
Puchet milita en la agrupación docente Isauro Arancibia y el lunes se acercó al Congreso con la columna de Suteba. Quería estar cerca, llegar hasta las vallas, dice. Pero alrededor de las cuatro de la tarde y aunque las piedras estaban del otro lado de la plaza, de este se desató la tormenta, empezó a funcionar el hidrante, de golpe la policía empezó a avanzar y, cuando la gente se dispersaba, yo me arrimé a la pared». En ese momento, a una señora, que había tenido la osadía de ofrecerle una rosa a un policía, le rociaron el spray irritante en la cara y cayó al lado mío, golpeada. La ayudé a levantarse y la acompañé hasta el Instituto Patria, donde había una posta sanitaria. Ahí me dieron un cuarto de limón y me colocaron unas gotas de vinagre en un pañuelo, por los gases. Entonces salgo, veo a la gente correr y vuelvo a pegarme a la pared. El resto es lo que se ve en el video. Me tiran gas, me golpean. Yo ya no podía ver nada», reconstruye.
Algo hizo Puchet. Días después, supone que su flagrante agresión fue mirar a ese policía a los ojos. E intentar explica la patología de esos uniformados, el modo en que los incentivan a reprimir. No puedo considerar valiente a alguien que a un viejo como yo le tira en la cara algo irritante y encima le pega. Todavía tiene un ojo lastimado y el omóplato dolorido. Y describe con una frase el brutal despliegue de gases, motos y palos: Eran una horda bárbara.
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