Juan Isasmendi: «El pueblo vive una Pascua en su hambre»

Por: Nicolás G. Recoaro

Sin vía crucis ni misas, la Semana Santa también se inscribe en la cuarentena. El cura de la villa 1-11-14 habla del difícil momento del barrio: "Necesitamos que el aislamiento físico no sea también espiritual".

La Parroquia Santa María Madre del Pueblo está en el corazón del barrio Padre Rodolfo Ricciardelli, la estigmatizada villa 1-11-14. Es mediodía del Viernes Santo y decenas de vecinos aguardan con parsimonia que se abra el comedor de la capilla. La fila sobre Perito Moreno, frente al apagado Nuevo Gasómetro, ocupa más de 200 metros. Sin la changa o el rebusque, pocos pueden parar la olla, menos para Pascuas. El aislamiento social preventivo controla la transmisión del virus, pero no mata el hambre. 

“Estas semanas de cuarentena vinieron a denunciar una emergencia social muy profunda en nuestros barrios. El primer día teníamos 30 familias en el comedor; el tercero, más de 90; hoy, a los cinco comedores del barrio se acercarán unas 4500 personas”, explica Juan Isasmendi, el barbudo párroco a cargo de la iglesia en el arrabal del Bajo Flores.

Custodiado por la imagen de la Virgen de Luján, tatuada en una de las paredes del templo, el padre Juan cuenta cómo su iglesia le pone el pecho a estas semanas durísimas que vive el barrio: “Todo esto era imposible de imaginar hace sólo un mes atrás. Quizás en una pesadilla. El primer desafío fue garantizar el plato de comida. Ahora, el segundo eje es la atención de los abuelos y abuelas. Tenemos 150 mayores a los que se les acerca mercadería, se les toma la fiebre, la glucosa, la presión. Estamos acompañando. Pero siempre falta, necesitamos más apoyo del Estado”. Hace pocos días, el presidente Alberto Fernández lo recibió en Olivos, junto a otros curas villeros del grupo en Opción por los Pobres.

A los 39 años, con curtida experiencia en villas de Barracas, Pompeya y Moreno, Isasmendi se acomoda el barbijo y los guantes de plástico gastados y dice que el barrio está alarmado. Ya tuvieron dos casos detectados de Covid-19, “uno de ellos, una chica que vivía en la calle y ya está recuperada”. Desde el inicio de la cuarentena, la parroquia acondicionó un refugio para los sin techo. También tiene listo un espacio con camas para garantizar el aislamiento.



Sin vía crucis, sin misas multitudinarias ni celebraciones de cuerpo presente, esta Semana Santa tiene un sentido especial para el padre Juan: “Son celebraciones sacramentales, que la cuarentena nos ha impedido realizar. Pero no ando triste ni pesimista, porque creo que en este contexto durísimo, el pueblo está viviendo una Pascua en su hambre, en su soledad, en la vulneración de sus derechos básicos. Siento que Jesús está encarnado en la vida de este pueblo pobre que da pelea”.

Tres o cuatro veces por día, se calza la estola, se pone atrás del micrófono o delante de la cámara de un celular, y se da maña para transmitir misa por la radio del Bajo Flores y las activas redes sociales de la parroquia: “Usamos Facebook, Instagram, ya estoy hecho un youtuber. La emergencia nos llevó a explorar esos espacios. Son importantes, porque la comunicación nos ayuda a romper este aislamiento físico, que también es espiritual”.

Dos semanas atrás, cuando el Papa Francisco dio una misa ante una desolada plaza San Pedro, Isasmendi recordó muchas de las enseñanzas que le transmitió aquel hombre que lo ordenó sacerdote: “Me hizo pensar en todo lo que predicó en estos barrios. También en la imagen de Moisés en el desierto. Ese hombre que de a ratos se iba a hablar con Dios para arreglar las cuentas de su pueblo mano a mano. La Biblia dice que el único amigo de Dios era Moisés. Hoy, en este presente durísimo, Francisco es el amigo de Dios que sostiene la fe de nuestro pueblo”.

Antes de servir el almuerzo para sus vecinos, Juan dice que no deja de asombrarlo la reacción de la comunidad para ganarle la partida al virus: “Es enorme, sensible, profunda, atenta. En el barrio siempre vi esta solidaridad, pero creo que este es un tiempo en que irradia en cuestiones sencillas. Dar una mano en la cocina de la parroquia, ayudar a limpiar el refugio, hacerles los mandados a los abuelos, acompañarlos, charlar un rato para ganarle a la soledad. Cuidarnos entre todos”.

Ayuda
La Parroquia Madre del Pueblo recibe donaciones para mantener sus comedores. Para colaborar, se puede llamar al teléfono (11) 4191-9064 o escribir a sus cuentas en redes sociales.

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