Davos dejó una conclusión difícil de ignorar. Cuando el lenguaje de la fuerza se naturaliza, incluso los actores más moderados comienzan a reorganizarse en clave defensiva.

El último Foro Económico Mundial de Davos volvió a exhibir el desgaste creciente que provoca, en amplios sectores de la comunidad internacional, la retórica de confrontación y supremacía impulsada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Aquello que en otros momentos generaba alarma o desconcierto hoy se expresa como un rechazo más abierto, incluso entre aliados históricos de Washington. En los márgenes del evento, diplomáticos y analistas coincidieron en que la pretensión de EE.UU. de imponer reglas unilaterales, sin consensos ni instancias de mediación, provoca un peligroso debilitamiento del orden global construido tras la Segunda Guerra Mundial, erosiona profundamente el multilateralismo y empuja a países de muy diverso signo a ensayar mecanismos de coordinación defensiva frente a una agenda cada vez más coercitiva.
El tono beligerante del mandatario estadounidense atravesó buena parte de los debates del encuentro internacional. Sus declaraciones sobre Groenlandia, las advertencias reiteradas a los socios de la OTAN y el impulso a la controvertida Junta por la Paz, concebida bajo control directo de la Casa Blanca, fueron leídas como parte de una estrategia de presión permanente. Para varios especialistas, se trata de un esquema que combina provocación discursiva y amenaza material, un recurso clásico de negociación asimétrica propio de contextos de poder concentrado, donde la fuerza sustituye progresivamente a la regla.
La escena que mejor resumió esa lógica se produjo tras el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, uno de los más valorados del encuentro. Molesto por la repercusión que alcanzaron sus palabras, Trump respondió con una frase que evocó lógicas imperiales de otra época. “Canadá existe gracias a Estados Unidos. La próxima vez que hagas declaraciones, recordá eso, Mark”, lanzó. Más allá del impacto inmediato, el comentario dejó al descubierto una concepción jerárquica de las relaciones internacionales, más cercana a la noción de tutela que a la de alianza, donde los socios aparecen como actores subordinados cuya legitimidad depende del aval de Washington.
La reacción del mandatario estadounidense terminó reforzando el contraste con el mensaje de Carney. Sin mencionarlo de manera directa, el líder canadiense había cuestionado un sistema internacional dominado por la rivalidad entre grandes potencias, en el que el comercio, los aranceles y las sanciones operan como instrumentos de coerción política. Su llamado a una mayor articulación de las potencias intermedias, resumido en la advertencia de que “si no estamos sentados a la mesa, estamos en el menú”, resonó entre delegaciones que buscan escapar de una lógica binaria de suma cero.
Las críticas no se limitaron a Canadá. El viceprimer ministro chino, He Lifeng, advirtió que “unos pocos países no deberían tener privilegios basados en el interés propio, y el mundo no puede volver a la ley de la selva donde los fuertes se aprovechan de los débiles”. En la misma línea, el presidente francés Emmanuel Macron alertó sobre el riesgo de avanzar hacia un mundo sin reglas y defendió la vigencia de un orden internacional sustentado en normas, previsibilidad y cooperación. Para varios observadores, estas intervenciones remitieron a los principios fundacionales del sistema multilateral moderno, diseñado precisamente para limitar la arbitrariedad del poder y reducir la recurrencia del conflicto abierto.
Desde el plano económico, la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, añadió otra capa al debate al advertir sobre el agravamiento de la desigualdad y la concentración de la riqueza. Un proceso que atraviesa incluso a las economías centrales y que amenaza con profundizar tensiones sociales y políticas a escala global, con efectos directos sobre la estabilidad democrática y la gobernabilidad.
En ese contexto, el hartazgo con Trump también se reflejó en la negativa de varias potencias y aliados tradicionales de Estados Unidos a sumarse a la denominada Junta por la Paz. La iniciativa despertó fuertes reparos por su posible impacto sobre el rol del Consejo de Seguridad de la ONU y el entramado institucional construido tras 1945, al abrir la puerta a mecanismos paralelos de intervención internacional carentes de controles multilaterales claros.
No fue casual que, en ese marco, se recordaran las palabras del secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, quien supo definir a la ONU como algo más que una institución y la describió como “una promesa viva de cooperación internacional”. La creación de un organismo alternativo bajo liderazgo exclusivo de Washington fue interpretada, en ese sentido, como una señal de desconfianza hacia los mecanismos colectivos existentes y como un síntoma de la actual crisis de gobernanza global.
En un escenario atravesado por conflictos armados, disputas territoriales y guerras comerciales, la idea de una Junta por la Paz presidida sin límites temporales por Trump despierta más escepticismo que certezas. “Podemos hacer prácticamente lo que queramos”, llegó a decir el propio mandatario durante su presentación, una frase que sintetiza la lógica de excepcionalidad con la que se ha venido moviendo la política exterior estadounidense.
Davos dejó una conclusión difícil de ignorar. Cuando el lenguaje de la fuerza se naturaliza, incluso los actores más moderados comienzan a reorganizarse en clave defensiva. La incógnita ya no es sólo si ese rechazo compartido alcanzará para frenar la deriva hegemónica, sino si será suficiente para recomponer algún tipo de orden internacional capaz de articular poder, reglas y legitimidad, sin volver – una vez más – a quedar a merced del más fuerte.
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