De eso se tratan los tres cuentos de su libro "Niño", escritos con una prosa llana y naturalista, en cuyo centro la nostalgia y la angustia se entreveran con aspereza.

Quienes conozca a Kitano por la parte más popular de su obra, la que realizó como director de cine, quizás encuentren ambas cosas contradictorias. ¿Acaso es posible que el cineasta responsable de películas como Sonatine (1993), Zatoichi (2003), o la saga Outrage, en las que la violencia ocupa un lugar central, sea el mismo que realiza un delicado acercamiento a la infancia a través de historias simples y emotivas? ¿Y por qué no?
Exponente moderno del artista total, en Kitano el cineasta y el escritor conviven con el humorista, el actor y hasta diseñador de videojuegos: está claro que el reto de recrear el espíritu de la niñez en menos de 100 páginas está hecho a su medida. Así lo demuestran los tres cuentos largos de Niño, escritos con una prosa llana y más bien naturalista, en cuyo centro la nostalgia y la angustia se entreveran con aspereza.
Como en sus películas, en los cuentos Kitano también se permite echar mano de sentimientos en apariencia contradictorias, como la inocencia y la violencia o el humor y la tristeza. Así le da forma a un ovillo emocional en el que, como en la infancia, todo se vive a flor de piel y donde todos esos elementos no son más que distintas versiones de la misma cosa.
Si bien están escritos en pasado, el tiempo de la memoria, el primer cuento es el único narrado en primera persona para poner en escena los recuerdos del protagonista. El cuento se titula “El campeón del kimono enguatado” y comienza con un hombre que ya ha pasado sus treinta describiendo un encuentro con su hermano mayor, con quien cada tanto se junta a comer y a tomar algo. En uno de esos encuentros, el mayor propone ir un día a jugar al golf juntos, y esa sola invitación se lleva los pensamientos del protagonista hacia un momento concreto de la infancia compartida en casa de sus padres y a una jornada especial en la escuela: el Día de los Deportes.
Kitano describe con fidelidad tanto la atmósfera escolar de la posguerra, como la dinámica familiar en un Japón que empezaba a reconstruirse, tras haber perdido la inocencia de la peor forma posible. Aunque, por supuesto, el cuento incluye pinceladas de la crueldad natural de los niños, la atmósfera general del cuento es de esa clase añoranza que suele animar afirmaciones temerarias del tipo “todo tiempo pasado fue mejor”, aunque eso no necesariamente sea verdad.
Para confirmarlo, nada mejor que “Nido de estrellas”, el segundo cuento, cuyos protagonistas también son dos hermanos en edad escolar, que acaban de mudarse con su madre a Osaka, tras la muerte del padre. Los chicos tienen un pequeño telescopio con el que el papá solía enseñarles sobre estrellas y constelaciones, y ellos se aferran a ese objeto que les permite conjurar su ausencia. Tan vívido en su descripción de la niñez como el anterior, este cuento sin embargo está atravesado por la sombra de la pérdida, que no tardará en revelarse como la punta de un iceberg emotivo que se encuentra en las antípodas de la luminosidad del primer texto.
El protagonista del último cuento, “Okamesán”, es el mayor de todos los chicos del libro. Ichiro es un adolescente que cursa los últimos años de la escuela secundaria, quien viaja solo hasta Kioto para completar una investigación para la clase de historia. El cuento relata los hechos que ocurren durante esa noche y el día posterior que el protagonista pasa en la ciudad.
Si los dos cuentos anteriores recuerdan el espíritu de los Cuentos de Irlandeses de Rodolfo Walsh, este último se parece más al de El guardian entre el centeno, de J. D. Salinger. Como Holden Caufield, pero más inocente, el protagonista se enfrenta al mundo por primera vez solo y debe aprender a moverse en él, descubriendo que el miedo y el amor pueden tener una intensidad que hasta ahora no conocía. El cierre perfecto para uno de esos libros en los que dan ganas de quedarse a vivir.
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