Columna de opinión
Tras varias décadas de dictadura militar, Myanmar es gobernada desde abril de 2016 por la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi. La persecución a los Rohingya no comenzó durante su gobierno, pero lo cierto es que ha resurgido con fuerza en el último año, frente al llamativo silencio de esta ilustre mujer. Sus defensores alegan que Suu Kyi aún no ha logrado el control total de las fuerzas armadas, en una democracia que sigue en transición. Además, estos sectores pro-gobierno alegan que los Rohingya son los principales responsables de la erupción de la violencia.
Es cierto que pequeños grupos insurgentes han protagonizado recientemente ataques contra destacamentos policiales y militares. No obstante, la respuesta estatal ha sido absolutamente desproporcionada, forzando a la totalidad de la población Rohingya, sumida en la pobreza, a tener que emprender una mortal larga marcha para huir de la violencia. Organizaciones internacionales como Human Rights Watch han reportado violaciones, asesinatos en masa y villas enteras arrasadas por las fuerzas armadas. Lógicamente, las principales víctimas de esta atroz avanzada han sido cientos de miles de niños, mujeres, ancianos y enfermos indefensos.
Por su parte, ONU declaró a la situación como catastrófica y, en un reciente reporte, denunció una crueldad devastadora por parte de las autoridades de Myanmar. Los precarios campos de refugiados están colapsados y en estado de emergencia. Para colmo, en Bangladesh no les espera a los Rohingya un futuro promisorio. Se trata de un país pobre, cuyo primer ministro pidió que retornen a Myanmar. La situación es desesperante, ya que en los próximos días arribarán muchísimos Rohingya más.
Mientras tanto, el gobierno de Suu Kyi sigue victimizándose y negando la situación. La prensa internacional ha sido constantemente acusada de difundir informaciones falsas y sistemáticamente impedida para acceder a la zona. En paralelo, la polémica presidenta ha desplegado una descomunal maquinaria de propaganda oficial, digna de las épocas de la rancia dictadura militar que ella tanto combatió.
Los musulmanes, principales víctimas de los ataques terroristas a nivel mundial, ahora deben padecer una brutal persecución genocida, por parte de un gobierno budista. Se trata de una horrenda tragedia humanitaria que ha sido muy poco atendida por la comunidad internacional. ¿Será porque son musulmanes, o sea, sinónimo de violencia y terrorismo para muchos? ¿Será porque son pobres? ¿Será porque están demasiado lejos del glamour de las ciudades europeas? Preguntas que surgen, frente a tanto horror e hipocresía. Dios ayude a los tristemente olvidados Rohingya, en este espantoso padecimiento que, para su desgracia, parece que apenas ha comenzado.
*Patricio Giusto. Master of China Studies (Universidad de Zhejiang) y Magíster en Políticas Públicas (FLACSO). Politólogo y docente universitario (UCA). Director de Diagnóstico Político.
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