
También México otorga premios y distinciones que llevan nombres de grandes autores: los Premios Internacionales “Carlos Fuentes” y “Alfonso Reyes” (los da el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México); el Premio “Sor Juana Inés de la Cruz” (para mujeres novelistas en idioma español, entregado durante la Feria del Libro de Guadalajara); incluso en el Premio “Juan Rulfo”, que es otorgado en París, coparticipa el Instituto de México en esa capital.
Chile, por su parte, entrega los premios de Poesía “Pablo Neruda” y de Narrativa “Manuel Rojas” (por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, que suele entregar en mano el/la presidente/a de la República). Y la Universidad de Talca da el Premio Iberoamericano de Letras “José Donoso”.Algunos de estos premios son a trayectoria, otros a una obra puntual, y varias veces fueron argentinos y argentinas quienes ganaron. En una revisión, he visto que se otorgan sin pausas desde que se instituyeron. Unos son importantes en dinero, otros no tanto, pero todos lo son en el fuerte reconocimiento cultural y social, dentro y fuera de sus fronteras.
En otros países de América Latina (como Venezuela, donde cada dos años se da el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”) y del mundo abundan casos así. No en nuestro país. No tenemos premios de relevancia nacional e internacional -y sostenidos en el tiempo- denominados José Hernández, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar (bajo este nombre se da en Cuba un Premio Iberoamericano de Cuento), Leopoldo Marechal, Ernesto Sabato, ni de ningún otro escritor entre los mayores de la Argentina, salvo el Premio Nacional de Poesía “Storni”, que organizan el Ministerio de Cultura de la Nación y el Centro Cultural Néstor Kirchner, pero que tiene tres años de vida.
Aumentando mi tormento, como dice un tango, recuerdo la sistemática “devaluación” (sin que esto signifique falta de mérito de quienes los obtienen) de los premios nacionales y municipales, con sus historias de suspensiones o incumplimientos. Aunque ha ocurrido lo mismo con concursos y premios que surgieron de empresas o de fundaciones. Digamos que, por curiosa suerte, al menos no llevaban el nombre de un gran autor. A esta altura del partido creo que se trata de una maldición. Eso sí, una maldición autoinfligida.
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