Lo que hoy más divide a los jóvenes -y en especial a los géneros- son las formas de experimentar el miedo, la esperanza y la frustración. ¿Qué hacen con esas emociones y dónde depositan su voto?

La explicación cómoda es la económica: los pibes están enojados porque no llegan, porque la casa propia es un chiste, porque el futuro que les vendieron no apareció. Algo de eso hay. Pero lo material no explica por qué dentro de un mismo monoambiente alquilado, con el mismo sueldo y la misma precariedad, el varón y la mujer quedan parados en veredas opuestas. Si todo fuera bolsillo, votarían parecido. Están en las antípodas. ¿Y entonces?
Elizabeth Duval escribió en su ensayo Melancolía que la izquierda viene perdiendo la batalla de los afectos. El punto no es original. La política se juega en las emociones antes que en la razón, y mientras el progresismo se dedicó a tener argumentos, a explicar con datos, a corregir, la derecha se quedó con lo difícil de refutar: las pasiones, la nostalgia, el relato. A los pibes que sienten que perdieron un lugar, la ultraderecha les ofrece una historia donde ese lugar todavía existe y donde alguien tiene la culpa de habérselos sacado.
Lo original de Duval está en la salida que propone, dejar de regodearse en el diagnóstico de la catástrofe y disputarle a la derecha las palabras cálidas, la idea misma de que un futuro compartido puede dar alegría y no solamente miedo. Contra la melancolía, una política de los afectos y del deseo, una felicidad que se construye en lugar de una tristeza en la que refugiarse ante la pérdida.
Porque lo que se perdió es el permiso para nombrar la desigualdad como natural. Los mandatos repartían los lugares —quién cuidaba, quién proveía, quién mandaba— y funcionaban como mapa, aunque injusto, te decía dónde estabas parado. Lo que se quemó es el mapa, no el reparto. Las mujeres todavía cuidan más, cobran menos, vuelven con miedo de noche. La diferencia es que ahora pueden decir en voz alta que eso es una estafa, y mientras las pibas celebran que el mandato se cuestione, los pibes extrañan el tiempo en que los coronaba sin discusión. La misma grieta abre alivio de un lado y orfandad del otro.
Y esa orfandad se llena con ritos. En casi todas las culturas tradicionales había ritos para fabricar varones, porque la hombría no llega con una marca biológica como la menstruación, había que producirla con ceremonia. Al chico se lo separaba del mundo de las mujeres y volvía hombre entre hombres. Lo que cambió es quién dirige la ceremonia. Hoy el rito se mudó al teléfono, a plataformas que aprendieron que lo que retiene no es la paz sino la indignación. A los pibes el algoritmo les sirve chabones que tiran factos sobre cómo el feminismo los arruinó y a las pibas, el catálogo infinito de por qué los varones decepcionan. La pantalla es la nueva casa de hombres pero sin comunidad que espere del otro lado. Un rito que no inicia en ningún lado, que te deja pedaleando en el aire.
Y eso es lo novedoso, porque la identidad no se construye en soledad. Uno se vuelve alguien en el roce, en lo que el otro le devuelve, pero la época vende la fantasía contraria, que ser varón o mujer es un proyecto personal, algo que cada uno diseña como una marca. Nunca tuvimos tanta libertad declarada para construirnos, y nunca estuvimos tan solos haciéndolo.
Por eso hace falta volver a juntarse sin pantallas, a imaginar juntos qué queremos que sean los vínculos en diez años. No para acordar en todo, ¡esa es la gracia!, sino para recordar que el futuro se decide entre varios y no llega ya escrito desde una pantalla que nos quiere separados. Imaginar un futuro feliz es hoy el gesto más político que queda, y se hace de a muchos, o no se hace.
La autora forma parte de Futuras un espacio de pensamiento colectivo para personas cansadas de reaccionar a la época y con ganas de entenderla mejor. El próximo encuentro es el 5 de julio en La casa de Lolita. Las entradas se pueden conseguir en este link https://www.passline.com/eventos/futuras
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