“¡Ladrones, devuelvan la plata!”

Columna de opinión.

Para los medios con posición dominante, la “noticia” del día es el video de la señora que le grita al ex Secretario de comercio K, Guillermo Moreno. La escena transcurre en una plaza de Palermo, a pasos de la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires. La imagen muestra a Moreno sorprendido en su intención proselitista por la señora que lo acusa, a él y a “la tilinga”, en referencia, se entiende, a la ex presidenta, Cristina Fernández.

La señora repite ante Moreno el rosario de acusaciones -y el vocabulario- que desde hace años escucha por TV. “A vos no te voté; a la tilinga la voté y ella te puso ahí… ¡El país se robaron, ladrones! Tienen que devolver la plata” gritó la señora, con la convicción de la cosa juzgada.

¿Acaso cambiaría de parecer si supiera que su acusación, además de genérica, no tiene un fallo judicial que la respalde? ¿Que en el caso de Moreno, incluso, ni siquiera sus críticos -que los tiene a montones, muchos por su propio mérito- lo acusaron de corrupto? No. Para la señora es caso cerrado: todos los K son ladrones y constituyeron una cleptocracia. Eso dicen en la radio, el diario y la tevé. Punto final. Al fin y al cabo ¿qué culpa tiene ella de que los magistrados demoren sus decisiones con criterios que se parecen más a la extorsión que a la justicia? Si en los medios lo dicen, por algo será…

Es obvio que en los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner hubo corruptos. Algunos ya fueron condenados. Es obvio, también, que de la presidenta para abajo, todos los funcionarios están obligados a probar su honestidad. Eso dice la ley. Y el sentido común, un indicador que cada vez es menos confiable desde que el periodismo lo explota a discreción.

Ya se dijo hasta el hartazgo: la falta de justicia en los tribunales convirtió a los medios en tribunales que juzgan de modo exprés. La moda son los programas patibularios, donde presentadores y columnistas sentencian según lo que piensan o les parece – en el mejor de los casos-, o según lo que rinda más en audiencia, avisos u otros sistemas de pagos. Pero la señora que increpó a Moreno no tiene por qué -ni modo- de saber cómo se mueven los hilos de la agenda informativa fuera de pantalla ¿Acaso sabe cómo se gestan las “operaciones de prensa” que lastiman reputaciones, muchas veces, con información falsa? ¿Está al tanto de los múltiples intereses de los medios que llenan su cabeza de ideas y opciones de consumo? ¿Cómo haría para enterarse de esas miserias si medios y periodistas se encubren entre sí con complicidad corporativa?

Es cierto: los medios no determinan el comportamiento de las personas. Existen otros factores como la educación y el entorno social. Pero la señora que le gritó a Moreno demuestra que, aún con la credibilidad en baja, el periodismo mantiene el poder de sembrar ideas, conocimientos y, también, mentiras.

Hablando de siembra, en este punto conviene separar paja de trigo: la mayoría de los periodistas no son corruptos. Las diferencias de visiones y mensajes corresponden, muchas veces, a distintas miradas subjetivas de la realidad. Un ejemplo común: hay periodistas que creen de verdad en el libre mercado, como otros creen que es necesario extender la regulación estatal. Eso existió siempre. Y fue un grave error K homologar a los periodistas con los medios en los cuales trabajan. La depresión laboral en el gremio de prensa -se registraron 1600 despidos en el último año- provocó un tendal de supervivientes que desarrollan el oficio donde y cómo pueden. La “grieta” es -o debiera ser- con los que venden su mensaje al mejor postor. Junto a la “crisis del modelo de negocios” que profundizó la precarización, el periodismo mercenario es la mancha venenosa que hoy amenaza al “mejor oficio del mundo”, como advierte esta semana el colega chileno Roberto Herrscher en el New York Times.

Como ocurre con los periodistas, es probable que la mayoría de los funcionarios judiciales trabajen con honestidad. Y las pruebas indican que la enorme mayoría de los cientos de funcionarios K -como los de todos los gobiernos- cumplieron sus tareas sin meter “la mano en la lata”.

Sin embargo, esas mayorías de periodistas, magistrados y funcionarios se merecen -nos merecemos- insultos como los que la señora le propinó a Moreno: los corruptos -en sus distintas formas- serían erradicados si las mayorías honestas que la rodean no la cobijaran con un manto de silencio. No es lo que pasa.

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