La directiva del Atlético de Madrid sometió a Julián Álvarez a un escarnio público, un castigo que excede a lo que el club le pueda reprochar al jugador. Cualquier acción que el futbolista haya realizado para una salida al Barcelona quedó pequeña respecto a las formas en las que la conducción colchonera lo terminó arrinconando. El fútbol se convirtió en un campo de batalla donde todo vale, todo se justifica, desde los insultos hasta el hostigamiento en las redes. Todo de lo humano, a veces, le es ajeno.
Como Julián Álvarez tiene un contrato millonario, como ese contrato está en vigencia, como sus deseos, hechos públicos, ofendieron a los hinchas del club para el que juega, entonces se le puede hacer de todo hasta voltearlo psicológicamente. Hasta que deba encerrarse en la casa y aceptar que, si en todo caso quiere irse, será hacia el Arsenal. Hay una cláusula de 500 millones de euros que lo retiene.
¿Esta historia habrá empezado cuando de niño, todavía en Calchín, Julián contó que era hincha del Barcelona? Puede ser, ahí estaba su sueño. Aunque sería irse muy atrás. Esta historia, en rigor, empezó en marzo cuando Joan Laporta, presidente del Barcelona, dijo que Julián sería un jugador que podía encajar en el club catalán, pero que debía mostrar voluntad y hacerlo por un precio razonable.
Una tormenta, entonces, comenzó a formarse sobre el jugador a fuerza de conversaciones privadas, de demostraciones públicas, dimes, diretes, seguramente mentiras o acaso medias verdades. Todo eso que no se sabe, o se sabe poco, llevó a Julián a hablar durante el Mundial en un sorpresivo fuera de tono, bajo la idea de que no podía esconderse, diciendo que quería cumplir su sueño de jugar en Barcelona. Era curioso para cualquiera jugador, pero sobre todo para él, acostumbrado al bajo perfil, lejos de la polémica.
Los directivos del Atlético de Madrid nunca quisieron negociar al jugador con un club competidor. En sus redes sociales -las oficiales, las del club- se tomaron a burla la oferta del Barcelona. Hicieron chistes, dijeron que ellos iban por Lamine Yamal. Demasiado liviano todo, quizá mal de época. Y luego la exposición del jugador ante los hinchas el fin de semana, esa imagen de Julián yéndose solo, alejado de sus compañeros, que sólo se vio como una forma de humillación, un modo de ablandar al jugador díscolo.

Todo se naturaliza en el fútbol bajo la idea de que los hinchas pueden hacer lo que quieran para mostrar su enojo. Porque son los que pagan y los jugadores son los que cobran. Muchas veces podrán tener sus razones pero no siempre eso se tiene que traducir en la justificación de todo. Se repite que cualquier hincha de cualquier equipo hubiera reaccionado de la forma que lo hicieron los del Atleti con Julián y es así, sin dudas, no es una cuestión de un club. ¿Pero qué hacemos con eso? Porque los dirigentes no están para replicar las broncas y los comunicadores no están (no estamos) solo para justificarlas.
Las redes sociales intensifican lo que pasa en las tribunas los días de partido. Hay dirigentes que gobiernan leyendo esas redes. Durante los últimos meses, River mantuvo separados de su plantel a quince futbolistas con el objetivo de depurar su plantel. Todavía se los llama “la banda del container” porque la precariedad del predio en el que se entrenan los hace cambiarse en contenedores. Hubo gente que, en un principio, creyó que se trataba de una metáfora. La literalidad nos va a matar a todos, pero también hay episodios que nos llevan al fin de la metáfora. Esa medida fue una sobreactuación que mereció una autocrítica del presidente de River, Stefano Di Carlo. No alcanzó -como no alcanzaron los millones en refuerzos- para cambiar el rumbo del equipo de Eduardo Coudet, que esta semana dejó de ser el entrenador.
Los dirigentes de fútbol manejan el patrimonio de un club y tienen que cuidarlo y defenderlo. Pero ese patrimonio, cuando hablamos de jugadores, es un patrimonio humano. Hay miedos, deseos, furia, dolor y tristeza. La de los futbolistas será una vida de privilegios, pero nada les quita lo humano.
Diego Simeone, que fue futbolista y es técnico, lo sabe. ¿Un entrenador no está también para cuidar a sus jugadores? ¿O solo cumplen las órdenes de la dirigencia que los contrata? “No es por dinero, es por dignidad”, dijo el CEO del Atlético de Madrid, Miguel Ángel Gil Marín, cerrándose al pase a Barcelona. Fue el mismo Atlético de Madrid -con el mismo Simeone- el que buscó a Julián cuando tenía contrato con el Manchester City. Aquella vez, Pep Guardiola lamentó que se fuera pero le allanó el camino.
Todos tienen responsabilidad. También el Barcelona, el jugador y, por supuesto, el representante, Fernando Hidalgo. Pero no toda explicación puede ser fría, de números, de contratos, de esas cláusulas millonarias que son trampas a futuro, jaulas de oro de las que puede resultar imposible escaparse.