La historia también se encuentra revolviendo viejos placares

Por: Micaela Rodríguez

En memoria de Jacinto Burgos, los 30.000 detenidos desaparecidos y los amores de juventud.

El viejo placard empotrado de madera marrón sigue ahí, en la habitación de abajo. Con sus puertas enormes que llegan hasta el techo, sus estantes cargados y sus cajones profundos, es quizás el lugar de la casa que más recuerdos guarda. También es el que más me costó empezar a vaciar después de la muerte de mis viejos.

Quien haya pasado por ese momento inevitable que llega después de la muerte sabe que no es solo una tarea doméstica. Es un trabajo arduo, que exige tiempo, energía física y, sobre todo, mental. Porque es un trabajo que empieza, pero nunca sabemos bien cuándo termina. Cada objeto encontrado —una carta, una foto, un papel doblado— despierta un recuerdo. Y cada recuerdo arrastra otro: un olor, una conversación, una ausencia, algo que quedó pendiente o que vuelve a decirse en silencio. Deshacerse de lo que perteneció a quienes ya no están se parece demasiado a dejarlos ir. Y a veces eso es justamente lo que todavía no podemos hacer.

Entre esos objetos aparecen historias. No solo las de una familia, sino también las de un país. Porque, en definitiva, la historia y el ejercicio de memoria no vive solo en los libros, se esconde en los cajones, en los papeles guardados o encontrados en viejos bolsillos de viejos abrigos, en la vida cotidiana de quienes la atraviesan con su trabajo, sus decisiones y sus silencios.

Juan Jacinto Burgos nació el 27 de marzo de 1944 en Capital Federal, se crió con su familia en Merlo, provincia de Buenos Aires y abrazó desde muy joven la militancia peronista como forma de vida. En 1958 siendo todavía prácticamente un niño fundó el “Comando Merlo” para enfrentar al Plan CONINTES, antecedente directo de los golpes de Estado que llegaron poco después.

Sus fotos aparecen cuando encuentro un viejo sobre marrón que contenía más cosas de las que su capacidad le permitía. Apretado, y un poco roto en los costados, esperaba seguramente desde hacía décadas en el fondo de una caja repleta de otras fotos y recuerdos.

Mi mamá, con unos 17 o 18 años como mucho, posa sonriente. Con una mano lo agarra del brazo y con la otra sostiene un cigarrillo. Con esa sonrisa que solo el amor adolescente logra dibujarnos en la cara. Jacinto porta un uniforme. Por esos días cumplía con el servicio militar obligatorio en la provincia de Neuquén. Mi mamá, como me contó más de una vez en complicidad de madre e hija hablando de viejos amores, había ido a visitarlo al sur junto a Emilia, la madre de Jacinto. Por ese entonces era su novio, su primer novio. Corrían principios de los años 60.

Intento descifrar su letra y la carta que aparece cuando doy vuelta la foto, pero solo logro hacerlo con algunas frases: “estas hermosa, tendríamos que habernos sacado más, la próxima vez no te olvides de traer la máquina fotográfica, cuando vaya para allá -si me dan licencia en semana santa- me voy a pegar una vuelta tan grande que voy a llegar hasta Merlo. Chau negrita, besos y muchos abrazos”.

Su recuerdo apareció más de una vez en las conversaciones de sobremesa. Papá también lo recordaba con cariño y profundo respeto, porque principalmente había sido un compañero, un cuadro político que había dejado la vida por la liberación de nuestra patria.”Yoca” era el apodo por el que lo mencionaban. Le decían así por un yogurt de la época, porque era muy blanco y pálido.

“Luján, 3/5/1965” se lee al dar vuelta otra de las tantas fotos, en las que se los ven parados, abrazados, y detrás de ellos una imponente basílica de Luján enmarca la imagen de la joven pareja. Mamá tenía 18 años.

El compromiso político llevó a Jacinto o “Yoca” a transitar por distintos territorios de nuestro país. Luego de hacer el servicio militar en el sur, vuelve a Merlo, donde se incorpora a la organización “Montoneros”,  pero  los años 70  lo encuentran en la Patagonia, cumpliendo con importantes responsabilidades organizativas y es designado secretario general de la Regional VII de la JP, la estructura de masas de la organización en el territorio más extenso de la Argentina.

Periodista y escritor, trabajó en la Revista Ateneo y en el periódico Noticias, el órgano más masivo de Montoneros.

Su hijo Facundo, radicado en México desde hace años; tenía siete años cuando su papá fue secuestrado. Su hermana Eva, 5 años. Recuerda pocas cosas con claridad; pero eso no fue impedimento para construir una imagen de su padre que describe de la siguiente manera:  “Lo que se fue decantando es la idea. La idea de una persona que no temió la muerte. Que llegó a una conclusión, empujado por su religión, su ética, su pensamiento político de que había que dar esta batalla hasta la muerte, por el bien de todos”. Su segundo nombre es “Ezequiel”,  en honor al nombre de guerra que adoptó su padre dentro de la organización.

Facundo también recuerda algo que le sucedió años después de que su padre fuera secuestrado, cuando con 10 años vuelve a Merlo luego de algunos años en el exilió a vivir con Emilia, su abuela.  Lo recuerda casi como una ironía del destino. Una ironía cargada de ternura después de tanta oscuridad:

Llego yo a la casa de mi abuela, con 10 años. ¡Qué pensaría Emilia! sola conmigo en esa casa grande, vacía, yo dando vueltas por ahí, repitiendo sin saber cosas de mi viejo. Como un doble.  Debe haber tenido unos momentos rarísimos. Hasta me metió a la misma primaria que mi papá. O sea que yo hacía el mismo recorrido que él todas las mañanas. La directora de la primaria había sido compañera de clase y amiga de mi viejo así que sabía todo y me trataron muy bien. Y un día llegó de la escuela y le digo a mi abuela que me gusta una chica muy linda, la Vero”.

Verónica es mi hermana mayor, la hija de aquella mujer que visitaba a su padre en el sur y posaba sonriente a su lado. Ironías o señales del destino, trascendencias inexplicables pero maravillosas.

Eduardo “el negro” Soares, compartio años de militancia con Jacinto a quien conoce cuando este llega a la ciudad de Mar del Plata, luego de que las cosas en la Patagonia comiencen a ponerse dificiles, fue un verano caluroso del año 1974 : “ese día me tocó ir a cubrir la cita nacional y de pronto aparece un flaco alto, bien montonero, así con bigotes como los que tengo yo, que creo que los tengo en honor a él y a tantos que usábamos esos bigotes montoneros, muy distintos a los bigotes militares que son en la comisura de los labios. Un flaco alto con un bolso se presenta con la contraseña. Vamos a tomar un café,  y me dice que viene de la Patagonia, que las cosas allá estaban muy mal y que lo habían asignado a Mar del Plata y que vino él primero y que después iba a venir la mujer y los hijos,  a quien también conocí meses después”.

Para ese entonces Jacinto ya era, comparado con sus compañeros de militancia, un “viejo” de unos 32 años, que había transitado los años de la resistencia y la militancia de los años 60. Con experiencia militar y enorme capacidad política.

Yo tenía 22 años, él ya era un tipo con mucha experiencia, me habló de la Patagonia y por primera vez en mi vida escuché hablar de los mapuches. En la patagonia no solo era un oficial importante de la organización montoneros, sino que era lo que se llama un jeton. Es decir, el que pone la jeta. Era un cuadro público de la organización”

El negro también recuerda que a ese compañero como un “un tipo muy humano. Con una mezcla de seriedad y sentido del humor. Duro para cuando había que decidir, pero también un romántico”.

Luego de encontrar las fotos de Jacinto, el impulso me llevó a contactarme con sus familiares y compañeros. Quise traer de vuelta al presente a quien supo ser el primer amor de la vida de mi vieja, pero principalmente un cuadro comprometido con la lucha de nuestro pueblo, habitante además del territorio en el que nací y aun vivo. Y entiendo entonces que el atesorar recuerdos, fotos, no es un ejercicio pasivo, sino la manera de hacer del pasado, presente. Un ejercicio de memoria, amor y de lucha contra “aquella obra mezquina de burócratas del tiempo” que menciona Jonh William Cooke, en una de sus cartas a Alicia Eguren: “Son otros equinoccios los que rigen para nosotros. Yo le voy a contar la verdadera historia, la auténtica y real.”

La verdadera historia, la auténtica, la real triunfa cuando no claudicamos en el empecinado deseo de recordar, de traer a este presente que a veces absorbido por lo virtual y superfluo, parece tan carente de lo real, lo eterno, lo sagrado, el recuerdo y la afirmación de porque luchar sigue teniendo sentido. Sin miedo a romantizar, que no es lo mismo que no repensar o construir alternativas .¿Qué nos queda si no podemos recordar con amor y admiración a quienes dieron la vida por nuestra Patria?

Juan Jacinto Burgos fue sorprendido por una patrulla militar un 29 de julio de 1976 en la intersección de las calles Moreno y Olazábal en Mar del Plata.

Soares recuerda aquel momento, y rescata la idea de la soberbia montonera, no de forma peyorativa, sino como halago. La soberbia de saber que se lucha por lo justo:  “se enfrenta a tiros, seguramente con dignidad y con esa ‘soberbia’ montonera que ya se le notaba cuando lo llevaron detenido tres años antes, el 11 de noviembre de 1972 en Bariloche.  Nada salió de su boca, ni un compañero, ni material cayó por su lado. Quizás tuvo suerte y su propia ‘soberbia’ lo ayudó a morir rápido o quizás esa característica le permitió soportar lo que haya sido, sin darle un solo dato al enemigo”.

Durante sus últimos días con vida, mi mamá, en octubre de 2024, ya estaba un poco perdida, la enfermedad y la medicación que le daban para estirar el inminente final no daban tregua, pero por momentos, esos raros momentos volvía a la realidad, preguntaba por papá, por mis hermanas, deseaba volver a su casa, tenía ganas de vivir. También volvió a contarme en una oportunidad de aquel amor adolescente, de la enorme capacidad y el enorme compromiso que tuvo en cada tarea que emprendió, de esos hermosos años 60 donde todo era arte, libros y su paso por “Bellas Artes”, de la última vez que lo vio cuando ya en plena clandestinidad fue a despedirse de ella, camuflado con ropas de “ciruja”al edificio donde ella trabajaba, cuando ya los años más oscuros se habían instalado en nuestra patria.

El recuerdo de lo que admiramos y quisimos es un arma tan poderosa, que no hay enfermedades, ni medicamentos, ni dictaduras sangrientas que puedan con él. “La memoria es el único paraíso del que no pueden expulsarnos”; es una frase atribuida al poeta aleman Jean Paul Ritchter; pero que a los de mi generación nos llega pasados por barro;  un abril de 2014 en Gualeguaychú de la mano del Indio Solari. Me parece incomparablemente perfecta y necesaria de traer cada 24 de marzo, y en cada oportunidad que nos quieren hacer dudar de nuestra historia de lucha.

Unos días después, finalmente un 17 de octubre, mi mamá se fue. Sus fotos y recuerdos quedaron en el viejo placard marron como testigos de su hermosa vida. Allí también aguardaba un pedacito de la historia de Jacinto, y junto con su vida la de los 30.000. 

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