Del termómetro nazi en el Ártico a la purga de esquirlas coloniales, desde Washington decidieron que el mapa del barrio solamente admite banderas de los pueblos americanos. La guerra del frío.

Cuando los nazis capturaron Dinamarca en abril de 1940, la isla quedó como una alhaja olvidada en un tocador ajeno. La Casa Blanca movió sus piezas con celeridad y selló el acuerdo Hull-de Kauffmann para “proteger” el territorio, erigir bases y custodiar las minas de criolita. Sobre todo, poblaron la costa de instrumentos con la obsesión neurótica de quien mide el cielo minuto a minuto. Del otro lado, en Berlín, los técnicos de la Luftwaffe observaban la extinción de sus datos. Las estaciones de Islandia, Canadá y Noruega se volvieron súbitamente hostiles y cerraron el grifo de la información. Para un régimen que soñaba con bombardeos sobre Londres y divisiones blindadas entre el barro, la ceguera climática resultaba tan letal como la pérdida de un ejército.
El remedio alemán consistió en expediciones mínimas sobre barcos pesqueros, naves que fingían una rutina polar para desembarcar en bahías anónimas. Levantaron estaciones clandestinas que transmitían, en código. Nació así una guerra de cifras y borrascas, librada muy lejos de los desfiles, donde los protagonistas no lucían medallas sino parkas grasientas y barbas de escarcha.
Dos. En agosto de 1942, el Sachsen, un navío que trocó la red por la observación científica, zarpó de Tromsø bajo el mando del teniente Hermann Ritter. Con él viajó Gottfried Weiss y su tropa de meteorólogos, hombres que ambicionaban el registro exacto de un firmamento que nadie veía. Bautizaron aquel refugio como Holzauge, un «ojo de madera» que, en la jerga de la época, señalaba al vigía que todo lo mira sin abandonar su sitio. Aquel nombre guardaba una ironía amarga para una barraca con antenas que perforaban la nieve y un depósito donde convivían latas, uniformes y los restos de un oso polar descuartizado en nombre de una pequeña eternidad.
La existencia de Holzauge habría pasado inadvertida si no fuera por la Patrulla de Trineos, una unidad de 15 inuits y daneses con una misión de una sencillez absurda. Debían recorrer fiordos deshabitados y buscar huellas de intrusos donde el mapa juraba que no había nadie. La guerra del clima, hasta entonces una sospecha entre especialistas, adquirió de pronto un punto exacto en la nieve.
Poco después, la guardia costera norteamericana desembarcó y halló una base desierta, apenas habitada por un alemán que se quedó atrás como un empleado olvidado tras el cierre de una oficina. Gracias a esa red dispersa, los aliados detectaron las tormentas en su cuna helada y siguieron su marcha hacia Europa con días de ventaja. En junio de 1944, esa diferencia se volvió un filo concreto. Los meteorólogos identificaron una breve ventana de clima aceptable en el Canal de la Mancha, en medio de temporales que hacían temblar los muelles. El resultado quedó escrito en las playas de Normandía bajo una lluvia de otra naturaleza.
Tres. Al final, la guerra del frío no dejó monumentos. Sus héroes carecen de estatuas ecuestres y solamente sobreviven en fotos borrosas donde lucen pequeños frente a la inmensidad, rodeados de perros inquietos. Los integrantes de la Patrulla de Trineos regresaron a su vida de caza y anonimato, con la certeza íntima de haber decidido la suerte de occidente. Sin embargo, el tiempo huye y los dueños mutan.
La soberanía danesa sobre la gran masa ártica surge hoy como un anacronismo del relieve. El vínculo europeo con los inuit nació en el año 982 bajo el pulso de Erik el Rojo. Aquello constituyó el primer gran engaño del mercado inmobiliario, ya que bautizaron como «Tierra Verde» a un bloque de escarcha con la sola intención de atraer colonos. Tras centurias de presencia nórdica y misiones religiosas, Copenhague integró la zona como provincia en 1953 para eludir las presiones de la ONU en medio de la descolonización mundial. Hoy aquel arreglo cruje. Washington desempolva la Doctrina Monroe (1823) y la actualiza con el nombre de «Doctrina Donroe» en honor a su impulsor, Donald Trump.
Esta mirada purga el mapa de las Américas de restos imperiales que olvidaron limpiar la mesa tras el banquete colonial. Por caso, Francia gestiona la Guayana Francesa como un fragmento incrustado en el Amazonas; Holanda conserva sus islas frente a Venezuela y el Reino Unido sostiene un rosario de territorios que culmina en el Atlántico Sur. Para la nueva lógica, estos enclaves violan la integridad del barrio.
La diplomacia se disputa ahora con el rigor de un clásico rosarino en Arroyito, donde no existe lugar para camisetas diferentes bajo el mismo techo. En ese tablero, Argentina puede apostar a que le caigan las llaves de las Malvinas si los ingleses tienen que llevarse los bártulos. Al final los estados son apenas inquilinos con aires de grandeza en una propiedad que desconoce los caprichos humanos. El mapa podrá mudar de piel como una tela que cede, pero en el mutismo de los polos el hielo siempre guarda la última palabra y el golpe de gracia para quien se atreva al olvido
LA PELOTA NO DOBLA
En Groenlandia el pasto es una leyenda urbana. Y como la FIFA los mira con la misma atención que a un iglú, encontraron su lugar en la CONIFA, la liga mundial de las selecciones que no entran en los álbumes oficiales. Los más curiosos pueden ver los partidos por la cadena KNR1 gratis por internet (https://knr.gl). Y a los que les interese el torneo local, tienen que agendarse una semana al año porque el torneo dura siete días. «
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