La Selección contra el mundo

Por: Darío Brenman

Del racismo en las tribunas al alineamiento con Estados Unidos e Israel: por qué la Argentina se convirtió en uno de los países más cuestionados del fútbol internacional

Durante años, la Selección Argentina despertó admiración por Maradona, Messi y una historia futbolística construida alrededor del talento, la rebeldía y la épica. Pero también provocó rechazos. La acusación de arrogancia, la rivalidad con otros países latinoamericanos y las denuncias por comportamientos racistas acompañaron muchas de sus presentaciones internacionales. En el Mundial de 2026, sin embargo, ese antiargentinismo incorporó un componente diferente: la política exterior del gobierno de Javier Milei.

La Argentina ya no fue observada únicamente como una potencia deportiva. Para muchos espectadores, especialmente en países árabes, africanos y latinoamericanos, la camiseta celeste y blanca comenzó a representar también a un gobierno alineado de manera explícita con Estados Unidos e Israel. Cada partido se convirtió así en algo más que una competencia deportiva: fue leído como una disputa entre identidades, posiciones políticas y distintas maneras de interpretar el orden mundial.

Benedict Anderson definió a las naciones como “comunidades imaginadas”: construcciones colectivas mediante las cuales millones de personas que nunca se conocerán entre sí se sienten integrantes de una misma comunidad. Pocas instituciones representan mejor esa idea que una selección de fútbol. Durante noventa minutos, jugadores provenientes de distintos clubes, regiones y clases sociales encarnan simbólicamente a un país entero.

Esa representación funciona tanto hacia adentro como hacia afuera. Para los argentinos, la Selección puede simbolizar pertenencia, orgullo o revancha. Para sus adversarios, en cambio, concentra todos los estereotipos asociados con el país: soberbia, nacionalismo, viveza, provocación y, cada vez con mayor frecuencia, racismo. La camiseta deja de ser simplemente una indumentaria deportiva y se transforma en una bandera política.

Eric Hobsbawm sostenía que las tradiciones nacionales no son necesariamente antiguas, sino que muchas veces son inventadas, organizadas y repetidas hasta presentarse como naturales. El fútbol argentino construyó su propia tradición: la del “pibe” surgido de la calle, habilidoso, rebelde y capaz de imponerse mediante la astucia. Eduardo Archetti estudió esa identidad y mostró cómo el fútbol permitió elaborar una idea específica de lo argentino, diferenciada del juego europeo, supuestamente más disciplinado y previsible.

Lo que dentro de la Argentina se celebra como picardía, resistencia o viveza puede ser leído desde el exterior como trampa, provocación o falta de respeto. Las actitudes del equipo, las discusiones con los árbitros, las celebraciones frente a los rivales y el estilo desafiante del arquero Emiliano Martínez alimentaron esa imagen. Durante el Mundial, medios internacionales describieron una creciente hostilidad hacia el seleccionado argentino, motivada tanto por su comportamiento deportivo como por controversias políticas y raciales.

El episodio posterior a la semifinal contra Inglaterra profundizó esa dimensión política. Los jugadores argentinos posaron con una bandera que afirmaba la soberanía nacional sobre las Islas Malvinas. El gobierno británico reclamó una investigación de la FIFA, al considerar que se había introducido un mensaje político en la competencia. La reivindicación, ampliamente aceptada dentro de la Argentina, fue interpretada en el Reino Unido como una provocación nacionalista.

Pero el principal cambio de contexto fue producido por la política exterior de Milei. Desde su llegada al poder, el Presidente presentó el alineamiento con Estados Unidos e Israel como una elección moral y civilizatoria, no solamente diplomática. Su gobierno abandonó los matices tradicionales de la política exterior argentina y se ubicó entre los aliados más enfáticos de Israel en América Latina. En 2026, Milei respaldó públicamente la acción conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán y profundizó la relación bilateral mediante los llamados Acuerdos de Isaac.

Joseph Nye denominó “poder blando” a la capacidad de un país para influir sobre otros por medio de la atracción generada por su cultura, sus valores y sus políticas. El fútbol fue históricamente uno de los recursos de poder blando más importantes de la Argentina. Maradona funcionó como símbolo de rebeldía en el Sur Global; Messi permitió construir una imagen asociada al talento, la humildad y la excelencia deportiva.

El problema aparece cuando la política exterior produce el efecto contrario. Si las decisiones de un gobierno son consideradas ilegítimas por determinados sectores internacionales, el poder blando puede convertirse en rechazo. La Selección sigue siendo admirada por su fútbol, pero comienza a cargar con las consecuencias simbólicas de las posiciones adoptadas por el Estado.

Foto: Claudio Fanchi / NA

Esto se volvió evidente durante los partidos contra Cabo Verde y Egipto. Hinchas africanos y árabes denunciaron agresiones y expresiones racistas por parte de simpatizantes argentinos. Las acusaciones adquirieron una dimensión adicional cuando en las tribunas aparecieron símbolos israelíes y referencias al conflicto palestino. Para algunos aficionados egipcios, apoyar contra la Argentina significó también pronunciarse en defensa de Palestina.

Las denuncias no surgieron de la nada. En 2024, jugadores argentinos habían sido cuestionados por entonar, durante los festejos de la Copa América, una canción dirigida contra futbolistas franceses de origen africano. Aunque sería injusto trasladar automáticamente esas conductas a toda la sociedad argentina, los episodios consolidaron una imagen internacional difícil de desmontar. En el Mundial de 2026, hasta figuras de la cultura estadounidense se incorporaron públicamente a las acusaciones de racismo contra el país.

Stuart Hall explicó que las identidades no son esencias inmutables, sino representaciones construidas mediante discursos, imágenes y relaciones de poder. La imagen internacional de la Argentina tampoco depende únicamente de lo que los argentinos creen ser. También se forma a través de lo que otros países seleccionan, interpretan y difunden sobre ella.

En ese proceso, las redes sociales cumplen una función decisiva. Un incidente protagonizado por un grupo de hinchas puede circular durante millones de reproducciones y convertirse en una supuesta característica nacional. Los algoritmos privilegian la indignación, el enfrentamiento y las explicaciones simples. El resultado es una maquinaria que transforma comportamientos particulares en identidades colectivas: “los argentinos son racistas”, “los argentinos son arrogantes” o “la Argentina representa a Israel”.

Pierre Bourdieu sostenía que el deporte constituye un campo social en el que se disputan prestigio, autoridad y capital simbólico. La Selección campeona del mundo acumuló una enorme cantidad de ese capital. Pero cuanto mayor es su reconocimiento, mayor es también el deseo de derrotarla. El rechazo no se explica solamente por Milei, Israel o Estados Unidos. Intervienen la rivalidad regional, el cansancio frente al éxito argentino, las sospechas arbitrales, las provocaciones y la necesidad de construir un antagonista.

Por eso resulta excesivo afirmar que “todo el mundo odia a la Argentina”. Existen países y comunidades donde la Selección conserva una popularidad extraordinaria. El fenómeno argentino en Bangladesh, India y distintos lugares de Asia demuestra que las identificaciones futbolísticas atraviesan fronteras y no responden mecánicamente a las alianzas diplomáticas. El Mundial también mostró que las adhesiones nacionales pueden ser móviles y que millones de personas adoptan temporalmente como propia la camiseta de otro país.

Sin embargo, sí parece haberse producido una transformación. La Selección ya no puede ser separada completamente de la imagen internacional del gobierno que representa. El alineamiento con Washington y Tel Aviv, las denuncias de racismo y el nacionalismo desplegado dentro y fuera de la cancha conformaron una combinación explosiva.

La Argentina sigue exportando fútbol, jugadores y admiración. Pero también exporta conflictos. En un mundo atravesado por guerras, disputas identitarias y redes que convierten cada acontecimiento en una batalla cultural, un partido de la Selección puede ser interpretado como un plebiscito sobre Palestina, el racismo, las Malvinas o el gobierno de Milei.

La pelota continúa rodando, pero alrededor de ella se juega algo mucho más amplio. Ya no se enfrentan solamente dos equipos. Se enfrentan relatos nacionales, memorias históricas y proyectos políticos. La Selección Argentina, acaso sin buscarlo, terminó convertida en uno de los escenarios donde el mundo discute qué país cree que somos.

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