La película de Ignacio Ascúa sigue a una actriz que, después de perder un protagónico, entra en contacto con una activista ambiental y empieza a revisar sus propias ideas sobre quienes defienden el territorio. El director incorpora a personas reales y situaciones registradas durante la cuarentena.

La película sigue a Marina, una actriz que pierde su primer protagónico a causa de la pandemia. En medio de la frustración y la incertidumbre, conoce a una activista ambiental que la obliga a revisar sus prejuicios y a preguntarse qué lugar quiere ocupar frente a los conflictos que atraviesan su tiempo. El resultado es una obra que mezcla ficción y documental hasta volver difusa la frontera entre ambos lenguajes.
Diseñador de Imagen y Sonido por la UBA y realizador del premiado cortometraje documental Lo que perdí en el fuego, Ascúa construyó una película atravesada por experiencias reales, por imágenes captadas en plena cuarentena y por la participación de activistas que terminaron actuando delante y detrás de la cámara. En esta charla, el director habla sobre el origen del proyecto, la potencia de la ficción para generar identificación y los prejuicios que él mismo fue desmontando durante el proceso.
—¿Cómo nació La mujer de fuego?
—La película surge a partir de registros documentales que hice yo mismo durante la cuarentena. En ese momento estaba realizando videos y coberturas vinculadas al activismo ambiental y empecé a acumular muchísimo material. Sentía que quería hacer algo con esas imágenes, aunque todavía no sabía qué. Había movilizaciones contra las megagranjas porcinas chinas, contra los incendios en Córdoba y la Patagonia, y mucha gente joven saliendo a la calle. Empecé a seguir intuitivamente a algunas personas y, sobre todo, a mujeres referentes de esos espacios.
—¿En qué momento decidiste que no sería un documental?
—Cuando empecé a revisar el material entendí que lo que quería contar era la historia de una persona. Me interesaba seguir a una artista que atravesara un proceso de transformación al entrar en contacto con el activismo socioambiental. Ahí apareció la ficción. Pero al mismo tiempo no quería perder la potencia de todo aquello que había registrado. Por eso la película es una ficción construida con muchísimas escenas nacidas de material documental.
—La frontera entre documental y ficción parece uno de los ejes de la película.
—Sí, porque uno entra en la historia de Marina como si fuera una ficción tradicional. Pero cuando ella sale de la cuarentena y empieza a recorrer la calle, aparecen momentos en los que no sabés bien qué estás viendo. Creo que ahí está una de las cosas más interesantes de la película. Hay escenas reales, acciones que efectivamente ocurrieron, personas que estaban allí. Ese nivel de realismo genera una identificación muy fuerte.
—Además de la pandemia, la película habla de militancia ambiental. ¿Qué te interesaba mostrar?
—Yo no me consideraba un activista socioambiental, pero sí alguien muy sensible a esos temas. Soy de Santa Fe y convivimos con cuestiones como la quema de humedales, los incendios o el impacto de la agroindustria. Son problemas que están cerca y que nos afectan aunque muchas veces no sepamos cómo. Lo que quería era acercarme a las personas que salen a defender esos territorios y romper ciertos prejuicios.
—¿Qué prejuicios?
—Muchas veces se instala la idea de que los activistas son personas que no trabajan o que no tienen otra cosa que hacer. Yo mismo tenía algunas de esas miradas incorporadas. Y filmando descubrí algo muy distinto: personas comunes, con familias, empleos y preocupaciones cotidianas, que además sienten la necesidad de involucrarse en una causa. Eso fue muy importante para mí y terminó siendo también el conflicto de la protagonista.
—¿Esa experiencia también te transformó personalmente?
—Totalmente. Muchas de las personas que conocí terminaron actuando en la película, haciendo de sí mismas. Otras participaron en la producción. Sin darme cuenta, yo también estaba haciendo activismo a través de la película. Mi búsqueda era encontrar una forma propia de hablar de estos temas y la encontré haciendo cine.
—¿Cómo fue la recepción de la película?
—La verdad es que estoy muy sorprendido y feliz. Es una película que nació de una producción pequeña y tuvo un recorrido que no esperaba. Recibió una mención especial en el Festival de la UBA, ganó como Mejor Largometraje en el Festival de Cine Social de Río Negro y viene recorriendo los Espacios INCAA de distintas provincias. Lo más lindo son los comentarios de la gente que se siente identificada con Marina, con la pandemia o con las luchas ambientales.
—¿Qué expectativas tenés para este estreno en salas?
—Me entusiasma mucho porque permite el encuentro con el público. La película viene resonando especialmente en lugares donde estas problemáticas están muy presentes. Y me gusta que siga generando preguntas. Más que dar respuestas, la película invita a pensar cuál es nuestro vínculo con el territorio y qué hacemos frente a aquello que nos afecta. El estreno iba a ser el 6 de agosto, ahora el estreno va a ser el viernes 7 por la movilización que hay el jueves. Así que nada, me parece muy bueno también que ese día podamos destinarlo a ir a la calle, que en este caso es algo fundamental para el país.
Dirección: Ignacio Ascúa. Elenco: Mariana Bruno y Mora Arenillas. Hasta el miércoles 12 de agosto, a las 21:30, en el Cine Gaumont, Avenida Rivadavia 1635. El jueves 13 de agosto, a las 19, en Sala Lúcida, Av. Cabildo 4740.
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