En Haití, uno de los 12 países más pobres, la ONU ensaya una extraña salida democrática

Por: Andrés Gaudin

Dominado por las pandillas, el 15 de noviembre debería haber elecciones, bajo el difuso control de Kenia, que allí vio un negocio y "exportó" a su violenta policía. La corrupción y el pérfido rol de EE UU.

En Haití, salvo a los especuladores políticos, una sarta de dirigentes sin nada de escrúpulos pero con muchas ambiciones, secundada desde siempre por las potencias y los organismos supranacionales, a nadie le interesa si algún día habrá elecciones y para qué. Qué son, se pueden preguntar de última, para qué sirven.

Lo único cierto, en todo caso, es que de una rápida revisión del pasado reciente se puede inferir que son una cosa que, invariablemente, puede posponerse. Ahora, en un calendario «democrático» en el que comparte la grilla con Sudán, Gaza y Ucrania, Haití tiene reservada la fecha del 15 de noviembre, un sábado, en el que no se sabe quiénes ni cuántos podrán elegir un presidente y 149 legisladores.

De todas maneras, la gran farsa está condicionada por la seguridad interna.

Según las Naciones Unidas, promotora de una llamada Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad (MSS) que actúa en el país desde junio del año pasado, las elecciones, su gran preocupación, sólo podrán celebrarse una vez que la metralla haya controlado la situación. Eso, porque el apoyo no contempla algún tipo de ayuda que pueda visualizarse en la forma de una rebanada de pan y un sorbo de agua potable, de un trabajo mal pago pero digno y un techo para todos los días.

La MSS quedó en manos de Kenia, un país con un rico historial represivo y un deficiente gestor de los derechos humanos. Prometió apostar  2500 efectivos pero quince meses después de su desembarco no llega a los 1200, y eso con el refuerzo de otros tres países africanos y cinco centroamericanos, todos con un siniestro historial.

Un fajo de dólares

Las autoridades de Kenia se ofrecieron para intervenir en Haití después de que Estados Unidos se comprometiera a financiar la operación con una partida de 300 millones de dólares más un suplemento de 60 millones para asistencia logística. Nada más, ni parecido con la generosa promesa de fondos con la que en estos días se ha comprado la sumisión de otros países.

El gobierno keniata no contó con el ascenso de Donald Trump, que en nombre de la seguridad propia cesó toda ayuda exterior. A esa altura sólo habían llegado algunos pertrechos y una veintena de vehículos blindados diseñados para el transporte de tropas, no para el combate contra las pandillas.

Y, además, las primeras exigencias del FMI: el fin de los subsidios sociales y la consecuente caída de los salarios y aumento de la inflación.

El balance del último año es aterrador. Según las unidades de derechos humanos de la ONU casi 6000 personas fueron asesinadas (unas 500 por mes, 18 por cada día); miles resultaron heridas de sólo estar, porque no son ni partícipes de las bandas ni integrantes de las fuerzas de seguridad; unas 2000 fueron secuestradas, que hasta en este país situado entre los doce más empobrecidos del mundo siempre hay algo para pagar un rescate. Además, según la Organización Internacional para las Migraciones se debe contar un millón los desplazados, más del triple de los 315.000 del mismo período anterior.

Las pandillas controlan más del 85% de Puerto Príncipe (la capital) y zonas aledañas, lo que hace cada vez más complicado excluirlas de un diálogo político, pese a la resistencia a legitimar su papel.

Foto: NA

Crisis eterna

La histórica inestabilidad haitiana, que tuvo su peor crisis con el asesinato del presidente Jovenel Moïse, en julio de 2021, persiste y se reaviva. Se estima que habría cerca de un millón de armas de guerra en poder de las pandillas, un flujo de armamentos y municiones que según Human Rights Watch proviene del estado norteamericano de Florida. Varios de los miembros del designado Consejo Presidencial de Transición están acusados de corrupción y el primer ministro Garry Conille fue destituido y reemplazado por Alix Didier Fils-Aimé, un egresado de la Boston Univerity, empresario multi rubro, creador de la Haitiana de Tecnologías de la Información y la Comunicación, la primera empresa del área informática, y presidente del Banque de l’Union Haitienne.  

Aunque con críticas al contingente keniano, William O’Neill, un experto de las Naciones Unidas en el sector de los derechos humanos, reconoció que por la decisión de Donald Trump la MSS había recibido un equipamiento inadecuado y ya no recibe recursos suficientes. En coincidencia, María Isabel Salvador, la representante del secretario general de la ONU ante el Consejo de Seguridad del organismo, denunció que la situación haitiana ha empeorado y la llegada de la Misión Multinacional “no supuso ninguna mejora en ningún momento de este año de actuación”. De forma indirecta, ambos miembros del staff diplomático global discreparon con la aceptación de la propuesta de Kenia para hacerse cargo de la MSS.

Brutalidad represiva

La iniciativa del gobierno de Nairobi ya había tenido una fuerte reticencia de la oposición interna, que la definió como una misión suicida, lo que la llevó a presentar varios recursos judiciales para ponerle un freno. Fracasó.

A la par, varias organizaciones humanitarias expresaron su preocupación por el historial de brutalidad policial en Kenia, donde la violencia represiva mató en 2024 a 68 personas que participaban de manifestaciones pacíficas. Los efectivos kenianos han debido soportar las críticas internas y, además, la desconfianza que despierta todo uniformado en la población de un país, Haití, que desde mediados de los ’90 del siglo pasado, ha padecido seis “misiones de paz” de la ONU.

Estas elecciones, que seguramente no se harán el 15 de noviembre, vienen precedidas de un grotesco derrotero. Originalmente previstas para octubre de 2019 se las pasó a setiembre de 2021 y luego a noviembre del mismo año. Pero días antes fueron postergadas nuevamente y llevadas a 2022.

Después de este raid las “elecciones democráticas” que garantizarían la buena siesta de Occidente sufrieron otros cuatro cambios de fecha, siempre con el pretexto del mal clima político, en este vapuleado país que ha vivido todas las violencias pero que nunca tuvo ejercicio político. Ya se habla del año que viene, en febrero. Cada regateo llegó con más represión. Nunca se consideró el recordatorio de la Comisión Económica para América Latina: la emigración y la violencia se acaban con trabajo y comida, no arriando pobres a punta de bayoneta. «

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