Karp, el secuaz de Thiel

Por: Eric Calcagno

La dupla Thiel/Karp se asemejan más al tándem Videla/Martínez de Hoz, que bien conocemos en la Argentina.

“Es el relato de un supervillano”, afirmó la diputada inglesa Victoria Collins, del partido liberal demócrata. Claro, se refería a ese punteo publicado en las redes sociales por Palentir, la empresa global de control y muerte creada por Peter Thiel. Pero todo supervillano que se precie debe tener un segundo como secuaz o fiel esbirro. El Joker de Batman tiene a Harley Quinn; Pierre Nodoyuna soporta a Patán; el Senador Palpatine hizo a Darth Vader. En Argentina, imposible no evocar a Pucho, el segundo del Profesor Nerus. En este caso, Peter Thiel lo tiene a Alex Karp.

Si bien en la juventud nada debería unir a Thiel el conservador con Karp el progresista, parece que ambos tienen una fascinación por la perfección de la técnica, la infinita acumulación de dinero y la verdad verdadera. Esas cosas unen. Alex Karp es el director de Palantir Technologies. Sí, es esa empresa que fue creada en base a fondos de Estados Unidos a través de la CIA en 2004, lo que convierte a Palentir al menos en una empresa pública mixta. Maravillas del capitalismo de libre mercado. Tanto es así que la mitad de los ingresos de Palentir vienen del sector público.

Es que el manejo empresarial de Palentir comienza con un contrato, en general con una institución pública. Como mejorar los sistemas de salud en el Reino Unido durante la pandemia, por ejemplo. Una vez dentro de la organización, reconfigura las necesidades del organismo en función de los productos que vende la empresa. Igual, todos necesitan información. Así que por favor entreguen los datos, que una vez conquistados serán inaccesibles para todos, menos para la empresa. De contratista a proveedor, de único proveedor a propietario real, pues ya nada puede hacer el Estado si debe recurrir siempre a Palentir para esbozar alguna acción, por ejemplo en salud pública. Los palentirianos lo llaman land and expand. Palantir quiere reemplazar las instituciones públicas. Las coloniza. Consigue contratos. Las convierte en lo que le sirve. Para el periodista francés Olivir Tusquet “se despliega una estrategia que puede resumirse en una fórmula: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando así la soberanía de su dimensión democrática”. Diríamos que la táctica de Palantir es agarrar lo que sea y transformarlo en lo que vende, privatizar el Estado a través del algoritmo. Es una manera de tomar el poder.

Es cierto que Karp ha despertado cierto interés debido a la publicación de un punteo que pone de manifiesto las intenciones de la corporación. Aunque ya mencionados en numerosos lugares, recordemos que esos conceptos emanan de “La República Tecnológica”. Quizás por eso Oliver Tesquet lo califica como “una teoría del Estado”. Palantir no sólo vende datos, vende sentido. Cayó la Unión Soviética y sobrevino el fin de la historia. Es el momento de la victoria del neoliberalismo. Duró lo que pudo. Ahora Karp nos dice que ha llegado el final de la era atómica, y ahora es la era de la “República Tecnológica”. Siempre tiene que caer algo para que empiece otra cosa. Como en toda religión, hay un pecado original y un deber trascendente que cumplir. En un caso el error fue la justicia social, que habría de ser desmantelada para que reine el mercado. En el segundo caso la falla primigenia es que Silicon Valley ha olvidado los valores de occidente y ya es tiempo de recuperarlos y defenderlos. Para que reine la verdad algorítmica. ¿Contra quién? Bueno, contra todos los se opongan. Y contra las culturas inferiores, al decir de Karp. Racismo. Caído el “destino manifiesto” del siglo XIX, terminado “el fin de la historia”, Palantir ofrece un destino, una visión, una razón de ser. Milenarismo. Tesquet dice “Palentir es una empresa “metapolitica”, no sólo equipa al Estado, sino que forma el imaginario.” Delicias de la guerra cognitiva. La primacía del instrumento sobre el objetivo es la marca de la posmodernidad. Ahora es una determinada tecnología –y no la democracia- la que decide objetivos-ligados-a-algoritmos. Racismo, milenarismo, verdad, en cualquier momento Karp reclama los Sudetes.

Al principio evocamos a los inevitables malvados de segunda línea que siguen al supervillano. Pero estos no son criminales de comic o de película pochoclera. Son reales. Los toman en serio. Les dan contratos públicos en nombre del “monopolio creativo”. Siembran inseguridad para vender control; apelan a amenazas existenciales para vender represión; nos embarcan en una guerra de occidente que no es nuestra para cobrar muerte. En ese sentido la dupla Thiel/Karp se asemejan más al tándem Videla/Martínez de Hoz, que bien conocemos en la Argentina, tanto por los objetivos que buscan, los métodos que emplean, como por los resultados que consiguen.

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