La memoria

Por: Ricardo Gotta

Segundos después, Néstor contaría que veía en los que levantaban las manos a todos los que «creímos y seguimos creyendo que este país se puede cambiar”. Abría las puertas de la ESMA. Abría las puertas del infierno. Un miércoles soleado, 24 de marzo de 2004. De pronto, miles y miles ingresaron lento, con un paso que parecía cansino pero que era ni más ni menos el que autorizaba la emoción medida en la densidad del aire, en las sombras del pasado, en la libertad que auguraba ese presente. Ese día se iluminaba un futuro alimentado por la verdad, la memoria y la justicia.

Fueron miles, entre los que se encontraba este cronista. Aquélla tarde la conmoción se tradujo en un llanto franco por los viejos amores que no están. Un llanto compartido, solidario, aliviador, con el de al lado, con el que juntos somos más que dos. Que no mancha la alegría sino que la valoriza. Fueron miles, como una procesión, iban y venían por los caminos, esquivando a los fantasmas, hurgando por los rincones del parque de ese edificio de las historias más siniestras. Desde ese día, con la promesa cumplida, convertido en epicentro de vida, fuerza, energía. También de historia.

Esa remanida presunta contradicción: en una ocasión, Estela de Carlotto, antes incluso de reencontrase con Guido, destrozó el muro de los prejuicios, al confesar, sonriente, desde su sillón de Abuelas: «No es casualidad. Se brinda, se festeja, se hace un homenaje a la vida. Lo hago por mis hijos, mis once nietos y por los otros chicos. Para que no pase más. Para que no tengan miedos».

-¿Llora mucho?

-Sí, pero enseguida busco mentalmente la compensación. Encontrar a un nieto es un milagro.

Néstor tenía atrás a Cristina. Hablaba. Su palabra tenía un eco: el siseo del viento entremezclado en la vibración de las almas emocionadas de los que escuchaban. «Fueron muchas ilusiones, sueños.

Creímos en serio que se podría conseguir una patria diferente». Habló de los enemigos que aguardaban agazapados: “Está en ustedes que nunca más vuelva la oscuridad a la Argentina”.

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Uno de tantos regresos, otro tránsito emotivo por ese espacio en el que como en ningún otro se mixtura horror, recuerdos y belleza. Este escriba participó, a mediados de la década pasada, en la presentación, junto a otros, de su propio libro, referido al fútbol, al Mundial ’78, pero fundamentalmente a la Argentina trágica de la dictadura. Algunos cientos de estudiantes adolescentes convocados por TEA se sumieron en un clima de majestuoso silencio cuando desde el estrado se recordó que a metros, al lado de cada uno de ellos y de cada uno de nosotros, se torturó, se vejó, se mató. Que ahí, al alcance de los dedos, estaba la Pecera, o Capucha, Los Jorges o el Sótano.

Y que ahora, allí mismo, en la misma dimensión del universo, se recuerda y se llora, también se ríe, se canta, se festeja. No hay resarcimiento más virtuoso, digno y hermoso que ese giro del destino. Tal vez por eso, en ellos genere tanto odio.

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Es sábado y anochece. Es Cristina, quien habla a su feligresía, allá en Quilmes: acá los parlantes hacen tronar su voz entre los añosos árboles que rodean el pabellón del Espacio Cultural Nuestros Hijos. El Ecunhi cumple 16 años, algunos menos que los 47 delas Madres. Pasó hace una semana, pero este diario sólo se imprime los domingos. Fue un nuevo paso por la ESMA de este periodista que se disculpa por la autoreferencia y el insumiso impulso de trasmitir una recurrente historia de amor y de lágrimas.

Ahora el que va a estar ahí adelante es León. Que quede claro: León es Gieco, ningún otro. También eso nos quiere robar el cúmulo de mequetrefes títeres que coparon la Rosada y que ya nos arrebataron, nada menos, el concepto de libertad, que no es la que avanza, precisamente.

Volvamos al camino de la dignidad. El que va a estar ahí es León. Estamos en el patio central del edificio: en derredor, las paredes dibujadas de alegría, salones coloridos de vida; arriba y en el sótano, aulas en la que se enseñaban cuestiones de milicadas. Siempre un contraste revelador. En las escaleras, el eternauta con la cara de Néstor. Alguien regala un palillo con un pañuelito blanco de papel como bandera en una punta y las lágrimas ruedan por enésima vez. En el escenario se acomoda un racimo florido: Los Tamborcitos, una decena de chiques que conmueven con su percusión reflejada en un par de temas de León. De inmediato, el Coro, ya con gente con muchas canas, que eleva la magia a la altura que permite La Memoria. La emoción no impide que la sala gire en la nube del tiempo y la distancia.

Uff, y aún faltaba la entrega del pañuelo. Rodeado de cinco Madres, las que ahora apenas pueden con sus años pero que pudieron, ellas que bailaban solas, con la Dictadura. Visitación Folguerias de Loyola, Josefa Pina de Fiore, Irene de Chueque, Sara Mrad, Carmen Arias. En todas ellas, en todos nosotros está el espíritu de Hebe. «Aparición con vida de los desaparecidos. Asociación Madres de Plaza de Mayo»: el incomparable triángulo de tela blanca con letras bordadas en hilo azul: Rosita de Camarotti empuñó la aguja hasta que murió. Es el primer pañuelo que se entrega tras la partida de Bonafini.

Él se lo pone al cuello y les dice a las viejas locas lo que les decimos todos: “Siempre voy a estar con ustedes”. Giró en sí mismo y advirtió: “Que no importe que el gobierno no ponga un peso” parael Ecunhi; un grupo de artistas hará representaciones para financiarlo. Luego ató el pañuelo al fierro del micrófono, se calzó la armónica, pulsó la guitarra y cantó. En una de esas arrancó con el inigualable «yo era un hombre bueno…» y definitivamente espantó a los fantasmas de la ESMA para que todos sean el de Canterville. Al fin, el millar que allí estábamos resucitó a los que “tantas veces mataron”, con la voz quebrada y el pecho en un puño, «cantando al sol como la cigarra”.

León, en su himno, proclama con certeza que todo está guardado, clavado, escondido, cargado en la memoria y que es sueño, espina, refugio, arma de la vida y de la historia. En aquél 2004, Néstor aseguró: “No es rencor ni odio sino justicia ante la atrocidad”. Quién dijo que 20 años no son nada. Porque, aunque hagan esfuerzos denodados para imponer el negacionismo…

Son 30.000. Ahora y siempre. «

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