
El miércoles a las 20:56 un sector de la población sintió un soplo de aire en su agobio, cuando el presidente reapareció e impuso medidas sanitarias, algunas incluso ninguneadas desde su propio gabinete, pero pedidas a gritos desde los sectores más sacrificados ante la pandemia y, ni qué hablar, desde el ámbito científico serio, del palo del que provenga. Con argumentos que desbaratan cualquier absurdo negacionismo.
Diez días con recurrentes records de contagios. Más de 25 mil nuevos casos de promedio, el doble que en lo peor del primer pico. Arriba de 300 muertes diarias. Sanitaristas extenuados, demostrando colapsos. Privadas al límite. Camillas con internados por los pasillos en el Hospital Fernández. La muchedumbre viajando como sardinas en el tren. Las balas pican cerca: se replican los casos de gente, a nuestro lado, atravesada por el Covid.
No alcanza: se llegó a comparar a las aulas con bares o los shopping; se volvió a hablar de colegios como recipientes de pibes. Se lucró con su llanto: se argumentó que lloran por no ir al cole pero no porque se mueren sus abuelos. ¿En qué mundo paradisíaco viven? ¿No es suficiente lo que ocurre para disimular su afición por discusiones que se abstraen de la verdad, por el chamuyo, la hipocresía, la ley del mercado?
En el medio, un discurso: “No hay Estado en el mundo que pueda controlar la conducta de todos sus ciudadanos”. O sea: toda medida es insuficiente si la gente no toma conciencia. El 22% de anticuarentenas produce mucho más ruido (¿porque viven en el AMBA?) que más del 75 que reconoce la necesidad impostergable de medidas sanitarias. No se trata de llegar al extremo del sarcasmo: cacerolas o respiradores; ahogarse o respirar.
Este gobierno fue elegido para contribuir a la construcción de un Estado inclusivo, con clara visión humanista. Que mantenga sin cortapisas, ante la menor encrucijada, la postura de que la salud se prioriza a la economía. Fue el sentido del voto mayoritario, del apoyo popular. Por eso, generaron inquietudes las demoras, las cavilaciones, “estamos estudiando nuevas medidas”, algún inmovilismo. Causaban un estupor que de algún modo se disipó el miércoles a las 20:56, cuando al fin se tomó decisiones con autoridad.
Ni qué hablar cuando el gobernador bonaerense disertó largo, claro y preciso, en el saludable borde del estallido personal ante la monumental hipocresía del maniqueo doble discurso larreteano. A él no le mandaron al periodista de LN+ a tirarle centros en la última pregunta, como ocurrió con ambas conferencias en la CABA. Son muy obvios.
El altísimo acatamiento posterior tal vez dé buena cuenta de ello y sea un símbolo, un paliativo a la preocupación sobre que el gobierno no dispusiera poder suficiente (la convicción, se descuenta) para imponer restricciones como cerrar una hora más o menos los bares. Otra piedra, tal vez más filosa por sus implicancias que las generadas con Vicentin, Cablevisión y otros. Un dolor asociado a la sensación de una nueva batalla perdida. ¿Por qué la defensa de la vida debe convertirse en una batalla encarnizada? Ocurre en España, Brasil, EE UU, en otras partes. Pero no ocurre en una amplia mayoría, más allá del color político que dirija el país. Se trata, por consecuencia, de una batalla con raíces profundamente culturales.
Un ejemplo representativo, eje fundamental, lo expone la perspectiva de la profesión de quien esto escribe, quien advierte el riesgo de razonar con el peso de su edad, pero también que la experiencia es ilustración, sapiencia, que enriquece la mirada.
Entonces, la certidumbre pasa por lo perturbador, por la insondable repugnancia ante la recurrente postura de afirmar cualquier estupidez o maldad con total desparpajo. ¿No es hora de reclamarle una mínima ética profesional a una parva de comunicadores que se pasan esas cuestiones por el forro, en complicidad con un amplio sector de la sociedad que se alimenta intelectualmente de ellos y los consiente? Son los que predican libertad y cometen libertinaje. Mejor no piensan en el sutil cruce entre esos conceptos, abiertamente pisoteados y que excede incluso a los Mauro Viale (la muerte, lamentable siempre, no debería brindar argumentos para mejorar a los muertos que en vida fueron lo que fueron), los Gelblung, los Feinmann, los Lanata, y tantos otros, ni que hablar de la Canosa, gentuza sin escrúpulos asociada ideológicamente a un periodismo que, de mano de un sector político ignominioso, ejerce una actitud lindante a lo criminal. La vergonzosa frase en el periodismo de que “la verdad no impida una buena nota” quedó reducida a una niñería con estos personeros del embuste y del rating.
La concepción de aquella Ley de Medios, que no porque sí, tuvo la más desbordante oposición del poder real y que Macri se apuró a desterrar de la faz de la tierra, también tenía como razón generar herramientas para limitar irresponsabilidades. Entre lo que se dice, se replica, se reproduce y en mínimas ocasiones se resarce, el daño es irreparable. ¿Una ley mordaza? Mejor volvamos a las diferencias conceptuales concretas: libertad o libertinaje, información o criminalidad, rigurosidad o apología del delito
Un servicio público o la transacción vil con el poder fáctico que se lleva todo puesto.
Salvo una mínima porción, todo es de ellos. Incluso lo que consiguieron bajo tormento. Pero la concentración de los medios no es tema que desvele al actual gobierno, aun cuando le juega en contra, incluso frente a su proverbial vocación de diálogo. La balanza está cruelmente desequilibrada ahí donde el Estado llega tarde y con cebitas.
Y para despedirnos, un tema emblemático que significaría otra definitiva derrota cultural: olvidar que tanto pibe, ni esta semana ni otras, no va al colegio, no por la restricción a la presencialidad sino porque siquiera tiene para cubrir necesidades elementales. En Argentina, las chicas y chicos pobres son 8,3 millones. Ante eso, ni olvido ni perdón.
Pero no es lo que enfervoriza al gobierno porteño, ni a la oposición ni a su patético jefe político. Ni a la prensa adicta. Ni a tanto negacionista irracional, egoísta, insensible, cuyo ruido sordo hace recordar al golpeteo a las puertas de los cuarteles. Lo dijo Fernando Borroni: “Sus cacerolas no son otra cosa que la reivindicación de nuestras convicciones”
“Hacen faltar a los pibes para irse a esquiar, a Disney o al Mundial. Pero diez días de zoom es insostenible», dice un meme. No es joda. Son tipos que, como dice el Nano, “van a cagar a casa de otra gente”. Sí, claro, la grieta existe, y más aún en estos tiempos poco propicios para tibios. Entre esos tipos y yo hay algo personal.
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