La montaña que perdió el pasaporte

Por: Boris Cane

Entre el luto por la pérdida de Nagorno Karabaj y el frío pragmatismo de un gobierno que retira la silueta del monte Ararat de sus pasaportes, Armenia debate su destino frente a las potencias globales que observan sus tierras no como símbolos de identidad, sino como un estratégico corredor de minerales y vías férreas.

UNO. Al amanecer, Ereván despierta bajo una luz color durazno. Los kioscos levantan sus persianas metálicas con un estrépito familiar. Un vendedor acomoda verduras sobre cajones de madera. Un trolebús azul avanza entre edificios de toba volcánica. Sobre la ciudad flota una presencia antigua. Es el Ararat.

A esa hora, la cumbre nevada parece tan cercana que cualquiera podría imaginar una caminata hasta sus laderas. La ilusión dura apenas unos segundos. Después aparece la realidad. La montaña se encuentra en Turquía.

Los armenios crecieron con esa contradicción. Contemplan la montaña desde balcones, parques y ventanas de oficina. Forma parte del paisaje cotidiano con la naturalidad de una fotografía familiar apoyada sobre una cómoda. Sin embargo, permanece fuera de alcance.

Pocas elevaciones cargan semejante equipaje emocional. En torno a sus perfiles se acumulan relatos bíblicos, canciones populares, tragedias históricas y nostalgias heredadas. Ahí convergen las sombras de 1915, las caravanas del exilio y la dispersión de una diáspora armenia que aprendió a reconocer su patria a miles de kilómetros de distancia.

Por eso, cuando las autoridades del país retiraron recientemente la silueta del Ararat de los sellos que estampan los cruces fronterizos y de los pasaportes, el episodio escapó de los límites de una decisión burocrática. La noticia despertó algo más profundo. Como sucede con ciertos objetos domésticos, el valor residía menos en la materia que en aquello que representaba.

La tinta desapareció. El símbolo permaneció sobre la mesa.

DOS. La discusión encontró a Armenia en una etapa de incertidumbre. La derrota frente a Azerbaiyán en 2020 alteró convicciones que parecían sólidas. Tres años después llegó el desenlace de Nagorno Karabaj. Familias enteras cruzaron caminos de montaña con valijas apuradas y documentos arrugados en los bolsillos. Detrás quedaron casas, tumbas, escuelas y recuerdos.

La política comenzó entonces a girar alrededor de una pregunta elemental. ¿Qué clase de país emerge después de una pérdida semejante?

El primer ministro Nikol Pashinian respondió con una apuesta pragmática. Busca estabilizar relaciones con los vecinos, consolidar las fronteras reconocidas por la comunidad internacional y reducir el nivel de confrontación regional. Dentro de esa lógica encaja el episodio del Ararat. Los emblemas también participan de las negociaciones. Cada detalle transmite señales.

Sus detractores, en cambio, observan otra secuencia. Ven concesiones sucesivas. Primero un territorio. Luego un relato. Más tarde un emblema. El temor circula en los medios. Ninguna nación entrega una parte de su imaginario sin provocar inquietud.

Mientras tanto, una partida mucho más amplia se desarrolla sobre el tablero caucásico.

En la provincia de Syunik, al sur del país, las colinas guardan reservas de molibdeno, cobre y otros minerales codiciados por industrias tecnológicas y complejos militares. Durante décadas, aquellos yacimientos ocuparon un lugar secundario en la conversación internacional. Hoy aparecen en informes financieros, estudios energéticos y documentos de seguridad.

Las razones resultan sencillas. Un smartphone, una turbina, un reactor o un sistema de defensa requieren materias primas específicas. Quien controla ciertos recursos adquiere influencia. Quien garantiza corredores de transporte acumula ventajas.

Ahí entra en escena Zangezur. Para Ankara representa una vía de conexión hacia Asia Central. Para Bakú significa continuidad territorial. Bruselas identifica una alternativa logística entre Europa y Oriente. Moscú calcula márgenes de influencia en un espacio que durante generaciones consideró propio.

Y Armenia ocupa el centro geográfico de todas esas ambiciones.

El contraste posee algo de tragedia. Una sociedad debate el destino de una montaña mientras las potencias examinan vetas minerales, vías férreas y corredores comerciales. Los habitantes hablan de pertenencia. Los estrategas hablan de flujos. Ambos observan el mismo paisaje.

El Ararat contempla esta escena también desde la distancia.

El monte Ararat.

TRES. Las naciones imaginan que gobiernan sus símbolos. Con el tiempo descubren otra cosa. Los símbolos terminan gobernando a las naciones.

La polémica alrededor del Ararat coincide con una Armenia que busca redefinirse después de una década convulsionada. Las elecciones parlamentarias del 8 de junio ofrecieron una fotografía precisa de esa tensión. Pashinian conservó el poder con el 49,81% de los votos. La cifra le alcanza para formar gobierno. También revela un país partido en mitades que observan horizontes distintos.

La campaña dejó heridas visibles. La oposición denunció presiones oficiales, condiciones desiguales y una cancha inclinada a favor del oficialismo. Pashinian respondió con una victoria suficiente para continuar su proyecto político, aunque demasiado estrecha para disipar las dudas.

En Ereván, la discusión ya supera los nombres propios. La verdadera pregunta gira alrededor del rumbo del país. El primer ministro impulsa un acercamiento gradual hacia Europa y Estados Unidos. Varios analistas del otro arco describen el momento con una mezcla de preocupación y resignación: observan a Armenia alejarse lentamente de las estructuras construidas alrededor de Rusia mientras intenta conservar los beneficios económicos que esas mismas estructuras le ofrecen.

El resultado deja abiertas varias incógnitas. Pashinian prometió impulsar reformas constitucionales que podrían eliminar referencias históricas a Nagorno Karabaj, una exigencia central para la firma de un acuerdo definitivo con Azerbaiyán. La matemática parlamentaria sugiere una negociación compleja. El clima político anticipa una discusión todavía más áspera.

Al caer la tarde, sin embargo, todas esas disputas parecen pequeñas frente al perfil blanco que domina el horizonte de Ereván. Los gobiernos negocian corredores. Las potencias calculan zonas de influencia. Los economistas estudian minerales y mercados. Los políticos cuentan votos.

Quizás allí resida la ironía de esta historia. Armenia cree discutir su futuro.

La montaña contempla a todos por igual. Y mientras los hombres cambian de aliados, de discursos y de mapas, ella continúa donde siempre estuvo, como si supiera algo que el resto todavía intenta comprender. «

Historia por tres

1. Creación: Armenia adopta el cristianismo en 301 d.C., sostiene lengua propia, Iglesia apostólica y una identidad resistente a invasiones, pérdidas territoriales y exilios
sucesivos.
2.Demografía y diáspora: Tiene unos 2,8 millones de habitantes y una diáspora cercana a 10 millones en Rusia, Francia, Estados Unidos y Argentina, donde el equipo de fútbol Deportivo Armenio (1962) confirma que la patria también puede jugar en el ascenso.
3. URSS y modernidad: Integrada a la Unión Soviética en 1922 e independiente desde 1991, registra un PBI per cápita cercano a 8.000 dólares y vive entre el conflicto con Azerbaiyán y el equilibrio inestable entre Rusia y Occidente.

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