No hay estridencias en el nuevo disco de José Luis Aguirre. Tampoco urgencias por seguir tendencias ni gestos pensados para llamar la atención. Al sol avanza en otra dirección: la de las canciones que encuentran belleza en lo cotidiano, que se detienen en un patio, en un río, en una fruta compartida o en una conversación. El nuevo álbum del cordobés está atravesado por la contemplación, pero también por una idea de resistencia que se ejerce sin levantar la voz.
Para Aguirre, uno de los músicos más queridos de la nueva generación, el sol que da nombre al disco no funciona solamente como una imagen poética. Es el símbolo de un momento personal y creativo marcado por el reencuentro con la esperanza después de los años de encierro, con el folklore entendido como una tradición viva y con una manera de habitar el mundo que privilegia el tiempo compartido por sobre la velocidad.
De todo eso habla en esta conversación que lo encuentra en su hábitat natural, las sierras cordobesas, donde no anda muy bien Internet y nadie pasa demasiado tiempo delante de las pantallas. También reflexiona sobre la naturaleza, la comunidad artística cordobesa y los cruces entre el folklore y las nuevas músicas.

Entre las quince canciones del álbum, hay zambas, tonadas, milongas, una guaracha serrana, décimas, freestyle y hasta un cuarteto concebido desde su forma más tradicional. Conviven la ternura y la lucha social y una profunda conexión con la naturaleza. Sin estridencias ni concesiones, el «Chuncano» vuelve a demostrar que es una de las voces más originales de la canción popular argentina porque entiende al folklore como una tradición viva, capaz de dialogar con el presente sin perder sus raíces.
El título del disco nació, en principio, de una de las canciones que lo integran: “Mandarina al sol”. Sin embargo, Aguirre pronto descubrió que esa imagen sintetizaba algo mucho más amplio. “Terminó siendo simplemente Al sol porque era más contundente, pero también porque habla de todo lo que hacemos como celebración de la vida”, explica. El sol remite a esa fuerza que los pueblos antiguos reconocían como origen de la existencia, de la siembra y de la energía.
En su caso, también representa un momento personal. “Vengo de un disco hecho durante la pandemia, durante el encierro, una etapa muy oscura. Este aparece en un momento de mucha esperanza, de reencontrarme con los patios, con mi música, con una poesía profunda y con el folklore. Para mí eso también es una celebración del sol”, resume.

Describe cada canción como un “gajito” de esa mandarina. La metáfora atraviesa todo el álbum y responde a una manera muy particular de entender la composición. Cada tema ofrece una parte de aquello que, según el músico, constituye el alma de una persona. “Si hay que repartir un gajito de ternura, acá está. Si hay que repartir uno de mística, también. Hay canciones de filosofía, de lucha, de amor. Estoy muy contento porque logramos grabar el disco en apenas cinco días, de una manera muy real, casi sin intervención tecnológica”.
Aguirre y la necesidad de volver a la naturaleza
En una época dominada por la velocidad, las pantallas y la sobreinformación, sus canciones invitan a detenerse. ¿Puede la música convertirse en una forma de resistencia? Aguirre responde que sí, aunque enseguida corrige el término. “Es una resistencia, pero también una acción. No una resistencia pasiva, sino un movimiento que despierta otras cosas frente a este vacío que nos está llenando”.
El diagnóstico que hace del tiempo actual es tan crítico como esperanzador. Habla de una sociedad que destruye la naturaleza, que olvida el valor de los mayores y que pierde de vista de dónde provienen los recursos que sostienen la vida cotidiana. Por eso varias canciones del disco vuelven la mirada hacia los ríos, los árboles y los territorios concretos. “Creo que en este tiempo de la inmediatez lo que más necesitamos es volver a mirarnos a nosotros mismos hacia adentro. Ver que quizá la propuesta sea volver a la tierra, como lo vengo diciendo, volver al tiempo de uno, a lo simple, a lo que nos hace contemplarnos».

La tradición ocupa un lugar central en la mirada del músico, aunque nunca como un límite. A lo largo de su carrera, Aguirre incorporó elementos del reggae, la cumbia, el joropo, el rap y el freestyle sin abandonar el lenguaje del folklore. Para él no existe contradicción entre esas búsquedas, porque la identidad musical no depende de los géneros sino de la honestidad con la que se expresa una experiencia.
“Yo siempre trato de ser yo. Escribo desde mi continente personal, desde mi manera de concebir el mundo, agarrándome de las raíces de la tradición. Muchas veces me subí a rapear, hace años que propongo el freestyle, el reggae, otras músicas. Agarro todo lo que tenga a mano para expresar un sentir y un mensaje”, explica.
Dice que viene de esas reuniones familiares de los domingos en las que la música formaba parte de la vida cotidiana. Esa raíz permanece intacta, aunque nunca le impidió abrirse a otras influencias. “No estoy buscando hacer algo nuevo ni romper fronteras. Me interesa jugar con lo que voy escuchando y sintiendo. Siempre desde mi provincia, desde mi río, desde mi montaña, desde mi país y desde mi alma”. Quizás por eso tampoco le preocupa la discusión sobre los límites del folklore. Mientras algunos sectores insisten en preservar una idea rígida de la tradición, Aguirre entiende que la cultura popular siempre fue movimiento, intercambio y transformación.
Esa misma apertura aparece cuando se refiere al creciente interés que artistas provenientes del trap, el hip hop o la música urbana manifiestan por el cancionero folklórico. “Yo siempre celebro esos acercamientos cuando hay una búsqueda sincera, profundidad y respeto. Seguramente también existen cuestiones de mercado, pero lo importante es que nuestra cultura siga moviéndose”, sostiene.
Al mismo tiempo, aclara que ese diálogo no comenzó ahora. Recuerda que muchos folkloristas vienen experimentando desde hace años con el rap, el freestyle y la improvisación, aunque esas experiencias no siempre alcanzaron la misma visibilidad. “En este disco participa Juli Rivarola, que viene del trap y del hip hop, haciendo un freestyle. Nosotros hace mucho que trabajamos con esas herramientas. Quizás no seamos la parte del folklore que más se ve, pero siempre existió ese cruce”.
En ese sentido, destaca especialmente el caso de Milo J y su conexión con el folklore, que derivó en su participación en Cosquín y en un disco con claras influencias folklóricas. Más allá del impacto mediático, Aguirre rescata el respeto con el que el joven artista se acercó a esa tradición. “Lo celebro porque lo hace desde el arte, desde una búsqueda verdadera. Y también porque permite que muchos chicos se acerquen al folklore. Pero hay muchísimos jóvenes haciendo música popular desde hace tiempo y eso también merece ser conocido”.
Desde hace años, Aguirre forma parte de una escena cultural cordobesa donde compositores, poetas y músicos independientes comparten escenarios, peñas, encuentros barriales y proyectos colectivos. Entre ellos están Mery Murúa, Paola Bernal, Juan Iñaki, entre muchos otros. “Es un privilegio vivir acá. Córdoba es un lugar de encuentros permanentes. Compartimos escenarios, espacios independientes, pequeños ciclos de poesía, proyectos culturales. Tengo la suerte de trabajar en equipo con artistas que admiro profundamente y eso hace que mi vida sea muy bonita”.
Ese sentido comunitario también atraviesa la manera en que imagina la presentación de Al sol. Más que una serie de recitales convencionales, sueña con trasladar al escenario el clima que inspiró el disco: el de un patio donde conviven la escucha atenta, el baile, la conversación y la celebración. “Este disco es una gran celebración en un patio y me gustaría llevarlo a todos los lugares posibles. Tiene canciones para bailar, otras que necesitan silencio, poesía, compromiso. Estamos buscando el espacio adecuado para compartir todo eso”.
Buenos Aires aparece entre los destinos inmediatos, aunque todavía sin fechas confirmadas. Mientras tanto, disfruta del recorrido que las canciones empiezan a hacer por su cuenta. “Me encanta cuando alguien me escribe para decirme que viene escuchando el disco en el auto o que una canción lo acompañó durante el día. Ahí siento que las canciones empiezan a tener vida propia”.