Leandro Katz recorre América Latina desde los ‘60 con su ojo descolonial, de vanguardia, y retrata ruinas arqueológicas mayas. A la par, se embebe de la contracultura estadounidense y del arte conceptual. Hará de su obra fotográfica y fílmica una indagación sobre lo ancestral, y es lo que refleja Leandro Katz. La noche y las palabras, en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA): la primera exposición antológica del artista argentino con instalaciones, fotografías, grabados y películas de diversas series. ¿Qué visiones en torno a Katz buscaron desplegar?
Así lo presenta Andrés Duprat, el director del MNBA: “La muestra reúne una amplia selección de los trabajos realizados por este artista de gran originalidad y proyección internacional que residió, entre 1965 y 2006, en Nueva York. Desde allí, Katz fue configurando un cuerpo de obra vinculado tanto con la contracultura y el arte conceptual como con diversas tradiciones y problemáticas latinoamericanas”. Investigación académica, antropología, fotografía y textos impresos: todo fluye en la obra de Katz.
En sus viajes por Argentina y Centroamérica, el cineasta, artista visual y escritor “se acercó a cosmovisiones y sistemas de representación de los antiguos pueblos americanos, saberes que integró en exploraciones estéticas orientadas a registrar fenómenos visuales y lingüísticos”. Es lo que refleja la muestra en el primer piso del MNBA: “La producción de Katz puede leerse como el gesto de recuperar lo que se pierde cuando la historia latinoamericana se piensa desde afuera”, dice Duprat.
Hay algo central en Katz: “Durante esos años, desarrolló su producción poética y se dedicó a la traducción literaria, principalmente de poesía estadounidense. Esta operación, central en su práctica, genera corrimientos de sentido y expone las fricciones entre el punto de partida y el de llegada, tensiones desde las que es posible crear algo nuevo. Katz recurre a esta estrategia en las series ‘Alfabeto lunar’ o ‘Columnas del lenguaje’. El resultado: alfabetos construidos sobre las fases de la Luna o monumentos arquitectónicos realizados con papel y, en sus propias palabras, con ‘acumulaciones de lenguaje humano’”.

Como apuntan los curadores, Francisco Lemus y Mariana Marchesi, “entre la década de 1970 y los primeros años 2000, Katz volvió una y otra vez a ciudades y sitios arqueológicos, en especial a las zonas mayas de Guatemala, para investigarlos, fotografiarlos y confrontar el registro histórico con la experiencia directa”. En ese giro “hubo una decisión que anticipó debates que tardarían décadas en volverse urgentes: cuestionar la modernidad eurocéntrica, valorar la diversidad cultural, denunciar las lógicas extractivistas impuestas por el colonialismo”.
La naturaleza de Leandro Katz
En ese recorrido “la naturaleza fue siempre un campo de conocimiento. La observación de las fases lunares, los ciclos del cielo y los ritmos del mundo natural se convirtieron en materia de trabajo, en un lenguaje anterior a cualquier escritura humana”. ¿Cómo lo ve Francisco Lemus en su rol de curador? “Lo que fascina de él es que, es que a diferencia de otros artistas de los años ‘60, que tienen una formación en artes visuales, la formación de Leandro Katz es bien diferente y tiene que ver con el desarrollo de la literatura en América Latina”.
Katz integró el mítico grupo de la revista Airón, de la Facultad de Filosofía y Letras, entre 1960 y 1965, “y a partir de esa publicación, pero también de las lecturas y de su vínculo con diferentes grupos beat, empieza a viajar por América Latina -cuenta Lemus-, desde el NOA hasta Centroamérica, y de ahí se radica en Estados Unidos”. Y a medida que viaja “va integrando diferentes redes literarias y de poesía, vinculándose con profesores universitarios, con intelectuales, imprimiendo sus libros y plaquetas en los talleres gráficos, que estaban dentro de esas universidades”.
Es un trayecto muy diferente al de otros artistas argentinos de la misma generación: “En ese viaje iniciático -sigue Lemus- va conociendo el territorio latinoamericano y las culturas ancestrales, sobre todo las ruinas mayas, y cuando llega a Estados Unidos en 1965 empieza a recopilar su material y a hacer sus grandes obras, como Proyecto Catherwood, Paradox, o El día que me quieras: son obras que tienen un componente muy fuerte de investigación histórica, pero también de literatura y de los saberes sobre la América Precolombina”.

De hecho, Leandro Katz no se define como un artista conceptual, sino como “un investigador”. Lo motivan “sus diferentes reflexiones sobre el tiempo, el lenguaje y la naturaleza”, dice el curador. Y a partir de la cultura maya “va a empezar a interesarse por desarrollar diferentes alfabetos, que son formas de aprender el mundo”. Pero Leandro Katz no explora los sitios arqueológicos turísticos más protegidos, sino “otros en estado más salvaje, y eso va a ser un antes y un después en su vida”, sabe Francisco Lemus.
Y, en paralelo, “va encontrando las fisuras del colonialismo o de la explotación colonial y los contrastes que se empiezan a generar entre, por ejemplo, una obra como Paradox, que es donde se confronta la industria bananera con el cuidado de un sitio arqueológico. También Katz hace una gran cita y homenaje a la novela La vorágine (1924), del colombiano José Eustasio Rivera, que denuncia la matanza de indígenas durante la fiebre del caucho”. Así, “Katz va teniendo un conocimiento de las formas antiquísimas de explotación”.
A la par, la observación de la naturaleza -las fases lunares, los ciclos del cielo, los ritmos del mundo agreste- son esenciales en la producción fotográfica y fílmica de Katz: “Él va teniendo un interés en la concepción del tiempo y cómo se puede medir en la naturaleza en un camino, en una cascada, en el paso de una nube detrás de una palmera o en una persona corriendo”. Pero a partir de los años ‘70 sofisticará sus herramientas y técnicas para “generar experimentos con los cuales abrazar esos segundos de tiempo a través de la fotografía y del cine”.
En la muestra lo reflejan al proyectar su película Moonshots, de 1976, en el que Katz filma las diferentes posiciones de la luna en la terraza de su estudio en New York. “Y en las fotografías nocturnas del Proyecto Catherwood él desarrolla una serie de ejercicios o experimentos fotográficos para poder representar y fotografiar unas grandes ruinas en la noche”, cuenta Lemus. Así, “experimentar con recursos tecnológicos es constante en Katz”. En tanto, la curación compartida con Mariana Marchesi implicó “ver los archivos, acercarse a sus fotografías, captar los videos y leer la bibliografía que hay sobre Katz”.

Y así buscaron concentrarse en “mostrar aquellos proyectos que son el antes y el después en su obra, como El día que me quieras, Proyecto Catherwood o Los alfabetos lunares”. En esta exposición de carácter antológico “tratamos reflejar de la manera más pedagógica, pero también bella, esos proyectos”, dice Lemus. Además se exhiben composiciones fotográficas de los ‘70 como “Un viaje en canoa”, “Veinte segundos en la vida de una palmera” o “La caída”, y las películas Estación Los Ángeles (1970) -ópera prima de Katz-, Notas lunares (1980), La ventana de Judas (1982) y Paradox (2001).
También se presenta la instalación “Proyecto para El día que me quieras – Versión I con cámara emplumada” (1990), que Katz donó al Bellas Artes al recibir el Premio Nacional a la Trayectoria Artística en 2020/2021. La exposición puede visitarse de martes a viernes de 11 a 19.30 y los sábados y domingos de 10 a 19.30. ¿Qué siente Lemus ahora? “Katz se preocupó por la ecología, los recursos naturales, la preservación de la memoria cultural y los pueblos originarios. Todas estas cuestiones, que hoy forman parte de las preocupaciones del mundo del arte, en la obra de Katz se presentaron desde el momento cero. Por eso fue un pionero”.