Cecilia Gárgano: «Hablar del campo como alternativa infernal tiene que ver con pensar la encrucijada en la que estamos»

Por: Luciana Rosende

La historiadora y un libro que analiza la construcción de la matriz del agro argentino y cómo se gestó la idea de que no hay otra salida. Junto al repaso histórico, las postales desde el presente de los pueblos fumigados.

«Propagar un modelo agrícola intensivo en agrotóxicos o ‘quedarnos sin PBI’. Convertir territorios y poblaciones en zonas de sacrificio o afrontar una crisis económica irresoluble. ‘No hay otra salida’, ‘necesitamos mantener los niveles de productividad’, ‘generar divisas’ para sostener la economía nacional. Avalado por estos argumentos, el monocultivo sojero se expandió por Argentina en tiempo récord y continúa avanzado junto a otros elementos del mismo modelo agroindustrial. ¿Cómo fue construida esta encrucijada? ¿Qué mecanismos la habilitaron y sostienen?», se pregunta la historiadora e investigadora Cecilia Gárgano en el libro El campo como alternativa infernal, que atraviesa “pasado y presente de una matriz productiva ¿sin escapatoria?”.

La obra se divide en dos partes. La primera, histórica, va “de la ‘Revolución Verde’ al agronegocio’. La segunda muestra el hoy: “Territorios sacrificados. Postales de pueblos fumigados”. “Tanto la parte histórica como la mirada de experiencias más recientes tienen un mismo norte de tratar de problematizar y analizar los mecanismos que fragmenten experiencias de vida que son muy parecidas y es una pequeña apuesta a reunir eso que intentan fragmentar desde arriba”, apunta Gárgano, historiadora, investigadora adjunta del Conicet y la Universidad Nacional San Martín.

El libro se presenta este viernes a las 18.30 en el Museo del Hambre (San Juan 2491). Junto a la autora estarán la geógrafa Patricia Pintos, el investigador Juan Wahren -Coordinador del Grupo de Estudios Rurales (GER-GEMSAL Instituto Gino Germani UBA)- y Pablo Arístide, Coordinador de Programas de la Oficina Regional Cono Sur de la Fundación Heinrich Böll.

¿Por qué hablar del campo como ‘alternativa infernal’?
Tiene que ver con pensar la encrucijada en la que estamos. Y las opciones que se nos proponen, que son inviables para la vida colectiva. Por un lado, que si no intensificamos esta matriz productiva no nos ingresan las divisas, los dólares. Es un argumento histórico y muy reforzado en la pandemia. Y si la intensificamos, intensificamos todos los efectos ambientales, que tienen que ver también con la desigualdad social. La idea de salir de esta falsa disyuntiva, tratar de pensar cómo llegamos a esta situación en la que está esta paradoja, donde hasta desde posiciones políticas críticas reconocen estos daños, pero son vistos como mal necesario en el mejor de los casos. Y cuando vemos los planteos para los próximos 15-20 años en Argentina implican seguir avanzando la frontera agrícola. Este libro surge de la pregunta sobre cómo fue posible construir este destino como el único posible.

¿Por qué un trabajo histórico sobre el modelo del agro local y sobre los pueblos fumigados en un mismo libro? ¿Qué líneas unen ese pasado y este presente?
Muchas. A pesar de que el agro argentino cambió un montón desde los ’60, hay algo de la realidad de los pueblos fumigados hoy que tiene que ver con eso. El paquete tecnológico que surge en los ’60, si bien no es el mismo de los ‘90 con el inicio del modelo sojero, el esquema es muy similar. Con el avance de la frontera agrícola cada vez mayor, a costa de los sectores más vulnerados. Y ahora les pasa que tienen que ir a probar lo que sufren en instancias judiciales, a mostrar los efectos en los territorios y en sus cuerpos. Eso que es la inversión de la carga de la prueba lo podemos rastrear en las voces críticas que ya estaban en Estados Unidos tanto en los sectores sociales como en la academia. Ya estaba esto de en vez de seguir el principio precautorio cuando hay algún riesgo, se hace lo inverso: una vez producido el daño se les obliga a probarlo

¿Por qué la historización comienza en los 60?
Me interesaba ver cómo se consolida el paquete tecnológico con insumos químicos. El proceso está mundialmente muy trabajado, pero no es tan conocido a veces a nivel local en los distintos sectores. Y el libro no solo apunta a la academia. También para quienes están resistiendo y dando la lucha en el territorio, que lo tengan como herramienta.

¿Qué incidencia tuvo la política científica de la última dictadura en el proceso que analizás?
Además de la huella que imprime la dictadura en la estructura productiva de nuestro país, en la configuración social, en la despolitización, etcétera, en el agro tiene una pata fuerte en cuáles van a ser las transformaciones y una de las cosas que me interesa plantear es que hay una condición necesaria para este proceso: el impacto de la dictadura en cómo pensar en ese sentido. Se consolida una batería tanto de agendas de investigación como de acciones concretas en los territorios que son funcionales y un brazo necesario de esta matriz productiva.

¿Y qué dejaron los ‘90 en ese sentido?
Me interesaba ver en el entramado neoliberal cuál era la agricultura neoliberal y qué pasaba con la ciencia, en qué medida se iba consolidando un perfil de ciencia cada vez más empresarial, producido con fondos estatales. En simultáneo a todos los cuestionamientos que empiezan a surgir.

¿Cuánto incide la crisis climática en el desarrollo de tu trabajo?
El libro recupera un laburo que se remonta a mi tesis de doctorado y el grueso de la escritura se dio durante la pandemia. Las postales que tuvimos a nivel mundial y acá, los humedales ardiendo, los incendios forestales, todas esas postales medio apocalípticas -sin duda- ponían en escena algo que el libro busca discutir: en qué medida los eventos que se aparecen como accidentales y naturales son en realidad estructurales al esquema del agro negocio. Es la idea de (Walter) Benjamin y el estado de excepción permanente. Cuáles son los mecanismos que de alguna forma fragmentan la problemática y la construyen como excepción, pero esa excepcionalidad es estructural.

Los pueblos fumigados, en busca de información sobre cuán contaminados están sus cuerpos y ambientes, tienen cada vez más interacción con la ciencia y la academia, ¿este libro se enmarca en ese fenómeno?
Cuando laburo los casos de Pergamino y de Lobos, se ve esa relación. Ahí de nuevo la pregunta es en qué medida siempre en los ámbitos estatales y de producción de conocimiento hay tensiones, hay científicos más críticos que articulan con las comunidades y dentro de los lugares donde trabajan ocupan lugares más bien marginales. También busco analizar esa diversidad, sin perder de vista que es en el marco de una asimetría. Y qué significa que los pueblos tengan que ir a buscar la voz científica para que les legitime su planteo. Muchas veces las comunidades lo hacen sabiendo que el camino es largo, igual que recurrir a lo judicial, pero tiene impacto mediático. Tiene que ver con las estrategias de visibilizar y las discusiones que empiezan a surgir. Sobre las distancias de fumigación, por ejemplo: más o menos metros (de distancia para la aplicación de agrotóxicos) no transforman el modelo, pero para una persona que vive al lado no es igual. No tenemos ni siquiera una regulación de valores guía de sustancias en el agua. ¿Qué significan esas desidias o lagunas estatales?

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