Jeff Buckley lo tenía todo. Talento, sensibilidad y un atractivo magnético. En 1994 lanzó Grace, un carrusel de emociones y atmósferas. El reconocimiento llegó de inmediato y fue tan contundente como merecido. Su propuesta eludía las etiquetas de género para moverse con la determinación y autonomía de un lobo solitario. Una genuina vulnerabilidad profundizaba su dimensión humana, en contraste con las figuras prefabricadas que acaparaban y acaparan rankings, estadios y clics. Aquella parábola se cerró abruptamente con su muerte, a los 30 años, en las aguas del río Mississippi. La tragedia transformó al artista en movimiento en una leyenda casi perfecta.
El documental It’s Never Over, Jeff Buckley, de Amy Berg, no intenta la improbable tarea de ignorar esa dimensión mítica, pero se preocupa por indagar en el costado más íntimo del también guitarrista y compositor. Jeff Buckley fue un cantante único, probablemente uno de los intérpretes más conmovedores que dio el rock en las últimas décadas, con una voz capaz de pasar del susurro íntimo al grito desgarrado, del falsete celestial al rugido casi animal, sin que ninguno de esos registros pareciera un recurso técnico. En él convivían la tradición del folk estadounidense, la intensidad física del rock, la sutileza del jazz y una sensibilidad capaz de tender puentes entre Nina Simone y Led Zeppelin, entre Judy Garland y Nusrat Fateh Ali Khan. Por sobre todo, era un músico imposible de encasillar.

Berg encuentra los mejores momentos de It’s Never Over cuando se concentra en ese Jeff anterior a la fama. El pibe que llegó desde California a Nueva York y empezó a tocar en el pequeño café Sin-é, en el Lower East Side, con una guitarra y una voz que parecían demasiado grandes para el lugar. Ahí aparece uno de los aspectos más interesantes del documental: la construcción de un artista antes de que la industria decidiera qué hacer con él.
Las imágenes de archivo tienen un valor enorme. La directora y guionista accedió a fotos familiares, grabaciones caseras, cuadernos con letras manuscritas, demos y registros de distintas etapas de la vida de Buckley. El resultado tiene algo de arqueología musical: como abrir una caja de cintas privadas donde todavía puede escucharse al músico buscando su propia identidad. No se trata solamente de mostrar material inédito por su condición de rareza: el archivo funciona para reconstruir procesos creativos y momentos de su vida.

También es fundamental la presencia de Mary Guibert, la madre de Buckley, tanto en la preservación de su legado como en el documental. Su testimonio permite adentrarse en una de las heridas centrales en la vida de Jeff: el abandono de su padre, Tim Buckley, un influyente cantante y compositor que murió por una sobredosis cuando su hijo tenía apenas ocho años. Durante mucho tiempo, Jeff cargó con el peso de una herencia que nunca había pedido. Incluso cuando aceptó participar de un homenaje a su padre y cantó “I Never Asked to Be Your Mountain”, la ironía del título parecía resumir una tensión que lo acompañaría siempre: ser reconocido por su propio nombre sin negar una historia familiar inevitable.
Otro de los grandes aciertos de Berg es mostrar que Buckley no era simplemente ese artista frágil que muchos imaginaron después de su muerte. Había algo decididamente magnético en él, pero también una intensidad que podía resultar incómoda. Los testimonios de músicos y amigos revelan a alguien apasionado, divertido y generoso, aunque también absorbente, inseguro y atravesado por una necesidad permanente de demostrar algo. Esas contradicciones vuelven todavía más interesante a la persona detrás de la voz.

La fama llegó demasiado rápido. Grace fue recibido como la aparición de un artista fuera de serie, pero también como una promesa que debía sostenerse en el tiempo. Buckley, que ya tenía una relación complicada con las expectativas ajenas, comenzó a sentir el peso de tener que estar a la altura de un debut que todavía hoy muchos consideran una obra maestra. La película expone esa presión sin convertirla en una explicación simplista de su destino.
Escuchar y ver a Buckley interpretar “Grace”, “Last Goodbye”, “Lover, You Should’ve Come Over” o su inolvidable versión de “Hallelujah” (Leonard Cohen) produce una fascinación imposible de pasar por alto. Al mismo tiempo, dejan flotando una pregunta imposible de responder: qué habría hecho Buckley con todo lo que todavía le quedaba por decir. «
It’s Never Over, Jeff Buckley
Dirección y guion: Amy Berg. Con testimonios de Mary Guibert, Rebecca Moore, Joan Wasser, Ben Harper y Aimee Mann, entre otros. Disponible en HBO Max.
Durante mucho tiempo cargó con el peso de la herencia musical de
su padre. Algo que nunca
había pedido.
Jeff Buckley fue un cantante único, uno de los intérpretes más conmovedores que dio el rock en las últimas décadas.