Con una decisión sorprendentemente rápida, los cardenales eligieron al nuevo Papa en la segunda jornada de votación del cónclave: un hecho casi sin precedentes en la historia reciente de la Iglesia.

Pocos minutos después de las 19 (hora de Roma), el cardenal protodiácono de origen francés Dominique Mamberti pronunció desde el balcón de la basílica la fórmula que hace vibrar el corazón de millones de católicos en todo el mundo: “Annuntio vobis gaudium magnum: ¡Habemus Papam!” («Les anuncio una gran alegría: ¡Tenemos Papa!»).
El nuevo Papa, que ha elegido llamarse León XIV, es el 267º Romano Pontífice en la historia de la Iglesia y asume la misión de guiar al Pueblo de Dios en un tiempo tan desafiante como esperanzador.
La emoción fue inmediata. Las campanas comenzaron a repicar, los rostros se cubrieron de lágrimas de felicidad, y miles de fieles que vitoreaban «¡Viva el Papa!» elevaron sus oraciones, mientras el nuevo Papa, emocionado y conmovido hasta las lágrimas, saludaba por primera vez desde el balcón. Fue un gesto sencillo pero profundo, como si ya desde el primer momento estuviera hablando el lenguaje de la cercanía.
El cardenal Robert Prevost , ahora Papa León XIV, es originario de la ciudad de Chicago (USA), tiene 69 años, perteneciente a la Orden de San Agustín, asume el pontificado en una fecha profundamente significativa: el 8 de mayo, una de las grandes solemnidades marianas, aquí en Argentina se celebra hoy a Nuestra Señora de Luján. Su elección en esta jornada tan especial no pasa desapercibida y muchos la leen como una señal providencial, un gesto de cercanía de la Virgen para con su pueblo y su Iglesia. Con una trayectoria pastoral marcada por la cercanía, la construcción de comunidades y la defensa de los derechos humanos, su perfil se fue forjando en el compromiso concreto con la realidad social de América Latina. Religioso atento a los más vulnerables, logró articular el rigor doctrinal con una mirada pastoral sensible y profundamente humana.
La elección de este nuevo Papa también marca el comienzo de una nueva etapa tras la partida del Papa Francisco, cuyo pontificado dejó una huella profunda en la historia reciente de la Iglesia. Su opción preferencial por los pobres, su testimonio de sencillez evangélica y su palabra siempre profética seguirán inspirando, como un eco que atraviesa el tiempo y se renueva en otras voces. Hoy, la Iglesia celebra. Y lo hace con la madurez de su tradición, la fe de sus comunidades, y la esperanza de que el nuevo Sucesor de Pedro continúe la obra del Buen Pastor, animando a un mundo que sigue necesitando el consuelo, la verdad y la misericordia del Evangelio.
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