El escritor habla de Antes de leer, el libro de ensayos en el que traza su propia vivencia como lector. Además, reivindica el rol del ensayista a la luz de los conflictos actuales y cuenta cómo va la adaptación al cine de su novela Glaxo.

Están las iluminaciones literarias que lo trajeron hasta aquí: los secretos del lector en tránsito, la tensión entre experiencia y narración, el lazo inicial -y por lo tanto, definitivo- con los libros, la admiración por escritores trazados por el desarraigo, la discusión con la teoría del conflicto central (efectiva hasta en las series) y con la del storytelling, que vuelve consumidores a los lectores. Y, sobre todo, un amplio escaneo de autores importantes para estas discusiones: Juan José Saer -ineludible-, César Aira, Ricardo Piglia, Ezequiel Martínez Estrada, Rodolfo Walsh, Elías Canetti y hasta Gaspar Astarita, recobrado autor de Chivilcoy.
Y lo importante es el tono: Ronsino (autor de novelas como La descomposición, Glaxo, Lumbre, Cameron y Una música, los relatos Caballo de verano o el ensayo Notas de campo, con el que dialoga Antes de leer) combina la exposición con la crónica, las biografías breves y la crítica literaria en esta colección de textos entrañables, y en los que él, con formación académica de sociólogo, retoma la viva tradición de los ensayistas literarios y políticos de la Argentina que escribieron ideas para pensar el mundo (local) y, siempre con la fe en un mañana mejor -y con ideas progresistas-, buscaron transformarlo.
Bajo este sauce de Chivilcoy, Hernán Ronsino espera que las cotorras se aquieten y se dispone a pensar algunas coordenadas de Antes de leer, cuyos ensayos provinieron, en su mayoría, “de la revista Santiago, de la Universidad Diego Portales de Chile. Después hay conferencias, discursos y textos publicados en blogs”, señala. Pero, ¿cómo surgió la chance de Antes de leer, que se puede descargar gratis en la página oficial y que se distribuye en la red de bibliotecas populares bonaerenses? “Me hizo la propuesta Guillermo Korn, el director de la editorial, y empezamos a pensar en los artículos que podían entrar”, recuerda Ronsino.
¿Qué fue lo más difícil, en esa primera instancia? “Yo no quería publicar un Frankenstein de cosas. Sí buscaba que Antes de leer tuviera conexión con Notas de campo, el libro anterior de ensayos, que publicó en 2017 la editorial Excursiones. Así que hubo que hallar el eje que articulara los textos. Una idea del libro es poder mirar la singularidad de las cosas. La lectura marca la mirada y eso es un eje central de todo lector”. En sintonía, “Antes de leer parte de una cuestión absolutamente biográfica y personal y, en el último texto, el que escribe vuelve al pueblo después de pegar vueltas por todos lados, ya convertido en otro tipo de lector”.
Se agitan las cotorras y Ronsino sonríe: “Antes de leer empieza con un lector que lee los partidos de fútbol de los potreros y termina en la biblioteca, incluso haciendo la confesión de que, de joven, en una publicación de Chivilcoy escribió sobre una poeta imaginaria”. Y en Antes de leer respira una idea central de Paulo Freire: “Él plantea que hay una forma de leer el mundo previa a la lectoescritura: que uno aprende a conocer el mundo y a incorporarlo antes de leer libros. Por eso, cuando los leés ya tenés una manera de codificar las cosas, de leer la realidad en términos prácticos. Yo, como lector, me formé mucho desde ese lugar”.
Entonces “esa lectura de los otros, del mundo, de lo práctico, es muy importante en el entrenamiento de todo lector”, siente Ronsino. También, siguiendo al cineasta y escritor chileno Raúl Ruiz, habla del rol que ejerce el aburrimiento en los lectores: “En mi generación eso está muy marcado: las siestas interminables y cómo atravesar el tiempo. El aburrimiento nos lanzaba a leer, a inventar juegos, a transgredir de algún modo, a hacer algo. Y yo siento que eso choca, hoy, con la relación con la tecnología, con la virtualidad, con el entretenimiento permanente que explotó en pandemia y que se volvió una compulsión”.
Ahí también “hay un síntoma importante para pensar en los procesos creativos: en cómo surge un texto, una idea, en medio de este tiempo de distracción y de entretenimiento en el que es más fácil y atractivo ir a una serie que estar tres horas lidiando con el proceso de creación”, capta Ronsino. Y las cotorras ya se duermen al sol. A la par, el escritor piensa, en Antes de leer, en la idea del lector -y el narrador- en tránsito: en movimiento permanente. Retoma a autores como Anna Seghers, Sylvain Tesson, Walter Scott y dice: “La escritura es lo incierto. Es esa tierra insegura a la que nos lanzamos para poder llegar a la otra orilla. Y el proceso de escritura es el que está entre una orilla y la otra”.
Por eso, dice Ronsino, “me gusta la idea del tránsito más que la de una cosa fija, quieta. Y también por eso mismo desconfío de los tips de escritura, los cuales buscan darte certezas. Pero la escritura es, precisamente, lo contrario: es lanzarse al tránsito, a lo desconocido, a la incertidumbre, y producir algo. La escritura es lo opuesto a lo que te ofrecen los gurús acerca de cómo hacer un artefacto literario”. En sintonía sigue a Byung-Chul Han, quien, en La crisis de la narración, de 2024, analiza el storytelling: esa operación de escritura -y de tips al respecto- que vuelve consumidores a los lectores de historias. ¿Qué ve ahí Ronsino?
Unos segundos, capta el aroma bajo el sauce y dice: “Ahí está la necesidad de entretener y de estimular el consumo cultural permanentemente. Yo tomo una cita de Hernán Casciari que generó cierta polémica y en la que él decía que la literatura no le interesaba y que no había que perder el tiempo leyendo”. En el libro, cita Ronsino a Casciari: “Yo necesito que mi hija consuma historias. Consumir historias es lo mejor que te puede pasar en la vida. Por eso existen otras cosas (audiolibros, podcast, plataformas, redes), para que podamos seguir consumiendo las historias que necesitamos. No podemos tener tres horas los ojos en un papel”.
¿Qué siente Ronsino ante ello? “Hay cierta literatura que se mimetiza con tramas simples y adictivas como las de las series -dice-. Pero hay otra literatura, la que caracterizó al siglo XX, que proponía estéticas complejas, una experimentación con el lenguaje y una participación activa del lector”. Entonces “el lugar de esa literatura se va achicando frente al storytelling, como dice Byung-Chul Han. El storytelling tiene algo atractivo, seductor, transparente y que, más que una lectura crítica de la realidad, estimula un deseo de consumo”.
Otra tensión que despliega Ronsino en Antes de leer es la que se da entre los escritores aventureros -con Ernest Hemingway como símbolo-, y que escriben sobre lo que vivieron, y los “aventurosos”, que narran para vivir vidas reales o imaginarias. “Son dos modelos que me atraen muchísimo como lector -concede Ronsino-. Pero no tengo nada de aventurero ni de aventuroso en el plano de la exploración del mundo: soy un pésimo viajero. Aunque la idea del ‘aventuroso’, como plantea Sylvain Tesson, me gusta en términos de la figura del lector. Me siento cercano al que explora el mundo, y la lectura, buscando el disfrute”.
Hay dos modelos de escritor que también explora Ronsino en Antes de leer: Juan José Saer y César Aira. “Al principio yo compré esa distinción entre ambos y me era más afín Saer: Aira me costaba. Si bien son obras muy distintas y con búsquedas distintas -las cuales responden a una época-, me parece que hoy podemos ver la riqueza de cada uno, porque tanto Saer como Aira hacen movimientos liberadores. El punto en común de ambos es que piensan tramas que tienden más a la deriva, a la fragmentación, a la dispersión, y no a estructuras muy cerradas y clásicas. En ese sentido, Saer y Aira vienen a reformular la búsqueda de nuevas maneras de contar y de nuevas maneras de experimentar la escritura. Ahí se unen”.
Y Ronsino piensa bajo el sauce, con el renovado canto de las cotorras, en su propio modelo de escritura, como también revela en Antes de leer. “Yo no soy un escritor que sufrió el desarraigo y que vino de Europa para acá, pero a ese movimiento lo hizo mi madre, de Italia a la Argentina. Ese desarraigo está en nuestra historia familiar y reaparece con la idea del tránsito: mi desplazamiento desde Chivilcoy hacia Buenos Aires ni se aproxima a lo que sufrió mi madre, pero en mí hay algo operando en el proceso de escritura y en la necesidad de reinventar un territorio perdido. Se trata de la reinvención de un pueblo que se dejó atrás y que la escritura viene a restituir de algún modo”. «
En 2009, Hernán Ronsino publicó Glaxo, una de sus novelas más reconocidas. Es un relato polifónico (la segunda parte de su trilogía pampeana, junto con La descomposición, de 2007, y Lumbre de 2013) en cuatro tiempos diversos, con cuatro protagonistas y dos historias, en torno a la dictadura militar. La novedad es que ya se terminó de filmar la adaptación cinematográfica con la dirección de Benjamín Naishtat y las actuaciones de Marcelo Subiotto, Esteban Lamothe y Lali Espósito, entre otros.
La trama de Glaxo va desde 1959 a 1984, en un pueblo argentino sin nombre, marcado por la presencia de una farmacéutica. Lali Espósito es Miranda, una porteña que devendrá uno de los ejes del deseo y del dolor de la historia. ¿Cómo lo vive Ronsino? “Se terminó de filmar en noviembre y ahora están trabajando en la post producción -cuenta-. Con Benjamín Naishtat nos reunimos a charlar un par de veces sobre algunas cosas de la novela. Este año se cumplen veinte años de que la escribí y ni loco tenía la fantasía de que la llevaran al cine. Me parece que voy a terminar de entenderlo cuando vea la película”, confiesa.
Hernán Ronsino piensa en el vigor de los ensayistas literarios y políticos argentinos: “Ezequiel Martínez Estrada, Domingo Faustino Sarmiento, Raúl Scalabrini Ortiz, el propio Roberto Arlt. Escribir ensayos, como en Antes de leer, también era entrar en diálogo con esa grupalidad”, dice. ¿Cómo se reconfigura este rol a la luz de los conflictos actuales? “Sí, es un momento muy complejo y en el que pareciera, sobre todo después de octubre, que hay una derrota social de ciertos movimientos. Pero en ese momento de mayor oscuridad es cuando los poderosos se marean y se extravían”.
Y ante ello responde: “Hay una larga tradición de pensadores críticos que soñaron o idearon otra Argentina. La estuvieron pensando permanentemente -cuenta Ronsino-. Y uno, en estos momentos de oscuridad y de tormenta, donde parece que no hay horizonte posible, tiene que aferrarse a esa tradición para hacerse nuevas preguntas. Eso nos puede estimular a hacernos nuevas preguntas sobre este presente inédito y novedoso. Este es un momento en el que el pensamiento y la escritura son más vitales que nunca”.
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