«La trata se pedofilizó, hay una demanda de pibitas»

Por: Gastón Rodríguez

Son docentes, militantes y madres que perdieron a sus hijas, captadas por proxenetas.

Son mujeres que buscan a sus hijas o a las hijas de otras mujeres. Son maestras, militantes feministas, abogadas o amas de casa que, además, se organizan para visibilizar las desapariciones y exigir que la policía y los fiscales investiguen. Es la única posibilidad de justicia que tienen, porque las víctimas –niñas y jóvenes pobres– están doblemente expuestas. Por un lado, a las redes de trata que operan en sus barrios, y por el otro, a la connivencia indisimulable entre estas mafias y funcionarios estatales. 

Para dar testimonio de su lucha, Tiempo reunió a integrantes de las redes de lucha contra la trata del Bajo Flores, Villa Lugano y La Plata, quienes conviven en ese territorio complejo donde enfrentan a los captores de chicas para la venta de drogas y la explotación sexual.

“Son varios los motivos por los cuales las chicas desaparecen, pero uno muy importante es que existen bandas que se dedican a captar chicas en situación de riesgo, a reducirlas, a ofrecerles dinero y trabajos en boliches como camareras o meseras, todo en un contexto de necesidad, al punto que hasta las compañeras más grandes las convencen de aceptar. Pero lo que empieza como una oferta laboral termina en trata”, explica Julia Sosa, docente de la Escuela Normal Superior N° 4 de Caballito y participante de las actividades organizadas por las redes del sur porteño.

Precisamente, la primera red de docentes y padres que se conformó en la Capital fue, en junio de 2015, la del Bajo Flores –que fue el modelo para la red de Lugano–, con el objetivo de recuperar a una menor que había sido captada a través de internet. “La mamá –recuerda Julia– se acercó al colegio. Estaba destrozada, y la respuesta del director fue: ‘Usted no cuidó bien a su hija’”. Desde entonces, la red motoriza las búsquedas en redes sociales, corta calles para visibilizar el reclamo, acompaña y pone a disposición abogados para las denuncias y, lo más importante, combate la idea instalada e estigmatizante de que “se habrá ido con un noviecito”. 

“A la promesa de prosperidad de los captores –continúa Julia– se la presenta como una salida para las chicas, y así se legitima la vulneración de sus derechos. El ‘ninguna mujer nace para puta’ queda en un eslogan, porque en la sociedad está instalado que estas chicas se van porque quieren”.

El antecedente inmediato a la reacción espontánea de los docentes del Normal 4 frente a la inacción de las autoridades no hay que buscarlo en una organización, sino en la figura al principio solitaria de Susana Trimarco, la mamá de Marita Verón, la mujer que instaló el tema de la trata como nunca antes en la opinión pública, ocupando espacios y funciones –participó en el rescate de más de cien chicas cautivas en burdeles de todo el país– que debían estar bajo la tutela del Estado.

La situación de desamparo influye en la captación de las chicas. A Nadia, la adolescente de 14 años de Villa Lugano que desapareció dos veces en 55 días (la segunda vez escapó de un hogar dependiente de la Dirección General de la Mujer del Gobierno porteño), se la llevaron desde el colegio. 

“Nosotras ya sabemos que nunca vamos a contar con el Estado. Los mismos policías que tomaron la denuncia por Nadia, se la pasaban en los boliches donde se produce la captación. La justicia también es cómplice por no investigar a fondo. Si una mujer de un barrio pudiente hace la denuncia, los mecanismos del Estado se activan rápido. En cambio, si la mujer es de un barrio pobre, se le dice que su hija se fue por propia voluntad y que va a volver sola”, se queja Clara Sarli, del Plenario de Trabajadoras y participante de la Red de Lugano contra la Trata. “Lo que sucede en el Bajo Flores y en Lugano –agrega Julia– es la pedofilización de la prostitución, porque las víctimas siempre son menores. Hay una demanda de pibitas”.

No te escuchan ni te miran

Johana Ramallo fue vista por última vez el 26 de julio a las 20:30, cuando entró al baño de la estación de servicio de la esquina de Avenida 1 y Calle 63, en lo que se conoce como la «Zona Roja» de La Plata. Los 24 años los cumplió estando desaparecida, lejos de su hijo, de su madre y sus hermanos. Recién a los dos meses de radicada la denuncia, la justicia federal aceptó responder a la demanda de la familia, que entiende que Johana cayó en manos de una red de proxenetismo. Antes, sus familiares, amigos y organizaciones sociales habían tomado el Consejo Provincial de las Mujeres y el edificio de la Fiscalía para mostrar su descontento con la inacción de los investigadores.

“Armamos una red en La Plata por Johana porque si sos pobre, para la justicia no existís. Sólo se movió cuando hicimos quilombo. No podemos descansar un minuto porque no hay un interés real en estos casos”, reconoce Flavia Delmas, secretaria de Género de la Facultad de Periodismo de La Plata y uno de los muchos sostenes de Marta, la mamá de Johana, quien también quiso participar de esta nota para contar el escarnio que viene sufriendo.

“Cuando fui al destacamento de Villa Ponzatti –recuerda la mujer– para denunciar la desaparición, los policías que me atendieron tenían pegada en la pared una foto de mi hija en ropa interior. Me dijeron que la conocían bien y se empezaron a reír. Después nos enteramos también que se la pasaban por WhatsApp”

Flavia también destaca que las pruebas para encontrar a Johana “están” y que sólo se trata de tener la voluntad de hacerlo. “Los prostituyentes y los proxenetas están identificados porque se mueven en la Zona Roja, pero la policía no sólo los ampara, sino que son consumidores y hasta beneficiarios de las ganancias de esas redes de trata. Y lo mismo pasa con la justicia. La pregunta que nos hacemos es: ¿cuánta de la plata que genera la trata llega al Poder Judicial?”

“Quiero creer –concluye Marta– que la justicia federal al fin va a hacer algo. Hasta el momento sólo sentimos el destrato, esa sensación horrible de que no te escuchan ni te miran. Sé que a mi hija la atraparon porque jamás se iría por su propia voluntad y dejaría a su familia. No es como me dijeron una vez los policías que debían buscar a mi hija: ‘Mamá, no te preocupes. Seguro habrá conocido a un machito’”. «

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