Si las compañías, según Jesús, decían casi sin error quiénes éramos, se puede inferir que las casas, elección más prosaica, por supuesto, también nos definen. En el caso de La fragilidad de las casas, más bien definen las formas de nuestros vínculos: antes que el quién —eso es casi de perogrullo— se trata del cómo a partir de las relaciones primarias con papá y mamá. “Se puede decir que es la vida de Casandra a través de las casas en las que vivió”, cuenta Julián Rodríguez Rona, uno de sus protagonistas. “Por ejemplo, cuando ella era chica, vivía con su mamá y su papá, después sus padres se separan, entonces ahí hay un cambio de casa, después su madre se junta con una primera pareja y hay otro cambio de casa, después se separa de esa pareja y van a otro lado, después ella se emancipa y tiene su primera casa con su hermana, un departamento temporario, después con un novio, y entonces es más lo que la casa condensa que las casas en sí. De lo que habla la obra es de los vínculos que implicó cada casa y todas las formas de relacionarse que construían.”
Y, sin querer, la obra sugiere que nada nos define. Al menos no lo hace definitivamente, como muchas veces se pretende de la identidad. Más bien se trata de definiciones siempre nuevas, porque definen hasta que algún hecho mundano, que la mayor de las veces no depende de nosotros, nos vuelve a definir.

“La posibilidad de construir una identidad tiene que ver con que las experiencias se conviertan en autoconocimiento”, dice Rodríguez Rona. Y, más metido en la obra, describe. “Creo que un poco la identidad es el fruto de elaborar las experiencias, porque si vos no las elaborás, esas experiencias pueden repetirse iguales durante toda la vida y el famoso arrastre del error. Y no necesariamente la madurez biológica es una madurez emocional o vincular o psíquica. La posibilidad de construir una identidad tiene que ver con que esas experiencias se conviertan en conocimiento y en autoconocimiento. Y elaborarlas. Poder pensarlas desde un lugar más profundo y poder actuar después en relación a eso que uno ya vivió. Un poco la obra plantea esa dificultad. Tiene cierta resonancia y nos está trayendo muchas alegrías porque la obra no dice cómo, sino que plantea la pregunta.”
No hay casualidad alguna en que La fragilidad de las casas tenga como personaje principal a Casandra. “Hay un cruce con el mito de Casandra, de forma bastante libre. El mito de Casandra es como que ella va a anunciar tragedias que nadie le va a creer. Y en la obra Vicky, con la dramaturgia, es como que pone a Casandra siempre intuyendo las cosas que van a pasar, pero que no se cree a sí misma. Esa pregunta sobre la identidad creo que tiene que ver con eso, con empezar a poder ver con qué tipo de experiencias te pueden hacer acreditarte, como dirían los brasileros.”

Y ya que puso a los brasileros y nombró la alegría que les produce la obra, uno se pregunta cómo es eso de sentir ese placer, tener ese gusto, en medio de la desolación. Es muy contradictorio porque las alegrías son muy modestas. “Que la gente se interese por el trabajo de uno es una gran alegría. En ese sentido también es un privilegio respecto a otros trabajos y otros oficios que están muy golpeados. Aunque son modestas, porque si bien son alegrías, es un trabajo, y ya nadie vive de un solo trabajo. Sería mucho pedirle a una obra que hace una sola función semanal que sea tu sustento, pero de alguna manera es una alegría que se acerque mucha gente a la sala: son 400 localidades. Y que haya sonancias del material, que interpele, que conmueva, que se arme la celebración del teatro. Que el teatro siga existiendo frente a los ataques que hay desde sectores de poder muy fuertes contra la cultura, contra el cine, contra el teatro, contra los libros. Vivimos una etapa de resistencia muy fuerte y sobre todo de retroceso muy fuerte porque no estamos pudiendo encontrar respuestas colectivas.” Por eso no pierde la oportunidad y, sin dejarla picar, como se dice, convoca a “que vayamos a defender la tierra” el jueves.
Actor, músico y director, a Rodríguez Rona le gusta el chiste de por qué Victoria Almeida lo convocó. “Sí, sí, fui convocado por el dos por uno —ríe—. De poder componer y hacer la música y también tocarla en vivo. Y después, bueno, hice un poco la organización de ese material inicialmente. También tengo formación de clown, y eso influyó. Entrené con Claudio Martínez Bel, y sobre todo uno aprende trabajando con otros compañeros que son comediantes bárbaros. Me tocó compartir con muchos actores muy buenos durante los últimos años y ahí aprendés; te vas tiñendo un poco.”

En un antes cada vez más lejano solía decirse que quien mucho abarca poco aprieta. Según andan los tiempos, aquello señalado como defecto parece ir tomando visos de virtud. “Me pasa que no me puedo mantener alejado de ninguna disciplina por mucho tiempo. Hubo períodos en los que estuve más con la música y tuve la necesidad de volver a actuar. Y, por ejemplo, períodos donde estuve más de actor y tuve la necesidad de poder generar un material propio. Y, bueno, en mis obras, en general, meto todo. Ahora, en particular con La fragilidad de las casas, es un proyecto donde confluyen casi todas las cosas que hago. No la escritura, pero escribí letras, hice las canciones de la obra y, al mismo tiempo, compuse la música y la tocamos en vivo.”
Un talento diseminado en varias disciplinas —o tal vez a la inversa, varios talentos condensados en un solo artista— sea el secreto para estar en varios proyectos al mismo tiempo. La Obra, de Mariano Pensotti —el músico en escena—; La Pilarcita —“no estaba actuando, pero comparto el rol con Fran Ruiz Bartlett”—; La vida animal, que también lo tuvo como director, y un laboratorio de teatro que al momento está en receso. “Prácticamente no hay tiempo, pero no significa que las preguntas no sigan vigentes, es un espacio que nos interpela mucho. Ahora vamos a hacer alguna colaboración conjunta para una obra de Juan (Reos) en octubre. Es un vínculo que sigue vigente.”
La fragilidad de las casas
Dramaturgia y dirección: Victoria Almeida. Actúan: Guadalupe Docampo, Facundo Mejías, Julián Rodríguez Rona, Irene Vivanco. Sábados a las 21 en Teatro Armenia, Armenia 1366 (CABA).
