La esperanza mexicana

Por: Cecilia González

A Rami, mi amigo pirovanense.

Cuando era chiquita y vivía en la ciudad de México aprendí que el PRI era indestructible. Era el partido único, el que hacía elecciones simuladas, el todopoderoso, el amo y señor del destino de los mexicanos. No importaban la pobreza profunda, la corrupción obscena, las masacres de estudiantes y la impunidad de funcionarios que se volvían multimillonarios sin ser investigados. Nos acostumbramos a creer en la inevitabilidad de los sobornos y en el tráfico de influencias como una forma de vida. ¿Democracia, alternancia? Las desconocíamos.

Ya de adolescente, a mis 16 años, un político llamado Cuauhtémoc Cárdenas, hijo de uno de los mejores presidentes que hemos tenido, se salió del PRI y se postuló para presidente con un frente democrático. Yo no entendía nada de política, sólo me hacía ilusión que perdieran los que siempre ganaban. Casi como en el fútbol. Pero no pudo ser. Fraude mediante, Cárdenas perdió y en su lugar gobernó Carlos Salinas de Gortari, el equivalente de lo que fue Carlos Menem para los argentinos. Nos prometió el primer mundo pero sólo nos dejó más pobreza y corrupción. Lo bueno fue que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el EZLN, apareció al final de sexenio para demostrar las mentiras de su gobierno neoliberal.

En 1994 voté por primera vez pero con el privilegio de que ya trabajaba como periodista y pude cubrir las campañas, estar cerca de los candidatos. Mi voto era seguro para Cárdenas, que se postuló de nuevo. El priísta Luis Donaldo Colosio no me caía tan mal, pero me había jurado a mí misma que nunca iba a votar por el PRI. Y por el PAN, la derecha histórica, menos. De todas maneras, no dejaron llegar a Colosio a la elección: lo mataron. La violencia política nos asustó tanto que ese año volvió a ganar el PRI, con Ernesto Zedillo como el candidato sustituto que, apenas asumió, nos metió en la megacrisis del «efecto tequila» que arruinó a muchos países, entre ellos Argentina.

Desde la redacción del diario, en las charlas con amigos reporteros y en mis coberturas en las calles y con los políticos me daba cuenta de que mi país estaba cambiando. De a poco, con mucho esfuerzo de unos y resistencia o indiferencia de otros, pero lo estaba haciendo. La prueba llegó en 1997, en la primera elección para jefe de Gobierno del Distrito Federal. Ahora sí ganó Cárdenas. La izquierda iba a gobernar la capital del país, mi ciudad. Fue una noche muy emocionante, la primera vez que me costó trabajo separar mi alegría ciudadana de mi responsabilidad como periodista porque tuve que cubrir a Cárdenas, su discurso como jefe de Gobierno electo y los festejos populares.

Lo que seguía era la presidencia. Cárdenas se postuló por tercera vez en 2000, pero de la mano del PAN apareció Vicente Fox, un carismático empresario que terminó ganando las primeras elecciones que el PRI perdía en 71 años. Yo viví una noche agridulce. Al igual que millones de mexicanos, no podía creer que Zedillo hubiera aceptado la derrota de su partido. El PRI, por fin, se iba. Qué alegría. El problema, para mí, es que llegaba la derecha, pero aun así dejé un margen de duda. Capaz Fox cumplía sus promesas y gobernaba bien. Pero no. El nuevo presidente llenó de ilusiones a millones de mexicanos. Escándalos de corrupción y autoritarismo mediantes, los defraudó.

La misma noche que Fox ganó la presidencia, un tal Andrés Manuel López Obrador se convirtió en jefe de Gobierno de la ciudad de México. Él celebró su triunfo en el Zócalo junto a un derrotado Cárdenas. Quienes estábamos ahí entendimos que se venía un recambio generacional.

En 2006, López Obrador se postuló por primera vez a la presidencia. Yo ya vivía en Buenos Aires y me la pasaba escribiendo de los presidentes de la oleada progresista que gobernaba Sudamérica. Cada vez que iba a México, mis amigos de izquierda decían que el triunfo de AMLO era pan comido. Les creí. Ese año viajé a México ex profeso para votar y celebrar en el Ángel de la Independencia (y con amigos argentinos que me habían acompañado) la victoria segura de la izquierda. Nada de eso pasó. La noche de la elección los mexicanos nos quedamos sin saber quién era nuestro nuevo presidente porque había empate técnico entre López Obrador y el derechista Felipe Calderón. Fueron días bien tristes. Antes de volver a Buenos Aires fui a varias de las protestas de AMLO en el Zócalo y lloré de la bronca, convencida, como millones de mexicanos, de que le habían robado la elección. En 2012, López Obrador volvió a perder, ahora con Enrique Peña Nieto, quien hizo que el PRI volviera triunfal a Los Pinos, pero ya ni siquiera estuve tan atenta a las elecciones. Creía, como cuando era niña, que no había modo de desterrar a los políticos mafiosos.

Cuando López Obrador confirmó que se iba a postular por tercera vez a la presidencia en 2018 me pareció una necedad. Llevaba ya muchos años viviendo en Buenos Aires y había perdido el rastro detallado de sus andanzas. Di por perdida la elección de antemano, otra vez, pero por diversas causas este año tuve que pasar casi más tiempo en mi país que en Argentina. En la ciudad de México pude percibir el creciente hartazgo social con el PRI y el PAN, los únicos partidos que han gobernado México y que, en lugar de luchar contra pobreza, la corrupción y la impunidad, las agravaron con un estallido de violencia que convirtió a mi país en un permanente baño de sangre, en una fosa común, en sinónimo de desaparecidos.

Hace un mes mandé mi voto desde el extranjero. Aunque voté por López Obrador, por más que las encuestas lo anunciaran, no creí que lo dejarían ganar. No lo creí ni siquiera la noche del domingo, hasta que el candidato del PRI salió a aceptar rápidamente la derrota. Con el cuerpo en San Telmo y el corazón en la ciudad de México, se me revolvieron tantos años de frustraciones políticas. De dolor por mi país, de impotencia, de desesperanza. Y de escepticismo, porque con el tiempo aprendí a desconfiar de los políticos. De todos y todas.

Por eso, estos días que muchos me felicitaron y me preguntaron qué va a hacer López Obrador, les dije la verdad: no lo sé. Es una incógnita y una esperanza. Una y otra vez ha prometido: «No les voy a fallar». Ojalá sea cierto.

Seguimos. «

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