Luchó por el regreso de Perón al país y luego, como diputado, lo enfrentó. Un mes después del fallecimiento del General, fue asesinado por la Triple A. Hizo lo que se debía, no lo que le convenía.

Como casi siempre en su vida pública, su ubicación era incómoda y si se quiere, estratégicamente inconveniente. A diferencia de muchos otros dirigentes identificados con el peronismo, Ortega no había acompañado el drástico giro conservador del viejo general. Por el contrario, fue uno de los primeros en denunciar sin ambages el sentido criminal de la opción del líder por la derecha peronista.
“Señalo al responsable directo de esta política… (represiva) que ha abandonado las pautas programáticas, que ha dejado de ser peronista y que es el general Perón”, decía Ortega en junio de 1974, apenas un año después del retorno de Perón que había costado no pocos esfuerzos, en especial del mismo Ortega, que se había multiplicado en sus gestiones políticas y había acuñado aquella síntesis que todavía hoy resuena con toda su potencia: «Luche y vuelve».
Esta condición disidente le costó la vida. El 31 de julio de 1974 la Triple A se presentó en sociedad con una ejecución impiadosa a pocos metros del obelisco. ¿Podría haber hecho otra cosa Ortega? Por supuesto, podría haberse moderado, podría haber seguido el consejo del propio Perón, «desensillar hasta que aclare», y así preservarse para nuevas batallas. No lo hizo, un poco por su naturaleza («la muerte no duele», le decía a sus cercanos preocupados) y otro tanto porque su identidad política era justamente la de molestar al poder representando a los sectores disidentes o más desprotegidos.
En una entrevista con Página 12, que hicimos con Pablo Waisberg cuando publicamos en 2007 La ley y las armas. Biografía de Rodolfo Ortega Peña, nos preguntaron dónde estaría parado políticamente el «Pelado» en ese momento. Pablo, sabiamente, declinó hacer historia contrafactual pero en mi caso, temerariamente, dije que sería «muy útil» en aquel escenario de entonces con el kirchnerismo desplegando su proyecto.
La entrevista no lo profundiza pero el sentido era marcar que Ortega, como intelectual comprometido políticamente, sostendría un sentido crítico ante cualquier proyecto político y que no dudaría en denunciar sus distorsiones. Un dirigente así puede resultar complicado cuando hay una coyuntura de conflicto oficialismo-oposición muy cerrada, pero siempre termina destacándose, si sus posturas fueron genuinas y acertadas, en un ciclo histórico más largo. El modelo del intelectual disidente que denuncia las miserias de su tiempo tiene una larga tradición cuyo paradigma más conocido es Emile Zola y su «J’accuse», pero sobran ejemplos, entre ellos y en el plano local, el mismo Ortega.
En este triste aniversario, nunca más vigente la figura de un político que se anima a sacar los pies del plato y denunciar la violencia, la inhumanidad y la entrega de un país, contra el cálculo y la conveniencia de gran parte de la clase política que, por acción u omisión, naturaliza uno de los retrocesos más brutales que sufrió nuestro país en toda su historia.
¿Ortega Peña temería el escrache en redes sociales de los trolls de Milei? Como en aquella entrevista en Página, me animo a decir que se moriría, pero de risa de la sarta de pavadas, mentiras, verdades a medias y supina ignorancia de los militantes del enter de la ultraderecha. Un hombre que no retrocedió ni temió ante los sicarios y las armas de López Rega por supuesto ni consideraría las consecuencias del escarnio digital.
En un sentido más relevante, la práctica de la abogacía que haría Ortega hoy, en su comprensión del Derecho como intervención política y técnica social, sería más que útil cuando todos los días asistimos a un incremento del control de la protesta, la represión y la consecución de muchos derechos individuales y colectivos.
En un momento en el que la estupidez alcanza rango de pandemia, la formación y la pulsión intelectual de Ortega contrastaría con la simplificación de problemas complejos que hacen los dirigentes de la derecha para conquistar adhesiones fáciles.
Ni hablar del testimonio que podría brindar en el inmenso problema político, económico y soberano que representa la deuda externa. Un problema que Ortega y Duhalde desmenuzaron y pusieron en la agenda pública con su libro Baring Brothers y la historia política argentina sobre aquel primer endeudamiento que marcó el destino del país.
Pero más allá de la nostalgia válida por una época y un referente que ya no existe, la figura del «Pelado» Ortega Peña sirve para entender que la historia nunca avanza en línea recta, ni para bien ni para mal, sino al sesgo, y que en esos momentos, en estos momentos de retroceso, el aporte trascendente es de los que hacen lo que deben y no lo que les conviene, como hizo Ortega. «
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