La ideología anticientífica del gobierno

Por: Macarena Marey

Que este gobierno vino a destruir los bienes públicos y las conquistas democráticas es ya un hecho indisputable. Que la investigación básica y aplicada, científica y tecnológica y de todas las disciplinas (sobre todo de las llamadas “duras”, que son las que más plata necesitan) está bajo franco ataque es otro dato del mundo. La última noticia que se hizo pública al respecto es la paralización de la línea de financiación de los proyectos PICT de la Agencia. Los salarios a la baja de docentes, no docentes e investigadores de las Universidades Nacionales y del CONICET, los recortes en becas e ingresos a la Carrera de Investigador Científico y el desfinanciamiento generalizado del área de I+D y de la educación superior pública que hoy ponen en jaque a la ciencia argentina son hechos que desde el sector avisamos que iban a ocurrir si ganaba este gobierno. Seguimos trabajando porque el compromiso con la defensa de la ciencia argentina es un principio que nos han inculcado las generaciones que nos precedieron y que lucharon por las conquistas que hicieron de la educación superior pública y de la investigación argentinas ejemplos para el mundo. Pero para defender estas conquistas necesitamos una mayor organización y movilización y para eso tenemos también que entender por qué este gobierno tiene ese encono contra la ciencia en general y nuestra tarea en particular.

En otro lado me explayé al respecto . Aquí propongo de manera breve y no exhaustiva dos de las razones centrales del ataque:

Antiintelectualismo: Uno de los signos de este gobierno es su antiintelectualismo. La razón por detrás es que la ideología que lo anima, el famoso neoliberalismo de la Sociedad de Mont Pelerin (compuesta no sin ironía por profesionales de ciencias sociales y humanísticas), es un simple dogmatismo descabellado en varios sentidos, pero sobre todo uno: es una visión irreal de las relaciones sociales, de la persona humana y de la historia. La investigación seria (es decir, no de los think tanks privados) en ciencias sociales y humanas pone esto en evidencia y por eso somos sus enemigos naturales.

La oposición por parte de este gobierno a la libertad de investigación detrás de apelaciones a los “valores occidentales” y a la “civilización” no es más que la voluntad de eliminar toda puesta en cuestión y toda disidencia sobre su visión del mundo y su profesión de fe. La intolerancia es, muchas veces, producto de un reconocimiento inconsciente de que la postura propia carece de fundamento públicamente sostenible, una confesión tácita de la propia ignorancia. Así, de su propia falta de solidez y rigurosidad científica se sigue el carácter antidemocrático de este gobierno.

La diferencia radical entre las Universidades Nacionales y los organismos e institutos de investigación argentinos, por un lado, y los thinks tanks y universidades de gestión privada sobreideologizadas, por el otro, es que en estos últimos sólo existe la unanimidad acrítica, mientras que en los primeros, con todas nuestras imperfecciones, siempre pedimos y siempre damos una fundamentación de nuestras tesis, hipótesis y proyectos que la comunidad pueda entender, que pueda ser explicitada frente a todas y todos. Esto último, que es lo que ellos llaman “marxismo cultural”, no es otra cosa que la base conceptual misma de la democracia. 

Subyugación epistémica: La ciencia argentina no es cara. No sólo porque “cara es la ignorancia”, como se citó ad nauseam, sino porque en efecto siempre (incluso en las épocas de mayor inversión) hicimos ciencia por dos pesos con niveles de rendimiento sobresalientes internacionalmente. Pero para este gobierno la cuestión no es siquiera que la inversión pública en I+D dé un rendimiento económico inmediato (otro deseo descabellado en cualquier lugar del mundo). El objetivo es claro: aniquilar cualquier producción local de conocimiento que vaya en contra del objetivo del capital transnacional, que es reubicar a la Argentina como un espacio de reproducción de tecnologías patentadas en el “Norte Global”. Se trata de ahogar cualquier innovación propiamente argentina porque para el capitalismo en la fase actual la función de la Argentina vuelve a ser la proveer “recursos naturales” al menor costo posible (incluyendo los “costos” del manejo sostenible de residuos de la actividad extractiva) y trabajo asalariado barato, jamás tecnología propia ni soberanía sobre la producción y la extracción. La propuesta de vender (regalar) Arsat a manos privadas es un caso emblema, pero podemos listar muchos más. El imperialismo del siglo XXI es el paroxismo de la desposesión de la decisión soberana sobre la producción de la riqueza.

Siempre digo que como filósofa no puedo hacer futurología, pero no puedo evitar pensar que la base exclusivamente ideológica del programa de ajuste puede ser (y será) la causa de la implosión del propio programa porque acelera una contradicción que los países capitalistas “desarrollados” se cuidan muy bien de no acelerar en casa: la contradicción entre el capitalismo y sus condiciones de posibilidad, como lo son la producción académica de conocimiento, la investigación básica y la universidad soberana. La realidad siempre gana. Lo más injusto de este panorama es que probablemente quien pagará y se encargará del desastre que deje este gobierno será el pueblo y no ellos. Pero esto también depende de lo que hagamos nosotros ahora

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