Huracán y San Lorenzo juegan “el clásico barrial más importante del mundo”. Parque Patricios y Boedo, el sur porteño representado por dos clubes llenos de historia. Folclore futbolero puro. El domingo pasado el Globo le ganó al Cuervo 2 a 0, quebrando una racha de 25 años sin triunfos como visitante…
Lástima que Huracán como institución -no el equipo, no los hinchas- perdió feo antes y después del partido: sus cuentas oficiales de las redes sociales desplegaron una estrategia de comunicación basada en el clasismo, una cargada institucional tan despreciable como mediocre. ¿Que fue un error de un joven CM sin experiencia que labura por dos mangos? Es posible, pero ningún dirigente del club que preside Abel Poza pidió disculpas.
El primero de los posteos de la saga discriminatoria ironizó con la llegada del plantel profesional a la cancha de San Lorenzo. La foto no encuadra al micro que traslada a los futbolistas sino que hace foco en las precarias edificaciones de ladrillo hueco sin revoque, una arriba de la otra, tan características de los barrios populares.
La provocación en Instagram, Twitter y Facebook no apeló a las habituales chicanas futbolísticas. Huracán optó por ponerle sonido a sus publicaciones utilizando un audio de la serie El Marginal, donde el personaje de Diosito dice: “Che Marito, parece una villa esto… Es una villa”.
A esto se sumó otro posteo que hacía alusión a «donde reina la suciedad» y “los olores nauseabundos”, una violenta referencia dirigida a la precariedad de las barriadas más pobres, donde el agua y las cloacas se mezclan en el mismo pozo.
El objetivo comunicacional explícito de Huracán fue ridiculizar el entorno del estadio de San Lorenzo, la Villa 1-11-14. Hizo mucho más daño aún: insultó a los decenas de miles que allí sobreviven como pueden a la malaria. Y a todos los “villeros”. Incluso a los propios, a los muy propios como René Houseman, quizás el ídolo máximo del club, aquel que declaraba que “si fuera millonario me compraría una villa. No hay mejor lugar para mí. En la villa hacía lo que quería, era la libertad absoluta. El día que pasaron la topadora, derrumbaron mi mundo”. Qué paradoja, el Loco siempre fue el futbolista villero por autodefinición.
Parece que es verdad que los tiempos cambiaron. Lo que tradicionalmente se cobijaba bajo el paraguas del «folclore futbolero» sufrió una mutación perversa. Ya no se trata del grito furioso de un hincha en la tribuna; hoy es un departamento de prensa institucional el que decide conscientemente que el origen social de un barrio es una herramienta válida para humillar al rival.
Este tipo de discriminación tiene un fuerte anclaje de clase. Expresiones que asocian lo villero con lo degradante operan como un mecanismo de segregación. La comunicación oficial de Huracán no solo atacó al que vive enfrente de la cancha de San Lorenzo, atacó hasta sus orígenes del barrio de La Quema. Contradicción flagrante la de quienes conducen al Globo, un club que nació, creció y se sostiene gracias al tejido social de esos mismos sectores marginados.
El derrame de la matriz libertaria
Este fenómeno asqueante en las redes no brota del vacío. Responde, en gran medida, a un clima de época inoculado desde el poder político. Bajo la administración de Javier Milei, la validación de la agresión y la deshumanización se convirtieron en política de Estado.
Quizás por eso, durante el Mundial, influencers globales viralizaron publicaciones que tildaban a la Argentina como un país estructuralmente supremacista. Semejante acusación resulta históricamente absurda y profundamente hipócrita. Nos ven como no somos.
Pero sí es verdad que la ideología libertaria, con su retórica de darwinismo social y su desprecio explícito hacia la vulnerabilidad, cobija de forma sistémica prejuicios racistas y clasistas. Al etiquetar todo lazo comunitario o asistencia social como «parasitario», el discurso oficial construye un enemigo interno basado en su condición de clase y origen geográfico. Son “la gente de mal”, sencillamente porque ellos son “las personas de bien”.
El domingo pasado, Huracán legitimó el lenguaje de los trolls mileístas. Imitando esa misma matriz detestable, fue un ejemplo de la aplicación práctica en el fútbol del manual de estilo libertario.