En Quebranto, su último libro, el escritor argentino alimenta un espacio mítico que tiene su núcleo en el barrio de Villa Celina, a partir de relatos que conforman una novela fragmentaria.

Sin embargo, resulta imposible saber si esa idea no es más que una trampa que el escritor le tiende a la percepción del lector, o si realmente son las entradas de una especie de diario o bitácora en las que el autor da cuenta de forma muy detallada del vínculo estrecho que aún lo une a sus padres muertos. Es en torno a sus ausencias que Incardona va tejiendo una red de tristezas y nostalgias que justifican ese quebranto que le da título al volumen.
Igual que en los trabajos citados, la fantasía vuelve a ser un elemento fundamental en Quebranto. Un recurso que, lejos de poner distancia con lo que se relata, es utilizado por Incardona para fortalecer los componentes emocionales que atraviesan cada historia. Así ocurre ya desde el primer texto, “Serenata”, donde el narrador cuenta en primera persona los últimos momentos que comparte con su madre, quien agoniza en el hospital. Que el protagonista se llame Juan Diego, igual que el autor, reafirma el deliberado juego autobiográfico.
Ante el dolor de su madre, el Juan Diego del libro recuerda un sueño que tuvo siendo un niño, durante una noche de fiebre, en el que ella se moría. En su memoria, alguien le dice, para tranquilizarlo, que con ese sueño seguro le alargó la vida a su madre. Ahora, en el presente, él desea inútilmente volver a soñar lo mismo. Ese es el primer indicio de que lo onírico jugará un rol importante en el desarrollo de Quebranto.
En su continuidad, los textos revelan una coherencia temática y formal que los alejan aún más del concepto de un libro de cuentos, para configurar una especie de novela fragmentaria cuyas piezas van encajando a medida que la lectura avanza. Esa dinámica es evidente en el relato del día de la muerte de la madre, sobre el que Incardona vuelve una y otra vez, primero desde la voz de Juan Diego y luego desde las miradas de sus hermanas María Laura y María Cecilia, de su cuñado Martín y su sobrino Maxi. Esa suceción de narraciones encadenadas en primera persona le va otorgando distintos niveles de profundidad al retrato de aquel día que, por alguna razón, el autor necesita reconstruir.
Al mismo tiempo, la acumulación de esos múltiples puntos de vista también representa la puesta en escena de una atmósfera no tanto religiosa, pero sí de cierta espiritualidad, que se complementa de manera orgánica con lo que aportan los relatos de naturaleza abiertamente onírica.
En uno de ellos, “Hambre de gloria”, Juan Diego sale a caminar por una Buenos Aires habitada por fantasmas siempre benévolos, como si el otro Juan Diego, el autor, estuviera escribiendo ese texto (y este libro) para que su imaginación convierta en real un más allá confortable para sus muertos. Un mecanismo similar a aquel según el cuál soñar con la muerte de alguien equivale a alergarle la vida. Quebranto es ese sueño de un paraíso en el que su madre sigue siendo feliz hasta el infinito, porque en realidad no se fue a ningún lado.
Villa Celina, el barrio convertido en mito por Incardona, vuelve a ser el núcleo de ese cosmos que el autor alimenta libro a libro, pero que de a poco va perdiendo su perfil concreto para convertirse en un cuásar de memoria. Hasta ahí se trasporta una y otra vez Juan Diego, para no olvidar no solo quién fue, sino para reafirmarse en tiempo presente abrazando con fuerza a quienes ahora solo pueden habitar en los recuerdos. De todo eso se trata Quebranto, un libro que, como un sueño muy vívido, seguirá acompañando al lector mucho después de dar vuelta la última página.
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