
A esos hallazgos, luego bellamente ampliados y remozados en su libro Descanso de caminantes, Bioy los denomina “baratijas verbales, pretensiones literarias, complejizaciones que les debemos a políticos y gobernantes”. Una cita del texto de Mónica nos ayuda a aclarar más. “El préstamo lingüístico enriquece las lenguas. Pero una cosa es el préstamo lingüístico y otra muy distinta la tilinguería que tiene su propio diccionario separatista de shopping o barrio cerrado”.
El autor de La invención de Morel y Diario de la guerra del cerdo señala que, entre otras cabales muestras de tilinguería (y eso lo pescó con su oído tan argentino), preferimos equívoco a error, disenso a desacuerdo, precipitación por lluvia y nosocomio por hospital, así como critica (sin calificar) términos consagrados (aunque de sagrados no tengan nada) por el periodismo, como absolutización, campeonar, desfasaje o señalizar. Celebré mucho cuando Alejandro Dolina explicó que los relatores deportivos que usan el neoverbo recepcionar es porque no les parece suficiente la palabra recibir. Vuelvo a Bioy, que es un maestro y que mucho se disgustaba cuando alguien lo llamaba de ese modo. Él hizo de frases arrancadas al sueño de madrugada, de pequeñas reflexiones, de sutiles y poéticos apuntes al paso un formidable e innegable género literario. Durante más de 50 años –mientras se consolidaba como el autor de novelas, libros de cuentos (varios de ellos compartidos con Borges), ensayos– escribió con devoción y convicción más de 20 mil páginas de diarios íntimos en los que registró los tonos mayores y menores de su vida, de la política a la literatura, de las costumbres y los personajes. Sobre esa base, Daniel Martino –además, un enorme conocedor y curador de su obra– armó la antología de medio millar de páginas titulada, con enorme razón, Descanso de caminantes. Se le agradece a Bioy que en algún acceso de furia no haya roto o quemado esos cuadernos colmados de pequeñas anotaciones que el tiempo convirtió en un texto gigantesco. Contiene frases memorables, como el dístico “Haz mañana Bioy/lo que puedas hoy”. O célebres respuestas periodísticas. El crítico de cultura de un matutino tradicional le pregunta: «¿Qué piensa cuando ve uno de sus relatos filmados?». Y Bioy responde: «¡Qué barbaridad! No debieron meterse en ese gasto».
Todo ese libro es un remanso. Allí Bioy se manifiesta preocupado porque el verbo constatar no se localiza en el diccionario de la Academia; se inquieta por el uso excesivo de la palabra premiación y se asombra porque términos como chica y muchacha (utilizados para nombrar a mujeres jóvenes) se hayan transformado en maneras sustitutas de nombrar a la mucama. En su breve diccionario de exquisiteces le atribuye esta frase a una mucama: “¡Ay, señor!, no llame chica a su hija. Me da no sé qué”. También teoriza sobre la capacidad de escucha. Un un chico al que, como elogio, le habían dicho que su perro era estupendo, le puso de nombre Esmipendo. Pero no solo los chicos escuchan mal. Bioy escuchó a alguien, y no lo olvidó, decir Chubut en lugar de yogurt, petit swing por petit suisse, crisantelmo por crisantemo, aguas de beneficencia por agua Villavicencio y pampas fúnebres por pompas fúnebres.
Con fina ironía, el gran Bioy se pregunta: “Cuando alguien dice ‘cualquier cosa me llamás’, ¿qué quieren decir con cualquier cosa?’”. La respuesta queda abierta. “Cuando alguien dice ‘Ya vas a ver lo que es bueno’ está casi científicamente comprobado que la frase casi nunca anuncia algo bueno”. Y sobre la expresión “En resumidas cuentas” se interroga: ¿cuáles serán esas cuentas resumidas? Confiesa Bioy que tuvo muchas mujeres pero que hubo una que apeló al estilo más rebuscado para reprocharle que él no se hubiera acostado con ella: “Vos nunca me poseíste”, le dijo y, entonces, en lugar de proceder, él se rió. Y volvió a reír cuando un taxista le dijo: “El guindado es el porche de la amueblada”. Dos antiguallas en la misma frase, porque los guindados ya no son nada al lado del after y las amuebladas fueron sepultadas por los albergues transitorios y gran cantidad de estos no sobrevivieron a la pandemia. “Con tal de…”, “No está como para salir de cuerpo gentil” y “No faltaba más” también son expresiones que atrasan considerablemente.
Releyendo estas reinterpretaciones literarias de Bioy (anotaciones al paso, captura de frases sueltas, literatura de brevedades que el propio escritor desaconsejaba), me preguntaba si en la currícula escolar no debería figurar como obligatoria la escritura de diarios íntimos, como un modo de hacerle frente a la actual fugacidad de los clics y los trending topic. Con seguridad, sería un modo de hacer que el alumnado entienda mejor el sentido de la historia y otra forma de volver a la escritura, hoy casi totalmente centrada en la redacción de tuits y mails. «
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