La normalización de la ira y la fragilidad de los vínculos, en la Argentina de Javier Milei

Por: Eduardo Marostica

Las actuaciones de violencia del presidente elevan la temperatura del clima social. Su discurso irrumpe desde lo público y ciertos lugares de poder, para instalarse en redes y medios, donde se habilitan narrativas de intolerancia y desprecio hacia quien no piensa igual. Y estos mensajes también ingresan a nuestro hogar.

Vivimos tiempos de redes sociales, donde se ha instalado una lógica comunicacional-emocional que prima por sobre lo racional. Algunos de estos temas son planteados por la filósofa catalana Victoria Camps en su libro El gobierno de las emociones, donde reflexiona acerca de las emociones que, surgidas a partir de creencias, terminan comandando nuestras acciones sin que medie reflexión. ¿Acaso basta con creer fervientemente en una idea para suponer que es la única válida y que tenemos razón? ¿Existen las verdades absolutas, una sola manera de interpretar la realidad? 

En ese sentido, observamos con preocupación un fenómeno nuevo para la Argentina: el de un flamante presidente de la Nación que parece vivir enceguecido por la ira y vocifera a diario contra todos, todas, abonando las grietas existentes, por supuesto, pero también apuntando a los vínculos que tejemos en sociedad. Este comportamiento de macho patriarcal -“se hace lo que yo digo o sino los hago fundir”- no hace otra cosa que plantear relatos polarizados que no dan lugar a grises ni tonalidades: “Estás conmigo o contra mí”. Escuchamos enajenado a nuestro presidente tildar de ratas, ladrones y corruptos a cuanto legislador, periodista o artista se exprese en contra de su pensamiento y su proceder totalitarios. Y reparte a diestra y siniestra.

El punto es que estas actuaciones, desde la investidura presidencial, elevan la temperatura del clima social ya que estos dichos se internalizan. Hay un movimiento que lleva a estos discursos a irrumpir desde lo público y ciertos lugares de poder, para instalarse luego en redes y medios de comunicación, donde se habilitan narrativas de intolerancia y desprecio hacia quien no piensa igual: un otro que se convierte en amenaza. Y estos mensajes también ingresan a nuestro hogar, al ámbito doméstico donde los vínculos suelen protegernos de las hostilidades del exterior. Ese refugio de nuestra subjetividad comienza a verse amenazado porque la plata no alcanza, pero también por otras cuestiones no menores. 

Para los varones patriarcales, estos escenarios de fragilidad económica detonan crisis subjetivas y dañinos saberes internos que suelen expresarse a través de mandatos machistas, como el del macho proveedor. ¿Qué ocurre con la autopercepción de la masculinidad cuando, debido al contexto, se vuelve casi imposible proveer? ¿Cómo se transita esta suerte de depreciación de la virilidad? ¿Cómo compensa el patriarcado esta sensación? En muchos casos, sin duda, a costa de resentir los vínculos, con comportamientos violentos del varón hacia su pareja o hacia quien se le cruce en casa, porque no se banca no tener la potencia para proveer

El primer mandatario de un país no debería andar descalificando, insultando y menos áun amenazando mientras hace gala de la bandera de una libertad que no está dispuesto a compartir. Sus recurrentes declaraciones coléricas están muy lejos de pretender o propiciar una construcción política. Por el contrario, se transforman en un evidente recurso destructivo: resienten el tejido social, abonan la angustia y malestar colectivos y fragilizan las relaciones al interior de las familias.

*Psicólogo y docente rosarino (UNR), especialista en Docencia Universitaria por la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) y autor del nuevo libro «Los príncipes azules destiñen: supervivencia masculina en tiempos de deconstrucción» (Galáctica Ediciones 2023).

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