Se juzgan a 17 represores, entre ellos Miguel Etchecolatz, por los crímenes de lesa humanidad cometidos contra casi 500 personas, alojadas en tres excentros de cautiverio.

Ana Soleadad Rodríguez Futulis, hija de Laura Inés Futulis y Miguel Eduardo Rodríguez, fue la primera en declarar. Ellos fueron secuestrados en 6 junio de 1977 y estuvieron detenidos en Pozo de Banfield y Brigada de investigaciones de San Justo, donde compartieron cautiverio con Gustavo Antonio Lavalle y Mónica María Lemos, embarazada de ocho meses. Mónica Lemos fue llevada al pozo de Banfield a principios de septiembre de 1977, donde dio a luz a su segunda hija, María José, quien fue restituida en 1987 por Abuelas de Plaza de Mayo.
Ellos fueron secuestrados en Merlo. «Lo que sé es que se los vinieron a llevar la Policía, primero habían ido a la casa de mi abuelo (padre del padre) e hicieron el juego del policía bueno y el policía malo. Le terminaron diciendo donde estaban mis padres, que eran militantes de Montoneros. A esa altura se habían retirado de la organización, eran militantes de base», contó. «Rompieron toda la casa, se robaron un dinero y a mi bisabuela y a mí nos encerraron en el baño de la casa», apuntó. El primer centro clandestino de detención fue el de San Justo y luego los trasladaron al Pozo de Banfield.
Ella se fue a vivir con su abuela materna. «Como consecuencia de lo que pasó, tuve una infancia muy difícil. Me crie sola custodiada por dos psicópatas y tengo grandes sospechas de que el marido de mi abuela tuvo parte en el proceso de la represión, por actitudes», contó y advirtió: «Muchos psicólogos me dijeron que tenía sesgos de ser apropiada. Por no dejarme hablar de mis padres, me pegaban. Me costó muchísimo acercarme a mis padres verdaderos».
«La dictadura rompió absolutamente todo, los lazos familiares, la vida de la gente y mi propia vida», valoró la mujer, que contó que no pudo vincularse con los abuelos paternos porque con quienes vivía le «llenaban la cabeza». «Eran todo el tiempo golpes, descalificaciones, maltrato psicológico, me perseguían… A los 22 años, después de una gran pelea, me fui y los dejé de ver a los 24 años», precisó.
La segunda testigo fue Marta Ríos de Patiño, quien por su compañero desaparecido Alfredo Patiño, quien era trabajador de Siat, empresa en la cual le dijeron que no fuera más a trabajar. Luego, ingresó a Molinos Río de La Plata y la esposa de un compañero de su pareja le dijo que habían secuestrado a su compañero y le advirtió que irían por ella más tarde. «Yo me fui, le dejé un escrito y le dije que estaba en la casa de mis padres», contó.
Al llegar a la noche a esa casa, Alfredo se fue con ella. «A la 1 de la mañana, del 25 de octubre (1976) hicieron un allanamiento, rodearon toda la cuadra, vinieron del 601 más de 60 militares y cerraron las cuatro esquinas de la manzana. No nos encontraron porque estábamos en la casa de mi mamá», dijo, en torno a la vivienda de Adrogué. Al día siguiente, él fue y encontró un camión del Ejército «llevándose todo».
De ahí en más, la vida se complicó porque vivían separados y se comunicaban «a veces» por teléfono y ella le llevaba a los dos hijos «cada tanto». En una comunicación telefónica con ella, le dijo que se tenía que ir y después se comunicaba con ella. «Nunca más», apuntó. Cree que fue secuestrado en Lanús, donde estaba el hospital al que tenía pensado ir a visitar a un familiar (Evita). Esto sucedió el 11 de agosto de 1977. Estuvo en el Pozo de Quilmes, según pudo reconstruir más tarde.
También declaró por Eva de Jesús de Agüero, secuestrada embarazada el 31 de agosto de 1977. Era la esposa de Américo Agüero, compañero de trabajo de Siat. «El Ejército fue a la casa de los padres de el y lo obligaron a mostrarle la casa de su hijo sino iban a volver y matarlos a todos. El padre le marcó la casa del hijo. Se lo llevaron a él y a Eva. ¿Cómo podía sentirse el padre?», preguntó ante el Tribunal. Y comentó, a continuación, que Carlos Robles, otro compañero de Siat, también fue secuestrado junto a su mujer.
«Nosotros quedamos mal, principalmente mi hijo, quien fue el que más sufrió la ausencia. Hoy es un hombre de 47 años y no tiene consuelo. No justificaba que el padre los haya abandonado por la militancia. Sufrió por no haber tenido a su papá vivo», mencionó y se le quebró la voz. Recordó el dolor de cada Día del Padre. Ella optó por “no contar nada” hasta que tramitó la indemnización por ser familiar de un desaparecido.
Estaba previsto el testimonio de Lidia Araceli Gutiérrez, hermana de Amelia Gutiérrez desaparecida el 11 de septiembre de 1976, pero por cuestiones de salud no pudo hacerlo. Sufrió un episodio de presión y el médico le prescribió reposo por 20 días. Su testimonio será reprogramado para las próximas audiencias virtuales.
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