegos te divertían de chica?
—Me gustaba mucho jugar a las muñecas, pero con un enfoque muy específico: tomar el té. Era una excusa para el chusmerío ficticio: invitaba a alguien y nos poníamos a charlar “de mentira”. También jugaba mucho en lo de mi prima a los roles de profesiones: ella era la moza, yo la cocinera, armábamos un restaurante. Y después estaba la parte más performática: armar coreografías.
—¿En qué momento te diste cuenta de que querías dedicarte al periodismo?
—Sobre el final de la secundaria ya sabía que lo mío iba por ahí. Después el concepto se fue transformando, pero el núcleo estaba claro.
—¿De dónde surgió ese impulso?
—Empecé a desarrollar una mentalidad de militancia, de luchar por las cosas. Y el periodismo me pareció la vía natural para extender esa lucha, para darle una voz.
—¿Cuál fue tu primer trabajo en medios?
—Empecé en segundo año de TEA. Una profesora me recomendó para un portal de noticias políticas. Mi laburo era de redactora. Ahí fue cuando le propuse a mi jefe armar un programa de radio online para entrevistar políticos y reutilizar ese contenido para el portal. Yo era la productora porque la idea era mía, y mis compañeros ponían la cara. Fue mi escuela autogestiva. De ahí pasé a Radio Blue para un remplazo de dos días… y ya no paré.
—Un momento laboral que te haya quedado grabado como una anécdota clave.
—Cuando era productora en Metro y medio. Armamos toda una apertura especial por el cumpleaños de Freddie Mercury. En la mitad de la transmisión me di cuenta de que no era ese día. Sentí que era el fin del mundo, una tragedia absoluta. Por suerte Sebastián Wainraich se lo tomó con humor. Ahí aprendí dos cosas: a chequear los datos tres veces y a ser menos dramática con los errores.
—¿Qué radio escuchabas de chica?
—Iba al colegio escuchando a Roberto Pettinato, El show de la noticia, en el auto. Pero nunca tuve un consumo ritualizado de radio, de decir “escucho este programa de punta a punta”. Siempre fui de buscar cosas específicas: una columna, una entrevista, un momento. Sigo siendo igual hoy.
—El año pasado lanzaste tu canal de YouTube. ¿Qué buscás ahí?
—Busco gente que entienda la época mejor que yo, abarcando procesos políticos, sociales y culturales. Ese es el disparador. Y me encontré con que no hay nada más lindo que hacer lo que a uno le apasiona y de la manera que quiere. Tiene muchas cosas malas, porque uno tiene que tener la disciplina para ser su propio jefe y, cuando no tenés a alguien que te paga un sueldo a fin de mes, podés trabajar o no, y depende un poco de vos. Pero también tengo una sensación de realización personal: hacer solo las entrevistas que me interesan, editarlas yo, que todo tenga el estilo que me gusta. Eso está bueno.
—También estás haciendo Amigas prestadas con Jessi Cali, ¿qué están encontrando en esta vuelta?
—Es recuperar un espíritu íntimo y tierno. Yo soy fanática del chisme y el programa es un refugio para quienes amamos escuchar historias de otros, no importa de quién. Se armó una comunidad —la “Comunidad Pipona”— que busca sentirse menos sola. Hablar de relaciones y sentimientos es un tema inagotable.
—¿Cómo analizás el presente de los medios?
—Hubo una democratización real. Antes necesitabas contactos o estar en un medio consagrado; hoy, con un celular y un micrófono, podés lanzarte. Eso no garantiza el éxito: el diferencial ahora es entender a qué nicho le hablás y qué tenés para aportar que sea distinto.
—¿Creés que la lógica de “nichos” va a cambiar en algún momento?
—No hay señales de eso. Al contrario: nacen millones de creadores por día y el algoritmo está diseñado para segmentar cada vez más. Ya nadie logra lo que lograba la tele cuando no tenía competencia, salvo fenómenos muy puntuales que trascienden la burbuja.
—¿Twitter (X ) es un ¿mal necesario o herramienta de trabajo?
—Para los que trabajamos en medios es imprescindible, porque ahí se concentra la primicia, el último momento y el humor. Es la única centrada en la conversación y no solo en la imagen. El problema es que hoy está cooptada por intereses políticos y económicos. Eso la vuelve poco confiable.
—¿YouTube o TikTok?
—YouTube, siempre.
—¿Mejor película argentina?
—Relatos salvajes. Tuvo un impacto muy fuerte en mí.
—¿Una serie que viste más de dos veces?
—Mad Men. La vi tres veces. También Normal People y Fleabag.
—¿Qué hacés cuando no trabajás?
—Miro series, cocino, juego al fútbol y juego mucho a la computadora. Con mi novio jugamos juegos cooperativos: el mejor que probamos es It Takes Two, me parece espectacular.
—¿Algún libro reciente para recomendar?
—Hamnet, de Maggie O’Farrell, y también me gustó mucho El archipiélago. Nuestra retirada del mundo y notas para un regreso, de Roberto Chuit Roganovich.
—¿Qué red social define mejor el 2026?
—Creo que estamos en un momento de transición, pero TikTok sigue marcando el pulso de lo que se consume, aunque YouTube es donde se profundiza. «
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