La inventiva de San Lorenzo, el orgullo de Independiente: aquellos partidos entre las hinchadas en los ’90

Por: Juan Diego Britos

Recuerdos de un clásico de 1994 en la Doble Visera de Avellaneda, cuando casi toda la fecha se jugaba en simultáneo el domingo por la tarde y eran habituales los duelos y las cargadas entre el público local y el visitante.

Tendría que haberme dado cuenta frente al espejo de la pieza, cuando me cambiaba en casa. O antes de salir hacia la cancha, masticando los ravioles. Debería haberme apiolado. Pero a los trece años, la bruma en la cabeza comenzaba a entorpecer mis decisiones. Por eso, aquel domingo de 1994 elegí la campera amarilla con el pingüino azul para ir a ver Independiente San Lorenzo.

«Cuidado con la lluvia y con La Chiqui», pidió mamá.

Mi hermana me llevaba ocho años. Era de River por papá. Pero papá murió rápido y nadie la llevaba a la cancha. La Chiqui siempre quería sumarse a Federico y a mí. Federico era el hijo más chico del novio de mamá y vivía en los monoblocks frente a la cancha. Era mayor que mi hermana y siempre íbamos juntos a ver a Independiente.  

Todos los partidos de local salía de casa, iba hasta Ciudadela, tomaba el tren a Once, y después el 98 o el 129 hasta Belgrano y Alsina, donde me esperaba Federico. La camiseta roja tenía que estar bien guardada debajo del buzo o campera. En el camino cruzaba a muchos hinchas de otros clubes. Era peligroso andar demostrando identidad. Eso fue lo primero que aprendí yendo a la cancha solo.

Cuando bajaba en Avellaneda, caminábamos hacia la cancha y Federico saludaba a todo el mundo. En la Doble Visera, él conocía a los controles, que no nos pedían entrada. Después íbamos al bufet debajo de la tribuna a tomar una gaseosa. A veces, entrábamos al vestuario y veía a los jugadores charlar con familiares y amigos. La mayoría buscaba entradas y autógrafos. No existía la selfie, la gente sonreía sin ejercitar la duck face. 

Siguiendo el deseo materno, no me despegué de mi hermana. Cuando algún borrachín se acercaba, trataba de interceptarlo. Yo era chico de edad pero grande de cuerpo, todo lo contrario a mi situación actual, donde mi estatura empequeñece mientras los dientes se amarronan y el pelo enblanquece. 

Ese domingo de agosto, mi verdadera preocupación era que no atajaba Islas sino Maltagliatti. Y que el deté Miguel Brindisi aún elegía a Gareca y no al Palomo Usuriaga pese al golazo a Ferro. Pero el Rojo llevaba una docena de partidos sin perder y era candidato. Adelante tenía a Gustavo López, Rambert y Garnero. Atrás jugaba Rotchen, que hacía más fácil el trabajo de sus compañeros. El Morrón era rapidísimo; alargó la carrera de Craviotto, Serrizuela y hasta hacía jugar bien a Cascini, que ese día remplazaba a Perico Pérez. Enfrente, el Cuervo del Bambino.

El partido se encendió rápido: a los dos minutos, gol del Diablo Monserrat. A los diez, empató Serrizuela. La campera amarilla cada vez me protegía menos de la lluvia en la Cordero baja. Mi hermana estaba empapada y con la mano derecha un poco hinchada porque le había caído un rollo de papel en la salida del equipo.

-Te duele- pregunté.

-Un poco. ¿Falta mucho?- contestó.

Le dije que sí y que no se acercara al cordón policial que se había formado para separarnos de la tribuna visitante. San Lorenzo no la había llenado pero había bastante gente. Me llamaba la atención que al canto de “olé olé olá, cada día te quiero más”, no lo acompañaban revoleando la ropa como ventiladores humanos. La coreo era otra: bajo la lluvia, los cuervos arrojaban la ropa y los paraguas para arriba y cantaban.

En el segundo tiempo, Cagna erró un penal y Biaggio puso el dos a uno. Ahí Brindisi mandó al Palomo a la cancha y la gente empujó al equipo, que arrinconó a su rival contra Passet. El premio llegó sobre el final del partido, cuando Usuriaga empató y la Doble Visera estalló. Que linda le quedaba la camiseta blanca al colombiano; parecía la extensión de su sonrisa, esa empanada colmada de dientes brillantes.

Entonces, olvidé la orden de mamá. Mientras El Palomo festejaba de cara a la tribuna, dejé sola a mi hermana, corrí hasta esquivar el cordón policial y clavé los frenos para tomar mi zona genital con las dos manos y dedicarle el empate a todos y cada uno de los cuervos. Luego, mi mano los señaló y el monstruo tribunero que llevaba dentro se desbocó como si las palabras fuesen piedras: “Esto es para todos ustedes, manga de putos defensivos”.

Con el 2-2 estaban conformes. No querían más. Pero los partidos hay que terminarlos. Y cuando la gente del Rojo obligó al equipo a ir por el triunfo, lo entendí para siempre.

“Porque este año de Avellaneda salió el nuevo campeón” tronaba en la Doble Visera. Había que ir para adelante por historia pero la vida es un remolino que enreda, ahoga y escupe hacia atrás. Y sobre la hora, perdimos una pelota sobre la izquierda y el centro le cayó a Totó García, que tocó suave a un lado de Maltagliatti y corrió a festejar de cara a su tribuna.

En ese momento, como borrachos amanecidos, los cuervos se acordaron de mí. Se juntaron más de cien y empezaron a cantar sobre mi campera amarilla. Los policías que había gambeteado minutos antes, ya no me miraban mal; se reían. Mi hermana miraba sin entender nada. Creía que era algo normal que los visitantes fueran tan originales con las cargadas. Así, me fui del estadio. Meado por Dios y la patria azulgrana.

En el viaje de regreso en el tren, me fijé cómo estaba la mano de mi hermana.

-No fue nada- contestó.

-Por las dudas no le cuentes nada a mamá- le pedí.

De pronto, su mirada se iluminó.

-¿No cuento que me cayó el rollo de papel o que la hinchada visitante te cargó por la campera?

No supe qué decir. Miré por la ventana y a la altura de la cancha de Ferro, comprendí que aunque el Rojo jugase bajo el diluvio universal, jamás volvería a llevar la campera amarilla con el pingüino azul a la cancha.

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