La operación secreta para que los trabajadores festejen su propio ajuste

Por: Mariano Quiroga

Detrás de la reforma laboral que propone la LLA hay una ingeniería de percepciones diseñada para que el que pierde derechos crea que lo están liberando.

Hay preguntas que un gobierno nunca debería hacerle a la ciudadanía. Pero hay una que el núcleo duro de La Libertad Avanza no solo se hizo, sino que respondió con una maquinaria de precisión suiza: ¿cómo hacemos para que un trabajador acepte una reforma que lo perjudica?

No es una pregunta menor. Los equipos económicos del oficialismo saben, porque sus propios asesores se lo dijeron, que la reforma laboral que impulsan reduce el costo del despido, individualiza la negociación, transfiere riesgo del empleador al empleado. Saben que, en términos materiales, es un retroceso en derechos. Saben que, si el trabajador comprende eso, vota en contra. Entonces el problema no es económico: es comunicacional. Pero ni siquiera. Es más profundo. Es cultural.

Lo que el espacio libertario necesita no es explicar mejor la reforma. Necesita reprogramar el significado del trabajo, del derecho, del perjuicio. Necesita que el trabajador no solo acepte la pérdida, sino que la festeje como una conquista. Y para eso no alcanza un eslogan. Se necesita un método. Ese método tiene nombre y apellido: Frank Luntz.

Luntz no es un teórico de la comunicación ni un académico de salón. Es un mercenario del lenguaje. Durante treinta años enseñó al Partido Republicano que los hechos no importan: importa el marco mental. Su método es empírico, casi quirúrgico. Junta votantes indecisos, les coloca un dial en la mano y mide en tiempo real qué palabras activan miedo, bronca, orgullo o culpa. Después fabrica un diccionario paralelo y lo replica hasta la saturación. No refuta al adversario: cambia el tablero. Y cuando el tablero cambia, el que pierde derechos cree que lo están liberando.

Eso es exactamente lo que está pasando con la reforma laboral en Argentina. No es una operación improvisada. Es ingeniería de percepciones aplicada con disciplina militar.

El primer movimiento es siempre el mismo: cambiar la palabra central del debate. Durante décadas, los trabajadores argentinos entendieron que tenían derechos. Eso fue un problema para el mileísmo desde el primer día. Porque no se puede sacar un derecho sin generar rechazo. A menos que ese derecho deje de llamarse derecho y pase a llamarse privilegio. El salto semántico es sutil pero devastador: el trabajador registrado, el que tiene indemnización, el que negocia colectivamente, deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en un privilegiado que le cierra la puerta al pibe que busca su primer empleo. La bronca se desplaza del patrón al compañero. El enemigo ya no es el que te explota, es el que tiene algo que vos no tenés.

Así, cuando el gobierno dice “vamos a sacarle el privilegio a la casta sindical”, el trabajador activo escucha “privilegio” y piensa en el otro. El joven sin trabajo escucha “primer laburo” y se siente representado. La gestión libertaria no está reduciendo derechos: está igualando para abajo, pero presentado como justicia social. El que pierde siente culpa. El que gana siente orgullo. Y ambos celebran.

El segundo movimiento es la inversión del perjuicio. Luntz lo enseñó hace décadas: nunca digas lo que vas a sacar; decí lo que vas a dar. El oficialismo no puede decir “vamos a facilitar el despido”. Eso suena a amenaza. Entonces dice “vamos a dar libertad de contratación”. No dice “vamos a eliminar la indemnización”, dice “vamos a sacar una traba que te impedía conseguir trabajo”. El trabajador no pierde un derecho: pierde una atadura. No es víctima de un recorte: es protagonista de su propia liberación.

El giro es magistral. El que queda desprotegido no se siente desprotegido. Se siente liviano. Se siente libre. Agradece.

Pero el framing no funciona solo con palabras bonitas. Necesita un villano. Luntz lo comprobó en los años noventa: la bronca social no se dirige al que tiene más, se dirige al que tiene algo que yo no tengo y no merece. En Argentina, la figura del empleador es difusa, lejana, a veces incluso abstracta. La figura del sindicalista, en cambio, es concreta, visible, a menudo con privilegios reales y ostentosos. La estrategia libertaria entendió eso mejor que nadie. Por eso no hablan de empresarios que se quieren enriquecer. Hablan de la casta sindical que vive de tus derechos.

El trabajador deja de ver al sindicato como su herramienta de defensa. Lo ve como su carcelero. Cuando la reforma elimina un derecho, no lo percibe como una pérdida: lo percibe como un golpe al sindicalista. El oficialismo no le está sacando nada al laburante: le está sacando herramientas al enemigo del laburante. Y el laburante celebra.

Después viene el frame del mérito. Luntz descubrió que, para ciertos segmentos, la palabra “mérito” es más poderosa que “igualdad”. El mileísmo lo traslada al mundo del trabajo con eficacia letal: el empleo protegido es “asistencialismo”, “plan”, “no te esforzás”. El empleo desregulado es “te la jugás”, “emprendés”, “sos libre”. Se construye el arquetipo del pibe que quiere laburar pero no puede porque las leyes se lo impiden. Se contrapone al empleado público o sindicalizado que vive de privilegios. El trabajador precarizado deja de querer un empleo formal: empieza a despreciar al que lo tiene.

Ahí la operación alcanza su punto más alto. Porque la reforma laboral ya no es una herramienta para que las empresas contraten más barato. Es una herramienta de justicia social. Iguala hacia abajo, sí, pero lo hace en nombre del mérito: ahora todos vamos a tener que esforzarnos igual. El que pierde derechos no exige, aplaude.

El momento más brillante de Luntz, sin embargo, es otro: cuando logra que la gente vote contra sus propios intereses materiales y lo sienta como una victoria moral. La gestión libertaria replica esa mecánica con precisión. El frame es siempre el mismo: la casta política y sindical te tiene dominado mediante derechos que te convierten en un esclavo dorado. Te saco esos derechos, pero te doy libertad. El trabajador que pierde estabilidad no se siente perjudicado: se siente protagonista de su propio rito de pasaje. Aceptar la precarización es probar que sos un adulto que no necesita tutela estatal. Es, de algún modo, un acto de hombría.

Esto ya no es comunicación política. Es batalla cultural en estado puro. Transformar una derrota material en una victoria simbólica. Hacer que el esclavo ame sus cadenas. O mejor: hacer que las llame alas.

Javier Milei, además, no delega. Él mismo es el frameador en jefe. Repite “casta sindical” en cada cadena nacional. Contrapone “trabajadores libres” a “esclavos del Estado”. Nunca dice “reforma laboral”, dice “Ley de Empleo Joven” o “Ley de Libertad de Contratación”. Asocia derecho laboral con costo, con desempleo, con pobreza. El votante internaliza que defender derechos es defender la pobreza. La única forma de ser ético, entonces, es aceptar la desregulación.

Cuando el presidente siembra, la militancia riega. El frame se replica en cuentas libertarias, en memes, en TikToks. Un pibe en moto dice “yo no quiero indemnización, quiero laburar”. Un gráfico explica que “un empleado con indemnización le cuesta cuarenta por ciento más a la empresa, ese cuarenta por ciento es tu aguinaldo que le das al sindicalista”. Una consigna se vuelve viral: “Que laburen todos, no que mantengamos vagos”.

El trabajador que acepta la reforma no lo hace por convicción técnica. Lo hace porque su grupo de pertenencia —el espacio libertario— define la aceptación como un acto de lealtad identitaria. Rechazar el frame es ser un tibio, un zurdo, un casta. Y nadie quiere ser eso.

El objetivo estratégico de La Libertad Avanza, en esto, no es ganar una votación en el Congreso. Es mucho más ambicioso: volver impensable la defensa del derecho laboral. Cuando un pibe de veinte años diga “la indemnización es un curro”, cuando un empleado en negro diga “yo soy más libre que el de blanco”, cuando un despedido diga “no me echaron, me liberaron”, la reforma ya no necesitará ser aprobada por ley. Ya estará aprobada en las cabezas. Y cuando la mayoría cree que el derecho es un privilegio, ningún gobierno futuro podrá restaurarlo sin ser acusado de volver a esclavizar al pueblo.

Eso es lo que está en juego. No es una reforma. Es la deslegitimación del contrato social que Argentina construyó durante un siglo. El oficialismo busca instalar, con el método Luntz, que el trabajo no es un derecho sino una mercancía, que el Estado no debe proteger al débil sino liberarlo del Estado mismo, que la desigualdad no es un problema sino un resultado del mérito.

La gestión libertaria sabe que la reforma perjudica al trabajador individual en el corto y mediano plazo. Sabe que reduce su poder de negociación, que aumenta su incertidumbre, que abarata su despido. Pero eso no importa. Porque la batalla no es económica: es simbólica. El trabajador no debe sentir que perdió un derecho. Debe sentir que se sacó de encima un privilegio ajeno. Debe sentir que ahora es más libre, más adulto, más argentino de bien.

Cuando Luntz dice “no importa la verdad, importa el marco mental”, está describiendo exactamente esto: la verdad material del perjuicio es irrelevante si la percepción emocional es de liberación. La Libertad Avanza no busca que el pueblo entienda la reforma. Busca que el pueblo celebre su propio perjuicio como un triunfo moral contra la casta.

Y si lo logra, habrá ganado la batalla cultural más profunda de la historia argentina: la que convence al esclavo de que sus cadenas son alas.

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