La certeza de la derrota se cierne en ese rincón ucraniano perteneciente al óblast de Járkov. Una realidad que se replica en exhaustas poblaciones mientras el avance militar ruso es inexorable.

Su razonamiento, sin embargo, choca con el terreno, con una franja que conecta Járkov con el Donbás y donde cada reporte, refleja algo más que cifras: exhibe un montaje donde la desinformación, la terquedad y el terror rozan la irracionalidad. Las bajas civiles, la honra mancillada y la incertidumbre sobre el destino de miles de combatientes cercados conforman el telón. Ucrania se acerca a perder Kupyansk, junto al río Oskil, que alguna vez albergó casi 90.000 almas y ahora apenas sostiene a 1.200.
¿Qué motivación tendría Rusia para frenar ahora, mientras avanza? Lena tropieza con la evidencia. Es la reacción de un habitante corriente que asimila reportes occidentales y sufre la ruina que conduce a la desesperación. Oleg, vendedor ambulante con artilugios adornados por su bandera ucraniana, exhibe la lucha para que los germanos sientan parte de un combate por la libertad, mientras los socios mayoritarios de la Unión Europea hipotecan a varias generaciones de connacionales con la venta de armamento.
DOS. “Estados Unidos debe intervenir con tropas ya”, insiste Lena, ilusión que la historia desmiente: ni en la Guerra Fría surgió un choque frontal entre Washington y Moscú, que siempre proveyeron armamento y respaldo a terceros, desde vietnamitas del norte y sur hasta los afganos. “Ahora es distinto”, repite Oleg, como si esa letanía convocara divisiones fantasmales capaces de alterar un conflicto donde la marcha de Perséfone anticipa el rigor de Hades en el inminente invierno sobre girasoles. En pocas semanas, la nieve cubrirá campos mientras estallidos y detonaciones mezclan sus ecos con festividades ausentes.
Curiosamente, a unas cuadras del puesto de Oleg se erige aún la Hofbräuhaus de Múnich, donde se fundó el partido Nazi en 1920. Ahí un líder hizo un cálculo erróneo y llevó su pueblo a la destrucción masiva por un ideal étnico y patriótico. Hasta en los últimos días de Hitler, muchos de esos seguidores continuaban confiados en que su Führer sacaría un Ancho de Espadas. Sobrevuela la idea de algoritmos en drones potenciados que matan brigadas, algo sugerido por Fedorov, el Ministro de Transformación Digital ucraniano. Un plan que, supuestamente, no aprueba nadie por las convenciones como las de las bombas de racimo.
Mientras Kupyansk se desangra, el 6 de noviembre marcó 82 años de la liberación de Kiev, tras 800 días de ocupación nazi bajo la sombra severa del general Nikolay Vatutin. Solo con su llegada emergió la extensión del horror en Babyn Yar: 33.771 judíos asesinados en 48 horas, cada muerte medida con la precisión que solo las SS y la policía ucraniana, saturada de ultranacionalistas leales a Stepan Bandera, pudieron ejecutar. Hoy, Babyn Yar guarda memoria de más de 100 mil víctimas, mientras discípulos de Bandera se reúnen para escupir odio y ostentar cruces gamadas. En contraste, el monumento a Vatutin, erigido en 1948, cayó en 2023 bajo la limpieza de símbolos rusos dictada por Zelensky.
En Ucrania, los números se vuelven insoportables. El avance militar deja a la población exhausta, vulnerable, atrapada por reclutamientos obligatorios que atraviesan fronteras permeables y despiertan el ojo vigilante de Viktor Orban, quien clama atención tras el fracaso de la segunda cumbre Putin-Trump. El Ministro de Defensa de Estonia, Pevkur, sugiere la inclusión de Ucrania en la OTAN, imaginando “una fuerza entrenada de 800.000 soldados” en la nueva línea que divide unos de otros. Si esa cifra es real, ¿cuántas vidas deben derramarse antes de detener las armas?
La ley ucraniana moviliza hombres entre 27 y 60 años y exige voluntarios de 18 a 26, obligando a entrenamientos acelerados que el tiempo y los recursos apenas sostienen. Centenares de miles huyen, en un éxodo silencioso, mientras Oleg y Lena, sin hijos, admiten que la ausencia de herederos les haría mirar el frente con otra lógica, con otra pena, más allá del mantra que repite que Europa debe parar ahora a Rusia “antes de que caiga toda la UE”. Para 2026, Kiev proyecta reclutar 150.000 soldados más. Sobre 20 millones de habitantes, el máximo teórico de hombres movilizables ronda menos de la mitad. Entrenarlos, equiparlos, sostenerlos es un desafío imposible que se despliega mientras la guerra devora la vida cotidiana y convierte a los números en carne y en ceniza. Entre otros, sobre el argentino Bettiga que combate del otro lado (ver aparte).
Al final, los mapas se llenan de cifras y nombres, pero ninguna estadística puede abrazar el vacío que deja una persona que no regresa al hogar . «
Hasta el cierre de esta nota, no hay noticias de Dante Gianni Bettiga. Joven fueguino, estudiante en Ekaterimburgo, firmó su reclutamiento en el ejército ruso en febrero pasado, aparentemente engañado por unos brasileños. Desde entonces, su nombre se disuelve en la niebla de la guerra. Su última ubicación conocida: Kupyansk, en el 121.º Regimiento de la 68.ª División de Fusileros Motorizados. Integra tres batallones y unidades de apoyo: artillería, tanques, defensa aérea, ingenieros y operadores de drones de ataque. Combina blindados, morteros de 82 y 120 mm, lanzagranadas, sistemas antitanque y drones FPV. Entre mayo y noviembre de 2025, la unidad capturó Radkovka, Kondrashovka y posiciones estratégicas cercanas a Kupyansk. A inicios de noviembre, su destacamento Lavrik, liberó 25 edificios en un solo día y avanza por la ribera derecha del Oskil, con la expectativa de tomar la ciudad entera esta semana. Su familia, desde Ushuaia, exigió la baja inmediata de Dante: él envió mensajes desde el frente en octubre.
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