«La mano que da es la mano que recibe. El dinero no tiene patria, los financieros carecen de patriotismo y decencia, su único objetivo es el lucro», Napoleón Bonaparte

El Sistema Internacional de Cooperación al Desarrollo atraviesa hoy su momento más crítico desde su concepción en la posguerra. No se trata solo de una cuestión de fondos, aunque la caída histórica del 23,1% en la Ayuda Oficial al Desarrollo en 2025, traccionada principalmente por potencias como EE UU, Alemania y Japón, es una señal de alerta roja.

Estamos ante una crisis de legitimidad que nos obliga a repensar si las herramientas del siglo XX sirven para un mundo que ya no es bipolar, sino un entramado complejo de interdependencias y desigualdades estructurales. Para entender dónde estamos parados, debemos recordar de dónde venimos. La cooperación moderna nació con el Plan Marshall, no solo como un gesto de solidaridad, sino como un dispositivo para que Estados Unidos exportara capital y frenara el avance del comunismo durante la Guerra Fría.  Tal vez a eso se refería D. Trump en el Foro de Davos (enero 2026) cuando dijo “si no fuera por nosotros Europa estaría hablando alemán”.

En 1948, la ayuda era un modelo vertical, asistencialista y profundamente asimétrico. Un Norte detentor de recursos auxiliaba a una Europa devastada y a un Sur empobrecido. En décadas pasadas, el flujo de ayuda de las potencias era a veces inversamente proporcional al respeto de los derechos humanos, privilegiando la estabilidad política y comercial sobre la dignidad humana.  Sin embargo, el mundo cambió.

El fin de la Guerra Fría erosionó el estado-centrismo, dando paso a una pluralidad de actores como ONGD, universidades, empresas y, fundamentalmente, gobiernos locales en lo que hoy llamamos cooperación descentralizada. América Latina, por ejemplo, ha pasado de ser un mero receptor a articular diálogos entre iguales y procesos de Cooperación Sur-Sur. Casos como el de Brasil, que invierte más de 1000 millones de dólares anuales en transferencia técnica, o el intercambio entre Belo Horizonte y Namibia en seguridad alimentaria por ejemplo, demuestran que el conocimiento y la solución a los problemas territoriales ya no viajan en una sola dirección.

Uno de los debates más urgentes es el de la graduación. El sistema tradicional, basado en el Banco Mundial y su método Atlas, que reduce el impacto de las fluctuaciones bruscas de la moneda, deja de brindar ayuda a los países cuando superan ciertos niveles de PIB per cápita. Pero esta visión es miope porque países de ingreso medio, como muchos en nuestra región, enfrentan trampas de desarrollo, como brechas estructurales en productividad, desigualdad y vulnerabilidades que el solo el crecimiento económico no resuelve. Por eso, surge con fuerza el paradigma del Desarrollo en Transición, que propone sustituir la graduación por una gradación  entendida como alianzas flexibles y multidimensionales que no abandonen a los países por un éxito estadístico superficial.

En este nuevo escenario, la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible actúan como una brújula sistémica que supera la medición unidimensional del ingreso. Ya no hablamos solo de pobreza, sino de una triple transición social, económica y ecológica. España ha renovado su marco legal con el compromiso de alcanzar el 0,7% de su renta nacional bruta para 2030, enfocándose en un modelo que aborde explícitamente el feminismo y la ecología. La meta es que la digitalización y la descarbonización no generen nuevas brechas, sino que sean motores de inclusión.

La gobernabilidad también ha tomado un nuevo rumbo. Ya no se trata solo de instituciones fuertes en las capitales, sino de una gobernanza de proximidad. Los gobiernos provinciales / locales son hoy los responsables directos de servicios esenciales como el agua, la salud y la educación, lo que los convierte en actores clave para los proyectos de reducción de la pobreza y de garantía de derechos. Proyectos como la Alianza Euro-Latinoamericana de Cooperación Cooperativa Internacional entre Ciudades (AL-LAs) han demostrado que, además de marcar un hito en la  para-diplomacia, también transformaron las dinámicas de poder tradicionales y consolidaron la cooperación descentralizada horizontal, siendo laboratorios de innovación internacional, rompiendo el paradigma vertical de donante-beneficiario hacia una fórmula de beneficio mutuo.

El panorama actual de esta disciplina no es sencillo. Enfrentamos crisis crónicas y un número récord de desplazamientos forzosos. Aquí es donde el enfoque del triple nexo se vuelve vital porque no podemos separar “la acción humanitaria de emergencia del desarrollo sostenible y la construcción de la paz” No basta con enviar comida en una crisis; hay que fortalecer las capacidades locales para que la población no dependa eternamente de la ayuda y abordar sus causales. Sin embargo, es difícil creer que mientras el 17% de la población mundial concentre el 49% el PBI del planeta y la ayuda o las donaciones provengan de instituciones egoístas como las empresas multinacionales y los centros de poder financiero, la ayuda al desarrollo deje de ser un brazo más del neocolonialismo.  

La cooperación al desarrollo debe dejar de ser una herramienta de política exterior, para pasar de la subordinación y paternalismo al liderazgo local, donde las comunidades definan sus propias agendas.  Solo a través de una gradación justa, un enfoque de brechas estructurales y un multilateralismo dinámico que incluya a nuevos polos de poder como los BRICS+ o los CIVETS (Colombia, Indonesia, Vietnam, Turquía y Sudáfrica), podremos enfrentar los riesgos sistémicos de las emergencias y la desigualdad. «