El mandatario Rodrigo Paz aplicó la medida de fuerza en todo el territorio nacional tras la negativa de comunidades indígenas y cocaleros a levantar los bloqueos de rutas que mantienen semiparalizado al país.

El conflicto social escaló de manera acelerada desde principios de mayo, cuando obreros, campesinos e indígenas iniciaron una huelga general y el corte sistemático de las principales vías de comunicación del país. El reclamo de las bases apunta de manera directa a la gestión económica del gobierno de Paz frente a la crisis financiera más grave que atraviesa Bolivia en las últimas cuatro décadas, a lo que se sumó el masivo rechazo social a la comercialización de gasolina de baja calidad. Ante la prolongada falta de respuestas políticas, las demandas de los manifestantes mutaron rápidamente hacia la exigencia de renuncia del propio presidente.
La persistencia de los bloqueos ya genera severas consecuencias en los principales centros urbanos del país. En las ciudades de La Paz y El Alto se registraron violentos enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y los manifestantes, un escenario que agravó una fuerte carestía y desabastecimiento de alimentos de primera necesidad, medicinas esenciales y combustibles. La parálisis de las rutas estratégicas mantiene cercadas a las capitales, neutralizando los intentos oficiales por normalizar el abastecimiento y quebrando el funcionamiento institucional diario.
Desde el palacio de gobierno, la gestión de centroderecha —que asumió el poder en noviembre rompiendo dos décadas de hegemonía de la izquierda— acusa formalmente a Evo Morales de instrumentar y financiar las movilizaciones.
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