La remontada peronista y la eficacia política del miedo

Por: Hernán Camarero

En una nota de opinión en este mismo diario del 15 de agosto, tras las elecciones de las PASO, expresé acerca del triunfo de Milei: “¿Le va a alcanzar para proyectarlo en octubre? Me permito dudar. La contraofensiva de Massa, arropada por peronistas y progresistas, será muy grande, intentando construir los necesarios temores a la arremetida libertaria y también cambiemita”. Se cumplió ese pronóstico y el dato de la elección fue la remontada peronista que, si bien lo coloca en un piso electoral bajo en sus términos históricos, le insufla vida a un cuerpo antes casi exangüe y lo dota de una pasajera, aunque cierta, épica de la recuperación.

En agosto Massa apenas había obtenido el 21,43% de los votos para su candidatura, que luego podría absorber el 5,85% logrado por Grabois. Pero el salto al casi 37% actual (posiblemente eso arroje el escrutinio definitivo) no era tan esperable. Parece probable que la mayor parte de los casi 2.200.000 de votantes que ahora sufragaron, y antes no lo habían hecho en las PASO, ahora lo hayan hecho por el representante de Unión por la Patria (UP). Esto contrasta con el estancamiento de Milei, clavado en el mismo porcentaje de menos del 30%, y el derrumbe de Juntos por el Cambio (JxC), que perdió más de 4 puntos como coalición y cuya candidata Bullrich no llegó siquiera a capturar todos los votos de Larreta, su contrincante en la interna de las PASO.

La explicación de este resultado remite a varios factores. El peronismo había sufrido una afrenta inédita en agosto, que amenazaba sus fuentes de poder e influencia. Anestesiado por la crisis económica y política que sacude a su gestión gubernamental (e incluso a su propio candidato-ministro) había quedado en situación de cierta pasividad, sin mover buena parte de sus bases militantes y de recursos.

Pero Massa se lanzó a la acción política, disponiendo de la ventaja única de manejar la botonera estatal. En medio de las penurias agravadas por la fuerte devaluación, adoptó esa batería de frenéticas medidas: eliminación o rebajas del impuesto a las ganancias e IVA, aumentos de salarios, sumas fijas, bonos y créditos para trabajadores, monotributistas y jubilados, eliminación de retenciones para economías regionales, etc. Creo que esto surtió su efecto. Y se complementó con un audaz ejercicio político (amparado en una calculada contorción discursiva y gestual), que lo mostró autónomo de la actual malhadada administración.

Distante de Alberto y de Cristina, y a la vez pretendiendo mostrar gestión en el medio del marasmo, pudo articular una nueva red de apoyos en gobernadores (del NOA, pero también en sintonía con el bonaerense Kicillof), intendentes del GBA, dirigentes sindicales y ciertos movimientos sociales, que le depositan la posibilidad de mostrarse como una nueva etapa del peronismo. Ello quedó graficado en la exclusividad con la que quiso exhibirse en el escenario en su discurso de ayer, en la total ausencia de referencias a los actuales presidente y vicepresidenta, y en la insistencia del inicio de un nuevo

período de “unión nacional” que pondría fin definitivo a la “grieta” kirchnerismo-antikirchnerismo.

Sin embargo, es imposible dejar de señalar que esta recuperación de Massa, que lo coloca como candidato expectable para el balotaje de noviembre, tuvo un elemento favorecedor determinante: la oposición. En política los contextos no se eligen, se dan. En este caso, ayudó al diagrama de UP. Hace pocos meses la victoria parecía asegurada para JxC, sobre todo para Larreta. A Bullrich, una política deslucida y oportunista, la estrategia le sirvió para conquistar el voto duro antikirchnerista y derrotar a aquel en las PASO, pero fue ineficaz para la reciente elección, dejando a Massa con la posibilidad de recuperar el caudal peronista y proyectarse al primer lugar.

Ello fue posible por la irrupción de la bizarra e improvisada candidatura de Milei, un bufón inicialmente fraguado por los mass media del neoliberalismo, pero luego acicateado por el propio peronismo. No sólo porque partió casi al medio los votos de la oposición por derecha al gobierno. Su perfil reaccionario, extremista y desequilibrado, con aparentes posibilidades de triunfar en octubre, ayudó a tonificar al peronismo y permitirle la captura de parte del electorado progresista (independientemente de la aceptable elección del frente de izquierda) y también de sectores medios y populares moderados. La eficacia política del miedo fue clave.

Es cierto que La Libertad Avanza, en sintonía con fenómenos de extrema derecha a nivel global, parecía capitalizar una idea de cambio, en clave individualista, capitalista, bajo la utopía dolarizadora, aparentemente antinflacionaria. Con su discurso anticasta ganó crédito, pero sus exabruptos antiobreros, proimperialistas, macartistas, machistas, quedaron asociados a la destrucción de muchos de los elementos tradicionales de la sociedad argentina. Por ejemplo, de algunos derechos sociales o públicos elementales (educación, salud, vivienda), a pesar del claro deterioro ocurrido en el actual mandato de UP. En este sentido, la candidatura de Massa quedó identificada como un poliedro que pudo combinar múltiples caras, para sectores progresistas, moderados e incluso conservadores (el voto católico espantado por las herejías libertarias fue la última adquisición). La normalidad burguesa parece inclinarse por la continuidad del ministro oportunista antes que la aventura incierta del orate de la motosierra. Quizás eso signe el resultado del balotaje de noviembre.

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