Sin modificar el texto original, la obra transforma el cuento en una experiencia escénica que mezcla lenguaje teatral y visual. Los actores encarnan cuerpos que sostienen ficciones, revelando los costos del cuidado familiar.

Cortázar da para todo, podría pensar con una sonrisa quien alguna vez visitó la obra del gran escritor argentino. Cóccaro, que descubrió el texto que logró llevar a escena en sus veinte, puede ser un buen testigo de semejante testimonio. “No se hacen obras de teatro sobre textos de Cortázar —comenta—. Por un motivo muy claro: no se puede porque los herederos no dan sus derechos, es históricamente así. Yo hice una gestión que fue muy larga, como de un año, muy complicada, y logré que me los den. Entonces es un poco novedoso”.
El esfuerzo material que convoca a un público ansioso por ver obras basadas en Cortázar se complementa con un enfoque más experimental y artístico. “No adapté el texto a teatro —sorprende quien dirigió Suspiro crudo fosforescente, de Alejandro Urdapilleta, entre otras—. Normalmente agarrás un texto y lo convertís en un texto teatral; yo trabajo con el texto tal cual lo escribió Julio Cortázar, sin modificar una coma. Quería experimentar con eso”.
El resultado desde la taquilla ha sido exitoso: las primeras tres funciones se llenaron. Desde lo artístico, también. “Es un texto de Cortázar, y no conozco a nadie que escriba mejor que él como para escribirle encima. Es muy atractivo que vos, yo o cualquier persona venga al teatro y se encuentre con el texto tal cual lo escribió Cortázar, como si estuvieras escuchando el cuento. Lo difícil es que no es un texto teatral y casi no tiene diálogos; por eso se crea un mecanismo de actuación escénica que consiste en trabajar con el cuento tal cual lo escribió, pero con cuerpos de actores. Por ejemplo, los actores hablan en tercera persona en muchas partes, o readaptan la acción mientras la van haciendo; es muy raro de ver, no suele hacerse una apuesta así”.
La salud de los enfermos narra la situación de una familia que, ante una madre enferma, decide ocultarle un hecho doloroso. “Lo leí por primera vez a los veintipocos y volví varias veces a lo largo de los años. Me lo encontré de nuevo, y se resignificó mucho por mi historia familiar, hace más o menos cuatro o cinco años”. Esa historia se vincula con la enfermedad neurodegenerativa de su madre: “Son muy feas, muy tristes, y si bien lo que pasa en el cuento no tiene nada que ver con mi vida, sí conozco la sensación familiar de estar sosteniendo a alguien que la está pasando mal y tratar de que la pase lo mejor posible. La visito, le hago chistes, la hago reír, y cuando salgo y cierro la puerta detrás de mí, es como si me pegara una piña un boxeador. A veces uno sostiene un estado más para el otro que para uno mismo”.
No hubo búsqueda de la obra por un tema personal, aunque una vez que llegó el texto, el vínculo y la asociación fueron indefectibles. Lo que más atrae de este cuento es “que todos están sosteniendo una ficción para el otro: la familia para mamá y mamá para la familia; todos se están cuidando”. Un cuidado que se vuelve un delgado hilo al que, si se traspasa, se ingresa en una ficción de otra envergadura, menos asible, casi inmanejable. “A mí la palabra ‘mentira’ me parece que tiene una connotación negativa que el cuento no tiene. Más que mentira, me gusta pensar que están creando una ficción. Porque en el teatro también podrías decir: bueno, es mentira, porque vos vas al teatro y dicen, bueno, vos no sos Hamlet. Y en la obra pongo en relieve eso: crear una ficción para cuidar al otro. Mamá también lo hace en un momento y dice: bueno, estos pibes están haciendo todo, dale, los banco en eso. Y siempre está la línea de que, en un punto, mamá no pierde la esperanza: ¿y si no es así, y si hay otra cosa?”.
Conocedor de la obra de Cortázar, Cóccaro cree que el tono y la velocidad que el escritor imprime al texto permiten vislumbrar un fantasma más, uno que cuerdo asusta, pero que, una vez inmerso en la ficción, hasta puede seducir. “No es una familia con una intención maliciosa; no se cuidan del otro porque puedan dañarlos. Pero pierden el cuidado propio al mantener esta ficción, esta mentira, si queremos llamarla así. Descubren que tiene un costo muy alto, porque nunca pueden darse el lugar de atravesar realmente el duelo de su hermano”.
Si bien una familia no es una sociedad, los límites de las ficciones que se crean —“porque no se puede estar angustiado todo el tiempo por todo lo que pasa; la vida sería insoportable”— se parecen. Borrarlos y no saber en qué espacio se habita también. “En la obra se mantiene la ficción de que el hermano seguía vivo, y por eso mamá, en un punto, empieza a sostener también esa mentira. Se da cuenta de que los pibes necesitan hacer eso, aunque tiene un costo muy alto para ellos, al no calcular el efecto sobre sí mismos”.
Autor: Julio Cortázar. Actúan: Gabriel Schapiro, Cecilia Cósero, Paula Thie, Edgardo Marchiori y Martha Sosa Quintana. Música original en escena: Michel Gaudín. Dirección y puesta en escena: Leandro Cóccaro. Domingos a las 18, Teatro del Pueblo (Lavalle 3636, Buenos Aires).
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