
En un debate en redes, en donde un abogado señalaba las cuestiones jurídicas, alguien le respondía «No se le puede tener lástima a los asesinos». Pensé que no se trataba de «tener lástima» o esas cuestiones. Se trataba de no abrir la caja de pandora de gozar oscuramente del castigo como se lo estaba convocando.
Esta mañana saqué de mi biblioteca de nuevo el libro de Beccaria «Los delitos y las penas» con un prólogo de Voltaire. Beccaría es el primer autor que cuestionó la tortura como forma lícita de obtener la verdad en la justicia. El primero que desnaturalizó la barbarie de torturar y matar en público con el festejo y disfrute de los asistentes. Al extremo que cita una carta de un comendador a un médico solicitándole que trate a su mujer que padece de una «mórbida sensibilidad», que le impide disfrutar los espectáculos de tortura pública. Voltaire, en el prólogo, comienza narrando el día entero de martirio público con cuidados médicos para que la muerte no le alivie sufrimiento, de un hombre que intentó agredir al rey Luis XV. La gente festejaba las escenas.
Se habla mucho del neomedievalismo, el núcleo de terror que está contenido ya en el «progreso civilizatorio de occidente» parece desatarse y comenzar a destituir algunos de los logros de esa cultura, por ejemplo esa temprana indicación de Beccaria.
Alguna vez un niño de 14 años fue torturado hasta la muerte en este país y una estatua nos lo recuerda en la memoria. Algunos de los que nos convocan al goce retaliativo en este caso piden que se exima de prisión a los responsables de aquella muerte. No cedamos a lo peor. El crimen fue horrendo, la justicia debe fijar la pena, pero la pena no debe ser motivo de disfrute. No nos permitamos caer en ese abismo.
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