La Casa Blanca es mía, mía, mía

Por: Gabriel Puricelli

Una expresión popular del habla de los estadounidenses compara la perplejidad o la sorpresa que asaltan a una persona con lo que le sucede a un ciervo encandilado por las luces de un auto. Like a deer in the headlights, así están los oponentes de Trump desde que arrasara en las elecciones internas del Partido Republicano en 2016. Así siguen estando frente al presidente cuando faltan 37 días para las elecciones. ¿Y cómo no estarlo? Donald Trump está dispuesto a radicalizarse todo lo que convenga a sus ambiciones personales y propone una dinámica que demanda acciones proporcionales que Joe Biden y el Partido Demócrata no están (siguen sin estar) preparados para encarar.

Los últimos guantes lanzados han sido la negativa a prometer que aceptará pacíficamente un cambio de gobierno y la aceleración vertiginosa del proceso para reemplazar en la Corte Suprema de Justicia a Ruth Bader Ginsburg, sin esperar siquiera a que terminen las exequias en honor de ésta. Respecto de lo primero, logró demostrar una vez más que tiene a los republicanos en un puño: ninguno en el partido lo contradijo. En cuanto a reemplazar con una jueza ultraconservadora a la portaestandarte progresista, la esperanza de que cuatro senadores republicanos (los necesarios para dejar a Trump sin mayoría en la cámara alta) tuvieran un sobresalto de responsabilidad institucional para obligar a una postergación se desvaneció en cuestión de horas.

Trump juega al juego que mejor juega: el bullying. ¿Qué puede responder Biden cuando el presidente dice que el último deseo de la jueza Bader Ginsburg es en realidad una mentira puesta a circular por los líderes demócratas del Congreso, Nancy Pelosi y Chuck Schumer? Trump se ha cansado de demostrar que el que nomina, domina: todos sus adversarios tienen apodos que todos repetimos mentalmente cuando pensamos en ellos: Crooked Hillary, Sleepy Joe, Crazy Bernie…

Con todo, habiendo impuesto reglas de juego con las que sus contrincantes no saben jugar, Trump no es el ganador más probable. No. Su portento es que todavía es posible que gane. Que tras 200.000 muertos por COVID-19 sus chances se hayan deteriorado pero no esfumado da la medida de su eficacia. Sin pandemia y con Biden enfrente cabe imaginar que su reelección estaba casi asegurada.

Las derechas se deshicieron del complejo de que la virtud era un requisito de la política y que, por lo tanto, había que (al menos) esforzarse en simularla. De Bolsonaro a Vox, de Polonia a la India, allí donde vemos líderes con parecidos de familia con Trump, vemos que se han desembarazado de la mochila de tener que representar a algo más que a una parcialidad. Una política de la identidad llevada al extremo alcanza para representar a tantos (casi nunca una mayoría) como sea requisito para mantenerse en el gobierno.

Los demócratas se tranquilizan consumiendo encuestas. Biden tiene más apoyo que el que tenía Hillary a esta altura de la campaña en 2016 y es favorito en los estados que volcaron el colegio electoral en favor de Trump hace cuatro años. Hay menos indecisos (casi no hay) que los que había en 2016 y se decantaron en el último instante por Trump. Contrariamente a lo que se ha impuesto como relato, las encuestas no fallaron hace cuatro años: se equivocaron quienes supusieron sin fundamento que los indecisos se iban a repartir entre los dos candidatos en proporción igual a la de los que ya estaban decididos.

Todo indica que esta vez para el Partido Demócrata puede no ser suficiente ganar el colegio electoral. Enfrente está un hombre que ni siquiera aceptó los resultados que lo hicieron presidente en 2016 y que sigue sosteniendo que los tres millones de votos más que obtuvo Hillary fueron fruto de un fraude. Si hubiera perdido hace cuatro años, se hubiera tenido que volver a su casa. Hoy ocupa la Casa Blanca: ¿dónde está el Jedi que lo desaloje?

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.

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