Un gobierno orgulloso de confrontar al pueblo

Por: Silvana Martínez

Más allá del ajuste fiscal, la actual gestión oficial avanza hacia el desmantelamiento de la arquitectura simbólica e institucional que hace posible la vida en comunidad.

“El político corrupto es aquel que usa el poder político como medio para sus propios fines privados. El poder fetichizado es poder que se ejerce como dominación, no como servicio”, Enrique Dussel.

Una fractura en el corazón de la democracia

Hay momentos en la historia de un país en que la crisis no es solo económica, ni social, ni institucional: es una crisis de sentido. Una crisis sobre qué entendemos por política, para qué existe el Estado y quién tiene derecho a ser reconocido/a como parte del Pueblo que ese Estado debería servir. La Argentina que emerge bajo la presidencia de Javier Milei atraviesa, precisamente, ese tipo de fractura. No se trata únicamente de un ajuste fiscal sin precedentes, del desmantelamiento de organismos públicos o del ataque sistemático a derechos conquistados con décadas de lucha popular. Se trata de algo más profundo y, en cierta medida, más peligroso: la degradación de lo político como dimensión constitutiva de la vida en común. Para comprenderlo, recurrimos al filósofo argentino Enrique Dussel, cuya obra -especialmente su Política de la liberación y sus 20 tesis de política – nos ofrece categorías precisas para leer lo que está ocurriendo en la Argentina contemporánea. Y lo hacemos desde el Trabajo Social Crítico: esa tradición transdisciplinar que no puede ni quiere mirar la realidad con indiferencia, porque interviene en el territorio donde el sufrimiento social se vuelve cuerpo, hambre y exclusión. Sostenemos que hoy, más que nunca, la indisciplina crítica no es una opción: es una obligación ético-política.

Lo político y la política: una distinción que importa

Dussel establece una distinción fundamental que suele pasarse por alto en el debate cotidiano: la diferencia entre “lo político” y “la política”. Lo político refiere al campo de la acción humana orientada a la vida de la comunidad. Es la dimensión en que los/las sujetos/as se reconocen como parte de un nosotros/as colectivo, en que se delibera sobre el bien común, en que el poder emerge desde el Pueblo y para el Pueblo. En ese sentido, lo político es irreductible: forma parte de la condición humana en tanto somos seres que vivimos con otros/as.

La política, en cambio, es el conjunto de instituciones, normas, procedimientos y prácticas concretas a través de las cuales ese campo se organiza. Es el sistema de partidos, el Congreso, los ministerios, la administración pública, las políticas sociales. El problema surge cuando la política -las instituciones y sus funcionarios/as- se desconecta de lo político, es decir, de su fundamento en la voluntad y la vida del Pueblo. Dussel llama a esto “fetichización del poder”: el momento en que quienes ejercen el mando dejan de hacerlo como delegados/as del pueblo y comienzan a ejercerlo como propietarios/as. El poder deja de ser obediencial -al servicio de quien lo delegó – y se convierte en dominación. Es exactamente lo que, con una velocidad inusitada, ha ocurrido en Argentina desde diciembre de 2023.

El poder fetichizado: gobernar contra el pueblo

El gobierno de Milei no es simplemente un gobierno de derecha. Es un gobierno que ha hecho de la confrontación con “el pueblo” -entendido en sentido dusseliano como los/las excluidos/as, los/las que padecen- una política explícita y orgullosa. La retórica de la motosierra no es solo una metáfora del ajuste: es una declaración ontológica sobre quiénes merecen existir como sujetos/as de política pública. Cuando se eliminan Ministerios de Educación, Salud, Desarrollo Social y Cultura —fusionándolos, reduciéndolos o directamente vaciándolos -, no se está simplemente “achicando el Estado”. Se está tomando una decisión sobre quiénes importan y quiénes no. Se está expulsando de la esfera de lo reconocible a los/las trabajadores/as, a los/las jubilados/as, a las infancias vulneradas.

Dussel señala que el poder fetichizado se reconoce en un síntoma inequívoco: el/la gobernante deja de escuchar las demandas del pueblo y comienza a percibir esas demandas como una amenaza. La protesta social se criminaliza. El reclamo se convierte en sedición. Los/as manifestantes, en enemigos/as. El Protocolo Antipiquetes, la represión de las movilizaciones en defensa de las Universidades Públicas, la estigmatización mediática de quienes se oponen, el uso del Decreto de Necesidad y Urgencia como vía regia para eludir el debate legislativo: todo ello configura un patrón coherente de un poder que ya no se percibe a sí mismo como delegado, sino como propietario.

La destrucción de lo político: más allá del ajuste

Lo que está en juego en la Argentina actual va más allá de los indicadores macroeconómicos. Lo que se está desmantelando es la arquitectura institucional y simbólica que hace posible lo político en el sentido que Dussel le confiere. Cuando se liquida el INADI, se clausura institucionalmente el reconocimiento de la discriminación como problema público. Cuando se vacía el CONICET y se expulsa a investigadores/as, se debilita la capacidad colectiva de producir conocimientos sobre nuestra propia realidad. Cuando se desmantela la política de Memoria, Verdad y Justicia, no solo se ataca el pasado: se erosiona el fundamento ético de la comunidad política, ese que dice nunca más como condición de posibilidad de un nosotros/as.

La degradación de lo político implica también la destrucción del lenguaje compartido que permite la disputa democrática. Milei ha introducido en el vocabulario público un conjunto de categorías-“la casta”, “los zurdos”, “los que viven del Estado” – que no buscan describir la realidad sino dividirla maniquamente entre los/las que “producen” y los/las que “parasitan”. Es un lenguaje que no habilita el diálogo: lo imposibilita. No construye ciudadanía: la fragmenta. Desde la perspectiva de Dussel, esto es precisamente lo que hace el poder fetichizado: reemplaza la voluntad de vivir del pueblo – esa energía política que emerge desde las necesidades concretas de la vida – por la voluntad de dominar de una élite que se presenta como técnicamente superior y moralmente indiscutible.

La mirada del Trabajo Social Crítico: el territorio no miente

No intervenimos en el plano de las abstracciones. Intervenimos en el territorio, en los barrios, en los comedores, en los hospitales públicos, en las escuelas, en las cárceles, en los refugios para mujeres en situación de violencia. Y desde ese territorio, la degradación de lo político no es un debate filosófico: es hambre, es enfermedad sin atención, es infancia sin futuro. Las trabajadoras y los trabajadores sociales somos, en muchos sentidos, los/las testigos más directos/as de lo que significa cuando el Estado retira su presencia de los territorios de mayor vulnerabilidad. Acompañamos a las familias que no pueden llegar a fin de mes con ingresos que el ajuste pulverizó. Vemos cómo se desfinancian los programas de atención a personas en situación de calle, de adicciones, de discapacidad.

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