Impulsada por Estados Unidos para poner un pie en los Balcanes, el 17 de febrero de 2008 la Asamblea de Kosovo se declaró independiente de Serbia sin que existiera un identidad nacional como sí existe en Kurdistan, Cataluña o Palestina.
El 17 de febrero de 2008 la Asamblea de Kosovo se declaró independiente de la República de Serbia. Habían pasado casi diez años desde el comienzo de la guerra y nueve desde los bombardeos de la OTAN en la por entonces Yugoslavia de Slobodan Milosevic. El territorio era aún una provincia autónoma pero estaba bajo administración internacional, en parte de las Naciones Unidas y en parte de la misma OTAN. La situación no era ideal pero ya no había enfrentamientos constantes entre la amplia mayoría de la población de etnia albanesa, que hoy representa casi un 95%, y la minoría serbia. No hubo referéndum, tan sólo una declaración unilateral que rápidamente fue reconocida por buena parte de occidente y apoyada especialmente por Estados Unidos. Hoy las dos avenidas principales de Prístina, la capital, honran a los presidentes Bill Clinton y George Bush.
Son 111 los países que reconocen a la República de Kosovo, es miembro de la FIFA pero no de la ONU ni de la UNESCO. Aún así para casi la mitad del planeta sigue formando parte de Serbia y la razón esgrimida es que un territorio no puede declararse independiente en forma unilateral, así sin más. Entran en juego aquí los secesionismos internos, es así entonces que por ejemplo a China le resulta imposible reconocer a Kosovo sin abrirle la puerta a la autodeterminación de Taiwán o Tíbet; España debe lidiar con el caso de Cataluña o el País Vasco; Israel tiene a Palestina; Rusia, a Chechenia. La pregunta que cabe hacerse entonces es por qué Kosovo sí recibió apoyo de occidente y otros territorios que también declararon unilateralmente su independencia no. Los casos son numerosos pero quizás el que más ha resonado en los últimos años sea el de Crimea, que se declaró independiente de Ucrania en 2014 tan sólo para solicitar la anexión a Rusia pocos días más tarde.
Para 2008 la infraestructura en Kosovo era paupérrima, la situación económica era aún peor, los únicos recursos eran minerales (particularmente lignito), no había industria y no existía nada parecido a una identidad nacional, como sí existe, por ejemplo, en Kurdistán. Milosevic, constituido durante los 90 como uno de los enemigos favoritos de occidente, ya había muerto y no se vislumbraban nuevos conflictos de envergadura en los Balcanes. La excusa para defender un proceso al menos irregular fueron entonces los intentos de limpieza étnica por parte del gobierno yugoslavo, pero eso había terminado con la guerra, mientras que en otros estados no reconocidos los conflictos continuaron y continúan hasta hoy.
Apoyar la independencia de Kosovo le significó a Estados Unidos la gran oportunidad de plantar bandera en la región. Y el plan resultó tan bien que aún opera allí Camp Bondsteel, una de las bases militares estadounidenses más grandes en el extranjero, inaugurada en 1999. Los edificios públicos exhiben la bandera norteamericana y, según Gallup, Kosovo tiene los mayores niveles de imagen positiva de Estados Unidos en todo el planeta.
La Constitución Nacional estableció artificialmente que el nuevo país sería multiétnico y tendría dos lenguas oficiales, pese a la abrumadora mayoría de población albanesa. La idea era clara: debía permanecer independiente y controlable, y debía descartarse por completo cualquier intento de integración con la vecina República de Albania. Siguió la constante inserción de efectivo por parte de occidente en un país que ni siquiera cuenta con moneda propia y cuyo desempleo ronda el 30 por ciento. Y también fue necesario obviar que los más importantes políticos, incluyendo a los actuales Presidente y Primer Ministro, hubieran sido líderes del Ejército de Liberación de Kosovo, una agrupación que el mismo gobierno estadounidense consideró terrorista en los 90. Pero lo más importante fue negar hasta el hartazgo que la declaración de independencia pudiera sentar un precedente a nivel internacional.
Las negociaciones entre Kosovo y Serbia auspiciadas por la Unión Europea han tenido algunos avances importantes en la última década, pero el reconocimiento aún está lejos. Como en el caso de los colonos judíos en Cisjordania, los serbios del norte de Kosovo constituyen un desafío que por ahora parece infranqueable a la hora de alcanzar acuerdos. Tampoco ayudan las importantes dificultades económicas en la que fue la región más pobre de Yugoslavia y mucho menos la perenne y marcada presencia e influencia de la OTAN y la UE. La década transcurrida tan sólo ha logrado demostrar que Kosovo no es ni puede ser mucho más que un protectorado o una suerte de neocolonia en donde poco importa el bienestar de los habitantes y sólo importa la utilidad del territorio.
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