Un arqueólogo excavando en busca de historias ahí donde confluyen las fronteras del periodismo, la literatura y la investigación. Así se lo podría definir a Lautaro Ortiz, pero no es la única forma de hacerlo. Su biografía también dice que dirigió la segunda etapa de la revista Fierro, ícono de la historieta en Argentina, “ocasional guionista” de ese mismo género y “ocasional traductor”, que editó un par de libros de poesía y que acaba de publicar otros dos.

Uno de ellos es un policial negro, El tatuaje de la pólvora (Librería y Editorial Independiente La Escena del Crimen). El otro es El Anfitrión (Ediciones del Camino), en el que reúne una serie de textos publicados en la histórica contratapa del diario Página 12 entre enero de 2022 y octubre de 2025. Este último es el que será abordado en este texto y del otro nos haremos cargo en el recuadro adjunto.

Como buen arquéologo, en los textos reunidos en El Anfitrión Ortiz se ocupa de compartir historias ocultas, algunas secretas y otras olvidadas, que su curiosidad y empeño le permitieron recuperar entre las ruinas que el tiempo fue (y aún sigue) acumulando. A veces sus temáticas pueden parecer azarozas, hijas del capricho lineal con el que el autor se las ha ido encontrando. Sin embargo, un análisis más minucioso y atento revela hilos tendidos, coincidencias y reincidencias, puentes que cruzan de un texto a otro hasta crear una trama. Una red neuronal, como se dice ahora, en tiempos de esas inteligencias artificiales que en los textos de Ortiz brillan gratamente por su ausencia. 

Un conjunto de historias recuperadas que cuentan el lado B de la cultura argentina

Historias que obsesionan a Lautaro Ortiz

Rodolfo Walsh y sus diferentes encarnaciones, como escritor, traductor o impulsor de la serie negra en nuestro país. La editorial Hachette y su Serie Naranja. El género policial. El placer de descubrir los misterios que se ocultan detrás de algunas fotos viejas. Borges, una galaxia en sí mismo, en la cual siempre es posible encontrar nuevas constelaciones. Las ferias del libro, en todas sus eclécticas variantes. El género policial.

Los escritores argentinos, no solo los clásicos, sino también aquellos un poco marginales cuyos nombres no está mal repetir en voz alta. Las artes plásticas (las artes gráficas), la música (el tango) y una atmósfera de cambalache que hace recordar a los cortos del noticiero Sucesos Argentinos, en donde un forzudo de feria puede merecer la misma atención que el general Perón. Y por último, pero no menos importante: el género policial, claro.

A veces Ortiz utiliza una fórmula. Narra algunas historias como si se tratara de una construcción colectiva, enmarcando los relatos dentro de otro: una reunión de amigos que dialogan con la figura chamánica de El Anfitrión siempre como centro, en donde los textos van adquiriendo su forma. Una artimaña que el autor maneja de forma eficaz, porque a través de ella se permite hacerle creer al lector que está participando de ese encuentro, que está ahí, ocupando un rol importante en ese diálogo revelador que en realidad esta leyendo. Algo que, por otra parte, es lo que hacen todos los buenos libros. Ni más ni menos.

Con esas herramientas Ortiz crea un universo propio, donde las catacumbas de la cultura argentina se convierten en una fuente inagotable de secretos revelados y misterios por resolver, a los que es posible tener acceso gracias a la intervención oportuna de este generoso anfitrión.

Lautaro Ortiz 
Novela negra
historias
Correctores, detectives y el misterio de las erratas
“Las grandes historias empiezan con un error”, le dice el comisario a un corretcor de novelas policiales, sospechoso de un asesinato y protagonista de El tatuaje de la pólvora, la novela de Lautaro Ortiz. Un poco antes, el jefe del protagonista hace referencia a un código secreto cifrado en las erratas sin corregir.
La mención de errores y correctores encaja bien en el espíritu de la novela negra y Ortiz juega a literalizar la cosa, ambientando la historia en el mundo editorial. Un poco porque, como dice otro personaje, los correctores son los policías de “tipos que no pueden poner correctamente los dedos sobre las teclas” y ese afán por el detalle convierte a quien ejerce ese oficio en un buen aspirante a detective. Por no mencionar que las redacciones son el ecosistema perfecto para ambientar un crimen. Admirador de Rodolfo Walsh —que fue corrector, amante de los policiales y autor de varias obras ancladas en ese universo—, Ortiz entiende todo y lo deja claro en una novela donde la acidez y el cinismo campean a sus anchas, en una ciudad que podría ser Buenos Aires (o La Plata o Rosario), donde el horizonte dejó de existir hace rato y sus personajes saben bien que no tienen salida.