Hay una forma elegante de matar la memoria: no borrarla, sino ponerla a competir

Por: Mariano Quiroga

Argentina lo aprendió tarde, como aprende casi todo: después de haberlo vivido en carne propia. Durante décadas, la discusión era si había que recordar. Si los juicios eran necesarios o eran venganza. Si el pasado debía cerrarse o permanecer abierto. Esa discusión tenía al menos la virtud de ser inteligible: había un campo y había otro, había una verdad que defender y una mentira que combatir. Hoy la discusión es más refinada y más letal. Hoy no se discute si hay que recordar. Se discute qué versión del recuerdo merece más clics.

Bienvenidos al negacionismo 2.0: no niega con brutalidad, seduce con algoritmos. El negacionismo clásico era torpe. Requería valentía o desvergüenza -en todo caso, conciencia de estar diciendo lo indefendible-. El negacionismo de 2026 es otra cosa: es ergonómico, personalizado, infinitamente scrolleable. No necesita convencerte de que la dictadura fue buena. Solo necesita instalarte una duda. Solo necesita que termines el día pensando que «hay muchas versiones» y que «la verdad es más compleja de lo que te contaron». Y una vez que la duda está, el trabajo está hecho. La duda no necesita crecer. Le basta con existir. No necesita ganar el debate. Solo necesita agotarlo.

Hubo un tiempo en que Argentina se enorgullecía de haber construido, con sangre y con décadas, un consenso: lo que pasó fue terrorismo de Estado, los responsables tenían nombre y apellido, y el «Nunca Más» no era un deseo sino una condición. No un punto de partida de la discusión, sino su piso. Lo que nadie imaginó es que ese piso podía ser minado desde abajo, en silencio, hasta que un día alguien pisó fuerte y el suelo cedió. No con un golpe. Con un posteo.

La paradoja central de este momento es ésta: el país que más avanzó en el mundo en materia de justicia transicional es también el que más eficientemente está desmantelando los consensos que hicieron posible ese avance. Los juicios a los genocidas son un hito de la historia universal. Y conviven, en el mismo ecosistema digital, con videos de adolescentes explicando con soltura y sin pudor que los 30.000 son un invento. Esa coexistencia no es una anomalía. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.

Porque el algoritmo no es neutral. Nunca lo fue. Es un mecanismo de amplificación que no distingue entre la verdad y su contrario: distingue entre lo que genera engagement y lo que no. Y la verdad histórica, compleja, sostenida en archivos y testimonios y años de trabajo judicial, raramente genera engagement. Lo que genera engagement es la transgresión. El desafío al consenso sagrado. El «¿y si lo que te enseñaron es mentira?» que es la forma más vieja del mundo de venderle algo a alguien. El mercado de las ideas nunca fue tan libre ni tan peligroso.

Hay algo oscuramente cómico en ver a las Abuelas de Plaza de Mayo disputando el sentido de su propio trabajo en TikTok. Esas mujeres que comenzaron a rondar la Plaza en 1977, que inventaron una forma de resistencia sin nombre ni precedente que construyeron una metodología de restitución de identidades que el mundo estudia como modelo hoy tienen que competir por la atención con influencers que en treinta segundos explican que todo fue un invento del marxismo cultural. Y el algoritmo, imparcial como la muerte, distribuye ambas versiones con la misma eficiencia.

¿Cómo se gana esa batalla? ¿Con más documentos? ¿Con testimonios más desgarradores? ¿Con datos más precisos? El mercado de la atención no premia la precisión. Premia la velocidad, la simpleza y el escándalo. La memoria tiene la desventaja estructural de ser compleja. El olvido tiene la ventaja estructural de ser cómodo. Y en esa asimetría no hay trampa oculta: es el diseño.

Pero el problema no es solo tecnológico. Sería reconfortante que lo fuera, porque los problemas tecnológicos tienen soluciones técnicas. Este no. El problema es político. Cuando un gobierno nacional organiza su propio acto del 24 de marzo para instalar la narrativa de los «excesos de ambos lados», no está simplemente mintiendo. Está habilitando. Está bajando el umbral de lo que es posible decir en público. Está enviando una señal al ecosistema: esto ya se puede. Y el ecosistema responde amplificando. El Estado que debería ser guardián se convierte en ariete. La institución que construyó el consenso se vuelve la primera en demolerlo.

Hay una forma elegante de matar la democracia, también: desde adentro. Con las mismas herramientas que ella provee. Con elecciones, con discursos, con libertad de expresión usada para expresar exactamente lo que haría falta que no se dijera.

El manual no es original. Se aplicó en otros países, con variaciones locales y diferente velocidad. Pero en Argentina tiene un sabor particular porque el objeto de la demolición no es abstracto. Son 139 nietos restituidos con historia y biología que no se inventa. Son testimonios declarados en juicios con todas las garantías del Estado de derecho. Son cuerpos encontrados en fosas, identificados con meticulosidad científica. La evidencia no tiene fisuras. Y sin embargo pierde. No porque sea débil. Porque es aburrida. Un fallo judicial de seiscientas páginas no compite con un reel de cuarenta segundos. La asimetría no es de argumentos. Es de formato. Y en la guerra de los formatos, la complejidad siempre pierde.

Los negacionistas no se sonrojan. Se viralizan. Y eso es parte del sistema.

¿Qué le pasa a una sociedad cuando pierde la capacidad de acordar sobre lo que le pasó? No sobre interpretaciones. Sobre hechos. Le pasa lo que está pasando: que los símbolos que unificaban se convierten en armas de fragmentación. Que el pañuelo blanco tiene versiones paródicas en las redes. Que el número 30.000 ya no nombra una comunidad de víctimas sino un campo de batalla estadístico, como si la magnitud del horror fuera negociable. Que los jóvenes que nunca vivieron la dictadura construyen su relación con ese pasado a través de plataformas diseñadas para que nada sea sagrado, para que todo pueda ser cuestionado, para que el escepticismo sea la postura por defecto.

El escepticismo tiene su lugar. Ante el poder, ante la propaganda, ante las verdades oficiales que merecen ser interrogadas. Pero hay una diferencia entre el escepticismo crítico y el escepticismo nihilista. El primero pregunta para saber más. El segundo pregunta para no tener que saber nada. Y es el segundo el que prospera en este ecosistema.

En el centro de todo, una pregunta que nadie quiere hacer en voz alta: ¿qué pasa cuando las últimas testigos ya no estén? Las Madres y Abuelas son mujeres de noventa años que siguen rondando, declarando, disputando sentido en un ecosistema diseñado para personas cuatro décadas más jóvenes. Su energía es admirable y su legitimidad irreducible. Pero su tiempo es finito. Y cuando se agote, quedará el archivo, la memoria mediada, la historia sin cuerpo. Y el negacionismo, que siempre prefiere hablar con los muertos porque los muertos no pueden contradecirlo, esperará ese momento con paciencia de buitre.

Hay una última ironía que merece ser dicha: el país que inventó una metodología de búsqueda de identidad que el mundo admira puede estar a punto de perder la suya propia. No por un golpe. Por un posteo. Por la acumulación silenciosa de dudas pequeñas que hacen la misma obra que los vuelos de la muerte intentaron hacer: borrar. Con la diferencia de que esta vez el borrado es democrático, participativo, imposible de señalar con el dedo. Nadie dio la orden. Nadie firmó el decreto. Solo hay millones de personas que vieron el video, pusieron el like y siguieron scrolleando.

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